El fuego subía por la ventana, bañando su piel con agua de mar, el sopor asesinaba sus sentidos, la cena y el alcohol fueron el preámbulo nocturno del hastío y el rencor que le causaba la noche, ya no recordaba ni su nombre, si es que tenía uno.
La brisa del día luchaba en sus fauces siendo derrotada por la pestilencia de la muerte, la sombra de una cabeza deforme bailoteaba y se agigantaba, apagando las llamas de la mañana, los animales que no conocen de resacas, desplegaban su estruendoso cortejo a la vida, el tercer intento por levantarse fue vano, su cuerpo era un péndulo oscilante.
El tiempo, lleva tiempo para el reconocimiento.
Le costó su vida fijar la mirada, estiró sus huesos mas allá de los límites de su piel, sus ojos vieron su mente, la polución nocturna cercaba su inconsciente.
El horror silencioso lo arrinconaba, tomó con fuerza sus pantorrillas y ahogó el amargo sollozo en sus rodillas.
Porqué no me diste una oportunidad? – gimió su boca masticando agua y sal.
Ella ya no estaba allí, pero todo estaba teñido con su rojo, hasta sus reproches diarios, sus deseos, su aliento.
En algún momento la quiso, pero nunca la amo.
Reprimió sus manos, intentó besar su sexo, diminuto, helado.
La miró y se imaginó asesinándola nuevamente, sintiendo el calor de su sangre en la piel, la liberación de su ser, una y otra vez, su mente gozó, su boca aulló, rió y lloró.
Debió haberla matado antes, su indulgencia, su don de buena gente le jugó la peor partida de su vida, estranguló su dicha, pero peor, le quitó sus sueños.
Pensó en suicidarse, luego en la cárcel.
Sabía era cuestión de tiempo que viniesen a buscarlo, se arrojó al suelo, su cuerpo se embebió en sangre, sus lágrimas diluyeron solo un poco la escena, bramó su angustia, abrazó el cuerpo sin vida, su sexo era deseo, reunió todas sus fuerzas.
La policía a su ingreso en la habitación se encontró con el cuerpo de una mujer asesinada, sangre y dos hombres abrazados, uno sin vida y el otro igual.
martes, 20 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
Mundial 78
Yo puedo asegurar que a los diez años estaba perdidamente enamorado de una niña, que se sentaba justo en el banco detrás del mío en la clase. Sus ojos azules nublaban los contenidos de matemática, lengua o geografía, que la maestra intentaba inculcarme a fuerza de reprimendas y eran sus ojos, los que desplegaban en mi mente un mundo de sueños y fantasías.
Solo conseguían evadirme un poco de ese mundo ensoñador, los avatares del Mundial 78 de fútbol, que se jugaba en ese momento en mí país, y que tanto en la escuela como también en la televisión y la radio, habían catalogado como un evento único, que muy difícilmente se repitiese en la vida.
Recuerdo el cielo de ese tiempo, siempre atestado de nubes, el frío que se calaba en los huesos y la sensación de querer reír, siempre interrumpida por algún recuerdo.
En esos días la Señorita Rita “mi maestra” o tal vez la Directora o no se quién, tuvo la grandiosa idea, que realizáramos un trabajo práctico grupal, sobre el Mundial de Fútbol y nos dividió en grupos de a cuatro, cuando nombró mi grupo, comencé a creer que mi maestra no era una vieja solterona y amargada, sino una enviada de los ángeles o la aparición milagrosa de uno de ellos en la tierra.
Esa tarde fui el primero en llegar a casa de Silvia, en el camino me crucé con un grupo de soldados armados con fusiles, me dieron pánico, no supe el motivo, ya que hasta hace solo unos años soñaba con ser militar.
Me había peinado una y otra vez, convencí a mi madre para calzarme con los zapatos del domingo, ésta iba a ser mi oportunidad, y no la dejaría pasar por nada, ese era el momento.
Convencí a Silvia, no sin dificultades, ya que ella era una alumna demasiado aplicada, que jugásemos un rato antes que llegara el resto de nuestros compañeros, salimos al patio en común que tenía su vivienda, el mismo era compartido por otros tres apartamentos, nos sentamos justo en el porche del apartamento contiguo al suyo, por un instante tuve miedo que escuchase mi corazón, latía tan fuerte, no podía dejar de mirarla y no me salía una sola palabra, mi mente estaba llena de ellas, pero al momento de pasar a mi boca, se esfumaban ocupando casi toda mi garganta, ya que se me dificultaba enormemente tragar saliva.
Recogí del suelo un chupete rosa….
