miércoles, 25 de enero de 2012

El Chacal

Me senté con cuidado, abrí el libro y bostecé. Derivadas e integrales apuñalaban mi alma.
A pesar de ello y por más que no guste, había que seguir, saqué la lapicera, los cuadernos y comencé con la ingrata tarea de resolver ecuaciones, hallar límites, dibujar funciones en las hojas, intentando en vano convencer a mi mente, que todos los fenómenos naturales son descifrables.
A poco de comenzar mis sentidos volaron hacia otros rumbos, como no podía ser de otro modo.
Me detuve en la pintura de Manuel Belgrano, situada en una posición destacada de la biblioteca silenciosa de la Facultad de Ciencias Económicas, para aquellos que no la conocen, dicha biblioteca se encuentra ubicada sobre la morgue Municipal de Buenos Aires.
Él me miraba, es más creo que me hablaba, sin embargo en ese entonces no tenía tan afinado el oído como para escucharlo, solo imaginaba que pensaría ese hombre de nosotros, si viviese en la Argentina de 1994, entregaría nuevamente su vida a una causa, dejaría de lado honores, dinero, se expondría a la humillación, al morir abandonado y solo, cuando dió absolutamente todo por sus semejantes, por nuestros sueños?
Un