Debe ser de la bebé, que vive en este apartamento – le dije
No, la semana pasada se los llevaron. Me dijo mi mamá, que debían ser subversivos- me contestó Silvia en voz baja.
Me gustas mucho – le dije, sin pensarlo.
Vos también me gustas – respondió ella.
Querés ser mi novia? – le dije, y ya las palabras fluían de otro modo, masticaban el silencio y lo dominaban, repiqueteaban, danzaban.
No, ni loca, todavía somos muy chicos, para estar de novios.- me dijo, en el mismo momento que llegaba Carla para hacer con nosotros el trabajo práctico.
Un torbellino de sensaciones me inundaba el alma, yo le gustaba y para mí no éramos tan chicos con lo cual aún, la esperanza seguía latente, tal vez en el futuro podría conseguir que fuésemos novios.
A partir de ese día y por un buen tiempo, mi bicicleta recorrió regularmente el vecindario, luego las visitas fueron haciéndose más esporádicas.
Hoy han transcurrido mas de treinta años, y aunque hace poco recuperé el amor, conduzco mi automóvil por esa calle, lo detengo unos minutos y me quedo observando en silencio, esperando encontrar esos latidos desbocados en mi corazón, evocando la ilusión de capturar el momento justo, sabiendo que aunque hoy haya justicia, los recuerdos podrían ser presentes, las ilusiones y sueños realidades y sin embargo, son solo recuerdos.
Solo conseguían evadirme un poco de ese mundo ensoñador, los avatares del Mundial 78 de fútbol, que se jugaba en ese momento en mí país, y que tanto en la escuela como también en la televisión y la radio, habían catalogado como un evento único, que muy difícilmente se repitiese en la vida.
Recuerdo el cielo de ese tiempo, siempre atestado de nubes, el frío que se calaba en los huesos y la sensación de querer reír, siempre interrumpida por algún recuerdo.
En esos días la Señorita Rita “mi maestra” o tal vez la Directora o no se quién, tuvo la grandiosa idea, que realizáramos un trabajo práctico grupal, sobre el Mundial de Fútbol y nos dividió en grupos de a cuatro, cuando nombró mi grupo, comencé a creer que mi maestra no era una vieja solterona y amargada, sino una enviada de los ángeles o la aparición milagrosa de uno de ellos en la tierra.
Esa tarde fui el primero en llegar a casa de Silvia, en el camino me crucé con un grupo de soldados armados con fusiles, me dieron pánico, no supe el motivo, ya que hasta hace solo unos años soñaba con ser militar.
Me había peinado una y otra vez, convencí a mi madre para calzarme con los zapatos del domingo, ésta iba a ser mi oportunidad, y no la dejaría pasar por nada, ese era el momento.
Convencí a Silvia, no sin dificultades, ya que ella era una alumna demasiado aplicada, que jugásemos un rato antes que llegara el resto de nuestros compañeros, salimos al patio en común que tenía su vivienda, el mismo era compartido por otros tres apartamentos, nos sentamos justo en el porche del apartamento contiguo al suyo, por un instante tuve miedo que escuchase mi corazón, latía tan fuerte, no podía dejar de mirarla y no me salía una sola palabra, mi mente estaba llena de ellas, pero al momento de pasar a mi boca, se esfumaban ocupando casi toda mi garganta, ya que se me dificultaba enormemente tragar saliva.
Recogí del suelo un chupete rosa….
Debe ser de la bebé, que vive en este apartamento – le dije
No, la semana pasada se los llevaron. Me dijo mi mamá, que debían ser subversivos- me contestó Silvia en voz baja.
Me gustas mucho – le dije, sin pensarlo.
Vos también me gustas – respondió ella.
Querés ser mi novia? – le dije, y ya las palabras fluían de otro modo, masticaban el silencio y lo dominaban, repiqueteaban, danzaban.
No, ni loca, todavía somos muy chicos, para estar de novios.- me dijo, en el mismo momento que llegaba Carla para hacer con nosotros el trabajo práctico.
Un torbellino de sensaciones me inundaba el alma, yo le gustaba y para mí no éramos tan chicos con lo cual aún, la esperanza seguía latente, tal vez en el futuro podría conseguir que fuésemos novios.
A partir de ese día y por un buen tiempo, mi bicicleta recorrió regularmente el vecindario, luego las visitas fueron haciéndose más esporádicas.
Hoy han transcurrido mas de treinta años, y aunque hace poco recuperé el amor, conduzco mi automóvil por esa calle, lo detengo unos minutos y me quedo observando en silencio, esperando encontrar esos latidos desbocados en mi corazón, evocando la ilusión de capturar el momento justo, sabiendo que aunque hoy haya justicia, los recuerdos podrían ser presentes, las ilusiones y sueños realidades y sin embargo, son solo recuerdos.
El día que murió Perón
La mañana avanzaba en sus ojos
Las ilusiones desbordaban sus sentidos
El tiempo parecía eterno y sin tiempo
La magia flotaba en sus labios
Hay quienes me dicen, que memoria!!, como hacés para acordarte de esto o aquello?, en realidad son muchas más las cosas que olvidé y que olvido, que las que recuerdo, pero hay sensaciones que no se por qué motivo, quedan presas en la mente, pero no en cualquier parte del cerebro, sino en aquella región en la cual la ilusión y la realidad se confunden y alcanzan acuerdos simbólicos, que parecieran ser ajenos a mi y sin embargo son tan inflamables que arden ante el menor chispazo, para quemar e iluminar mi tiempo, despertándome como el sol tibio de un domingo en los párpados, susurrándome canciones empujándome a izar las velas, soltar amarras y emprender el viaje, ese que no es ni más ni menos que una versión de bolsillo de la vida.
Esa mañana no fui a la escuela, según dichos de mi madre, “los maestros estaban en huelga, era un kilombo!!, cada cual hacía lo que quería!!, ya no había respeto por nada!!”, recuerdo que esa frase se repitió innumerables veces en mis oídos de aquella época, sin que yo llegara a comprenderla, las letras se dibujaban en mis labios aunque solo mi nombre y apellido eran rehenes de mis manos, el resto de las palabras formaban parte de una etapa previa al código escrito, recuerdo vivamente, la alegría de encontrarme desde horas tempranas con mi fiel amiga una pelota pulpo Nº 3.
En la puerta de casa comenzó a resonar un griterío fenomenal, pero era esa la más maravillosa música para mis oídos, esa que alza el espíritu, lo eleva y enarbola, otra que Beethoven o Bach, se escuchaba……..
Dani, Dani, Dani……. – Toti y Carlitos me llamaban desde la calle al unísono.
Qué quieren? – esa era la voz de mi madre que no tenía un buen día, a juzgar por el tono.
Doña, puede venir el Dani a jugar – Se distinguía la voz de Toti, siempre dispuesto a negociar lo que sea, desde una figurita del ratón Ayala, hasta la rifa de una canasta familiar con productos inexistentes para la compra de las camisetas del equipo, su mirada cómplice y su orfandad conocida por todo el barrio, hacían que sus pedidos siempre llegaran a un final feliz para nosotros.
No chicos, está en penitencia. –Respondió mi madre secamente.
Dele Doña, déjelo, sea buena – Dijo Carlitos
No, mándense a mudar – Respondió mi madre.
Por favor Carmen, el Dani es como un hermano para mí, sin él no podemos jugar y seguro que después se va a portar bien –Dijo Toti
Bue, está bien!! –Dijo mi madre, mientras en su mente se dibujaba la voz quebrada de Azucena suplicando piedad, cuando era arrastrada de los pelos, por un grupo de hombres armados, que ni bien llegaron a la vereda de la casa de Toti, le descargaron como nueve tiros en el alma a su madre, al tiempo que la mía estaba escondida en nuestro patio, abrazando a Toti, y tapándole la boca, los ojos, los oídos, sin que ninguno de nosotros pudiese jamás olvidar el espanto y el horror vivido.
Yo estaba espiando atentamente detrás de la palmera, esperando que las palabras de Toti, tuviesen efecto sobre el malhumor de mi madre, y ni bien escuché el “está bien”, salí despedido y trepé la reja del portón con una velocidad tal, que al caer al suelo, aún Toti no había alcanzado a agradecerle a mi madre.
La pulpito estaba bajo mi suela, lucía un tanto desalineada luego de tanto rebote, tanta patada artera y la hice chocar contra el cordón de la calle construyendo una pared que dejó desairado a Carlitos, Toti en el arco temblaba, le apunté justo por sobre su cabeza y pateé con todas mis fuerzas, esperando el grito de la tribuna y la vuelta olímpica en andas, ser el héroe de la jornada …..
Pelotudo, la tiraste a la casa de la vieja loca – gritó Carlitos.
La culpa es de Toti que no la atajo – dije con poca convicción.
Ahora la vieja nos la devuelve en gajos y si no es ella, es el turro de Josesito – dijo Carlitos.
Mis ojos, llovían. Toti comenzó a pergeñar algo, él no iba a dejar que nos quitasen la pelota así nomás, solo por haber caído en el patio de la casa de doña Ernestina, al fin y al cabo la Isabel era solo su mucama, y Josesito su sobrino.
Toti tocó el timbre, era la única casa del barrio con timbre eléctrico, y apareció doña Isabel…
Que quieren ahora mocosos – dijo la vieja.
Doña por favor nos devuelve la pelota – dijo Toti con su tono de voz más dulce.
Ya les dije.., ni lo sueñen, eso les pasa por ponerse a molestar a la hora de la siesta, no dejan dormir a doña Ernestina con todo su bochinche –dijo Doña Isabel, disfrutando el poder que le confería nuestra pelota en sus manos.
Entonces quiero hablar con doña Ernestina!!! – exclamó Toti con rabia.
Pero mocoso maleducado, que son esas contestaciones, te voy a dar un cachetazo en la trompa que vas a ver – dijo Isabel desquiciada y arrojando la pelota.
La pulpito cayó en las manos de Josesito quién contemplaba sonriente nuestro sufrimiento.
Mis oídos percibían los gritos de doña Isabel, sin embargo mis ojos no podían entender que pasaba, Josesito clavó una cuchilla en mi pelota y una sonrisa iluminó su patético rostro.
Yo no podía parar de llorar, necesitaba auxilio y fui corriendo a casa, mi madre tendría que hacer algo, era mi pelota, con ella jugaba, soñaba, alcanzaría a jugar en el fútbol europeo, como el ratón Ayala y sus botines.
Entré golpeando la puerta, mi madre no me retó, estaba atónita mirando el televisor, le conté lo sucedido con lujo de detalles, no me respondió, vi sus ojos deshacerse y su pecho temblar, entonces miré y escuche la tele ….
Hoy 1º de julio de 1974, ha dejado de existir el Gral. Juan Domingo Perón.
Las ilusiones desbordaban sus sentidos
El tiempo parecía eterno y sin tiempo
La magia flotaba en sus labios
Hay quienes me dicen, que memoria!!, como hacés para acordarte de esto o aquello?, en realidad son muchas más las cosas que olvidé y que olvido, que las que recuerdo, pero hay sensaciones que no se por qué motivo, quedan presas en la mente, pero no en cualquier parte del cerebro, sino en aquella región en la cual la ilusión y la realidad se confunden y alcanzan acuerdos simbólicos, que parecieran ser ajenos a mi y sin embargo son tan inflamables que arden ante el menor chispazo, para quemar e iluminar mi tiempo, despertándome como el sol tibio de un domingo en los párpados, susurrándome canciones empujándome a izar las velas, soltar amarras y emprender el viaje, ese que no es ni más ni menos que una versión de bolsillo de la vida.
Esa mañana no fui a la escuela, según dichos de mi madre, “los maestros estaban en huelga, era un kilombo!!, cada cual hacía lo que quería!!, ya no había respeto por nada!!”, recuerdo que esa frase se repitió innumerables veces en mis oídos de aquella época, sin que yo llegara a comprenderla, las letras se dibujaban en mis labios aunque solo mi nombre y apellido eran rehenes de mis manos, el resto de las palabras formaban parte de una etapa previa al código escrito, recuerdo vivamente, la alegría de encontrarme desde horas tempranas con mi fiel amiga una pelota pulpo Nº 3.
En la puerta de casa comenzó a resonar un griterío fenomenal, pero era esa la más maravillosa música para mis oídos, esa que alza el espíritu, lo eleva y enarbola, otra que Beethoven o Bach, se escuchaba……..
Dani, Dani, Dani……. – Toti y Carlitos me llamaban desde la calle al unísono.
Qué quieren? – esa era la voz de mi madre que no tenía un buen día, a juzgar por el tono.
Doña, puede venir el Dani a jugar – Se distinguía la voz de Toti, siempre dispuesto a negociar lo que sea, desde una figurita del ratón Ayala, hasta la rifa de una canasta familiar con productos inexistentes para la compra de las camisetas del equipo, su mirada cómplice y su orfandad conocida por todo el barrio, hacían que sus pedidos siempre llegaran a un final feliz para nosotros.
No chicos, está en penitencia. –Respondió mi madre secamente.
Dele Doña, déjelo, sea buena – Dijo Carlitos
No, mándense a mudar – Respondió mi madre.
Por favor Carmen, el Dani es como un hermano para mí, sin él no podemos jugar y seguro que después se va a portar bien –Dijo Toti
Bue, está bien!! –Dijo mi madre, mientras en su mente se dibujaba la voz quebrada de Azucena suplicando piedad, cuando era arrastrada de los pelos, por un grupo de hombres armados, que ni bien llegaron a la vereda de la casa de Toti, le descargaron como nueve tiros en el alma a su madre, al tiempo que la mía estaba escondida en nuestro patio, abrazando a Toti, y tapándole la boca, los ojos, los oídos, sin que ninguno de nosotros pudiese jamás olvidar el espanto y el horror vivido.
Yo estaba espiando atentamente detrás de la palmera, esperando que las palabras de Toti, tuviesen efecto sobre el malhumor de mi madre, y ni bien escuché el “está bien”, salí despedido y trepé la reja del portón con una velocidad tal, que al caer al suelo, aún Toti no había alcanzado a agradecerle a mi madre.
La pulpito estaba bajo mi suela, lucía un tanto desalineada luego de tanto rebote, tanta patada artera y la hice chocar contra el cordón de la calle construyendo una pared que dejó desairado a Carlitos, Toti en el arco temblaba, le apunté justo por sobre su cabeza y pateé con todas mis fuerzas, esperando el grito de la tribuna y la vuelta olímpica en andas, ser el héroe de la jornada …..
Pelotudo, la tiraste a la casa de la vieja loca – gritó Carlitos.
La culpa es de Toti que no la atajo – dije con poca convicción.
Ahora la vieja nos la devuelve en gajos y si no es ella, es el turro de Josesito – dijo Carlitos.
Mis ojos, llovían. Toti comenzó a pergeñar algo, él no iba a dejar que nos quitasen la pelota así nomás, solo por haber caído en el patio de la casa de doña Ernestina, al fin y al cabo la Isabel era solo su mucama, y Josesito su sobrino.
Toti tocó el timbre, era la única casa del barrio con timbre eléctrico, y apareció doña Isabel…
Que quieren ahora mocosos – dijo la vieja.
Doña por favor nos devuelve la pelota – dijo Toti con su tono de voz más dulce.
Ya les dije.., ni lo sueñen, eso les pasa por ponerse a molestar a la hora de la siesta, no dejan dormir a doña Ernestina con todo su bochinche –dijo Doña Isabel, disfrutando el poder que le confería nuestra pelota en sus manos.
Entonces quiero hablar con doña Ernestina!!! – exclamó Toti con rabia.
Pero mocoso maleducado, que son esas contestaciones, te voy a dar un cachetazo en la trompa que vas a ver – dijo Isabel desquiciada y arrojando la pelota.
La pulpito cayó en las manos de Josesito quién contemplaba sonriente nuestro sufrimiento.
Mis oídos percibían los gritos de doña Isabel, sin embargo mis ojos no podían entender que pasaba, Josesito clavó una cuchilla en mi pelota y una sonrisa iluminó su patético rostro.
Yo no podía parar de llorar, necesitaba auxilio y fui corriendo a casa, mi madre tendría que hacer algo, era mi pelota, con ella jugaba, soñaba, alcanzaría a jugar en el fútbol europeo, como el ratón Ayala y sus botines.
Entré golpeando la puerta, mi madre no me retó, estaba atónita mirando el televisor, le conté lo sucedido con lujo de detalles, no me respondió, vi sus ojos deshacerse y su pecho temblar, entonces miré y escuche la tele ….
Hoy 1º de julio de 1974, ha dejado de existir el Gral. Juan Domingo Perón.
El arrepentido
De la nada, en una conversación intrascendente, me lo dijo.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.
El arrepentido
De la nada, en una conversación intrascendente, me lo dijo.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Las Cuatro Ancianas ( Viejas)
La mediana edad comenzó a pegarme mal, tensión arterial, colesterol, stress y no se cuantas otras cosas, de esas que aparecen en los títulos de las revistas de autoayuda saludable, me asaltaron casi de repente y mi corazón no dejó pasar impávida la angustia del alma, las tomó y me restregó en las narices todos los malditos atados de cigarrillos consumidos, todos los apresuramientos inútiles, los estúpidos desvelos por trepar en la pirámide antisocial, me pegó un buen susto el compañero, pero por suerte, el de arriba, el de abajo, en realidad, el o ella de todos lados, le ofreció una chance más a mi recuerdo vivo.
No me quedó otra opción más que prestarle atención a las indicaciones médicas, modificar mi estilo de no-vida y por lo tanto decidí aumentar mi actividad física, entonces todas las tardes a la salida del trabajo, me dirijo a la estación central de trenes caminando, con lo cual realizó un ejercicio de más o menos, treinta o treinta y cinco minutos y gracias a este hábito logré bajar mi tensión arterial y aumentar el colesterol del bueno, donde ya nadie puede quejarse que no sea un alumno ejemplar en estas lides, de cuidarme la salud. Lo bueno todo este asunto es que desde que comencé con las caminatas encontré algún tiempo para conversar conmigo mismo, hacía largo tiempo que me tenía olvidado, creo que ni me hablaba, casi no tenía memoria de mi existencia, pude conectarme con mi pasado, recorriendo esas calles y despertándome por momentos de la rutina, así logré redescubrir mis pisadas y mis cavilaciones, esas mismas que fueron en otro tiempo tantas veces transitadas y vividas plenamente. Lo interesante de esto y puedo sentenciarlo es que nuestra estructura basal no cambia, solo va dejándose ondear por el viento y los huracanes, pega estirones, retorcijones, pero en definitiva y en el ocaso de nuestra mirada, en el comienzo de la conciencia, es la misma, a veces acurrucada, desvalida, atormentada y otras exultante y arrolladora, pero al final es siempre la misma.
En ese transitar de casi dos y medio kilómetros que separan la central ferroviaria, de mi controlada y funcional estancia en un empleo bien remunerado, las encontré una tarde- noche de invierno, eran cuatro, y estaban dispuestas entorno a una mesa de bar, de no más de 80 x 80, con una furtiva mirada alcancé a percibir, aclaro percibir, dado que no se en realidad, si es cierto o no, cuatro tazas de té y los restos de algunas medialunas.
Lo que si vi en ese instante, fue una mujer, con el pelo de color rojo furioso, una piel hachada pacientemente por los años, la boca hundida y los labios dibujados con un rouge incendiado, era la que se encontraba más cerca de la ventana, pero solo fue eso, un instante, una brevísima atemporalidad capturada y enjaulada para hacerla finita y mortal.
Al día siguiente mis pasos me llevaron en igual sintonía que el día anterior, al mismo lugar y a casi la misma hora, no comprendo cual fue el embrujo que los condujo y en realidad creo que no quiero saberlo, pero observé a las cuatro y pude examinar mas concienzudamente la escena, con seguridad todas vivieron más de ochenta años, el estigma está en sus rostros, la coloración artificial en sus cabellos; y todo el arsenal de maquillajes en sus pieles, pero a esta altura de sus vidas, se les hace imposible disimular con ellos, los avatares del viaje. A través del ventanal cerrado, se veía una amigable charla,…fin de este instante.
El ritual siguió repitiéndose, tarde, tras tarde, cada nuevo día y gracias a ello, me sentía un poco más partícipe de la reunión y a la vez obtenía cada vez más elementos, que se sumaban a mi inadvertida exploración silenciosa y me permitían recrear un escenario imaginario, con el goce supremo de la vida que deberían experimentar estas ancianas, luego de haber consumido casi todo el oxígeno de su cuenta y ya alejadas de los placeres mundanos, mucho más cercanas al umbral de lo infinito.
Su vestimenta era casi siempre la misma, sus miradas indefectiblemente se perdían en el horizonte, línea imaginaria que separa los tiempos del día y la noche.
Me puse a fantasear sobre los recuerdos que convivirían en esa mesa, tan lejanos, pero a la vez tan presentes, como la evocación de una anécdota en común, esa misma que desataría cuatro historias distintas y cuatro sutiles diferencias, sobre un mismo hecho, que en realidad no es más que todos los hechos y todas las miradas posibles de ese único e irrepetible hecho.
Mi curiosidad aumentaba con cada visita, mis latidos se precipitaban al acercarme al bar y mirar por la ventana, esto me generaba un dejo de angustia que arrinconaba mis sentidos, deseosos de contemplar esa imagen repetida, cada tarde, cada día.
Qué hablarían, qué recuerdos y qué ilusiones atraparían sus pensamientos y sus sentimientos, tendrían una familia, alguien o un algo esperándolas, cuanto tiempo valioso, valiosísimo por lo escaso, habrían gastado en maquillarse cada tarde, cada día.
No podía detenerme mucho a observar, ya que perdería el tren de las 18:58. Ese era un buen tren, que combinaba con el colectivo que me llevaba a casa, con mi esposa e hijo, y si llegaba tarde, ellos se preocuparían y desde aquel episodio cardíaco estaban muy atentos a mi persona.
Por fin, llegó el día en que tomé valor y decidí sentarme en la mesa contigua, a mis admiradas ancianas y desde ese privilegiado rincón, me dispuse a escuchar sus relatos, ya no tendría que imaginarlos, estaba en condiciones de testificar con todos mis sentidos, el contenido de aquellas reuniones consuetudinarias y tal vez descubrir, que fue aquello que tanto me atrajo, hasta convertirme en una actor, secundario, pero actor al fin, de ese mágico ritual.
Sorbí raudamente el café y me entregué total y desesperadamente a la contemplación de la ceremonia. Las viejas conversaban animadamente acerca de sus problemas de salud, el trastorno que implicaba levantarse cada mañana, cada nuevo día y los olvidos de la familia que solo esperaba su deceso para repartirse una absurda pensión. En todo momento, al menos dos viejas hablaban al unísono, afirmando y negando las dos restantes los dichos de una u otra, el ambiente se transformaba con una conversación alocada y sin sentido, consumían su tiempo sin finalidad alguna, sin siquiera escucharse, sin haber aprendido nada en tantos años, todo era una bulla disonante, en la cual el tiempo, era tiempo y la vida solo un transcurrir, los abismos escarpados de la conciencia no estaban presentes, evidentemente la proximidad del final no es un disparador de angustias, solo de ilusiones, y son esas ilusiones, las que nos nublan el paisaje.
De pronto sentí que el embrujo que me llevó a aquel lugar, tomaba una fuerza inaudita, y estuve a punto de gritarles, aprovechen sus últimos años, meses, días…. Sin embargo, esto no tendría sentido alguno, y para pelear contra los molinos de viento no me alcanzaban las fuerzas.
Me levanté de la mesa dejándole una suculenta propina al mozo, y caminé rápidamente hasta llegar a la Central de trenes, ya daban las 19:03 y mi tren había partido, en ese instante pensé, cuanto me costó lanzarme a explorar el ritual, y finalmente cuando lo hice, no pude encontrar ninguna respuesta, en realidad solo conseguí perder mi tren, nada de esto tenía sentido, puede que la solución estuviese en la pregunta y no en la respuesta, no lo se, volví a ser niño y a preguntarme ¿por qué? .
Me dirigí al comienzo del andén, para esperar la nueva formación de trenes, sabía que en casa me estaban esperando ……
Se escuchó en el parlante de la estación “Al acercarse el tren, proveniente de Caballito, una persona de sexo masculino y mediana edad saltó a las vías, perdiendo la vida al instante y provocando demoras en el servicio.-
FIN
No me quedó otra opción más que prestarle atención a las indicaciones médicas, modificar mi estilo de no-vida y por lo tanto decidí aumentar mi actividad física, entonces todas las tardes a la salida del trabajo, me dirijo a la estación central de trenes caminando, con lo cual realizó un ejercicio de más o menos, treinta o treinta y cinco minutos y gracias a este hábito logré bajar mi tensión arterial y aumentar el colesterol del bueno, donde ya nadie puede quejarse que no sea un alumno ejemplar en estas lides, de cuidarme la salud. Lo bueno todo este asunto es que desde que comencé con las caminatas encontré algún tiempo para conversar conmigo mismo, hacía largo tiempo que me tenía olvidado, creo que ni me hablaba, casi no tenía memoria de mi existencia, pude conectarme con mi pasado, recorriendo esas calles y despertándome por momentos de la rutina, así logré redescubrir mis pisadas y mis cavilaciones, esas mismas que fueron en otro tiempo tantas veces transitadas y vividas plenamente. Lo interesante de esto y puedo sentenciarlo es que nuestra estructura basal no cambia, solo va dejándose ondear por el viento y los huracanes, pega estirones, retorcijones, pero en definitiva y en el ocaso de nuestra mirada, en el comienzo de la conciencia, es la misma, a veces acurrucada, desvalida, atormentada y otras exultante y arrolladora, pero al final es siempre la misma.
En ese transitar de casi dos y medio kilómetros que separan la central ferroviaria, de mi controlada y funcional estancia en un empleo bien remunerado, las encontré una tarde- noche de invierno, eran cuatro, y estaban dispuestas entorno a una mesa de bar, de no más de 80 x 80, con una furtiva mirada alcancé a percibir, aclaro percibir, dado que no se en realidad, si es cierto o no, cuatro tazas de té y los restos de algunas medialunas.
Lo que si vi en ese instante, fue una mujer, con el pelo de color rojo furioso, una piel hachada pacientemente por los años, la boca hundida y los labios dibujados con un rouge incendiado, era la que se encontraba más cerca de la ventana, pero solo fue eso, un instante, una brevísima atemporalidad capturada y enjaulada para hacerla finita y mortal.
Al día siguiente mis pasos me llevaron en igual sintonía que el día anterior, al mismo lugar y a casi la misma hora, no comprendo cual fue el embrujo que los condujo y en realidad creo que no quiero saberlo, pero observé a las cuatro y pude examinar mas concienzudamente la escena, con seguridad todas vivieron más de ochenta años, el estigma está en sus rostros, la coloración artificial en sus cabellos; y todo el arsenal de maquillajes en sus pieles, pero a esta altura de sus vidas, se les hace imposible disimular con ellos, los avatares del viaje. A través del ventanal cerrado, se veía una amigable charla,…fin de este instante.
El ritual siguió repitiéndose, tarde, tras tarde, cada nuevo día y gracias a ello, me sentía un poco más partícipe de la reunión y a la vez obtenía cada vez más elementos, que se sumaban a mi inadvertida exploración silenciosa y me permitían recrear un escenario imaginario, con el goce supremo de la vida que deberían experimentar estas ancianas, luego de haber consumido casi todo el oxígeno de su cuenta y ya alejadas de los placeres mundanos, mucho más cercanas al umbral de lo infinito.
Su vestimenta era casi siempre la misma, sus miradas indefectiblemente se perdían en el horizonte, línea imaginaria que separa los tiempos del día y la noche.
Me puse a fantasear sobre los recuerdos que convivirían en esa mesa, tan lejanos, pero a la vez tan presentes, como la evocación de una anécdota en común, esa misma que desataría cuatro historias distintas y cuatro sutiles diferencias, sobre un mismo hecho, que en realidad no es más que todos los hechos y todas las miradas posibles de ese único e irrepetible hecho.
Mi curiosidad aumentaba con cada visita, mis latidos se precipitaban al acercarme al bar y mirar por la ventana, esto me generaba un dejo de angustia que arrinconaba mis sentidos, deseosos de contemplar esa imagen repetida, cada tarde, cada día.
Qué hablarían, qué recuerdos y qué ilusiones atraparían sus pensamientos y sus sentimientos, tendrían una familia, alguien o un algo esperándolas, cuanto tiempo valioso, valiosísimo por lo escaso, habrían gastado en maquillarse cada tarde, cada día.
No podía detenerme mucho a observar, ya que perdería el tren de las 18:58. Ese era un buen tren, que combinaba con el colectivo que me llevaba a casa, con mi esposa e hijo, y si llegaba tarde, ellos se preocuparían y desde aquel episodio cardíaco estaban muy atentos a mi persona.
Por fin, llegó el día en que tomé valor y decidí sentarme en la mesa contigua, a mis admiradas ancianas y desde ese privilegiado rincón, me dispuse a escuchar sus relatos, ya no tendría que imaginarlos, estaba en condiciones de testificar con todos mis sentidos, el contenido de aquellas reuniones consuetudinarias y tal vez descubrir, que fue aquello que tanto me atrajo, hasta convertirme en una actor, secundario, pero actor al fin, de ese mágico ritual.
Sorbí raudamente el café y me entregué total y desesperadamente a la contemplación de la ceremonia. Las viejas conversaban animadamente acerca de sus problemas de salud, el trastorno que implicaba levantarse cada mañana, cada nuevo día y los olvidos de la familia que solo esperaba su deceso para repartirse una absurda pensión. En todo momento, al menos dos viejas hablaban al unísono, afirmando y negando las dos restantes los dichos de una u otra, el ambiente se transformaba con una conversación alocada y sin sentido, consumían su tiempo sin finalidad alguna, sin siquiera escucharse, sin haber aprendido nada en tantos años, todo era una bulla disonante, en la cual el tiempo, era tiempo y la vida solo un transcurrir, los abismos escarpados de la conciencia no estaban presentes, evidentemente la proximidad del final no es un disparador de angustias, solo de ilusiones, y son esas ilusiones, las que nos nublan el paisaje.
De pronto sentí que el embrujo que me llevó a aquel lugar, tomaba una fuerza inaudita, y estuve a punto de gritarles, aprovechen sus últimos años, meses, días…. Sin embargo, esto no tendría sentido alguno, y para pelear contra los molinos de viento no me alcanzaban las fuerzas.
Me levanté de la mesa dejándole una suculenta propina al mozo, y caminé rápidamente hasta llegar a la Central de trenes, ya daban las 19:03 y mi tren había partido, en ese instante pensé, cuanto me costó lanzarme a explorar el ritual, y finalmente cuando lo hice, no pude encontrar ninguna respuesta, en realidad solo conseguí perder mi tren, nada de esto tenía sentido, puede que la solución estuviese en la pregunta y no en la respuesta, no lo se, volví a ser niño y a preguntarme ¿por qué? .
Me dirigí al comienzo del andén, para esperar la nueva formación de trenes, sabía que en casa me estaban esperando ……
Se escuchó en el parlante de la estación “Al acercarse el tren, proveniente de Caballito, una persona de sexo masculino y mediana edad saltó a las vías, perdiendo la vida al instante y provocando demoras en el servicio.-
FIN
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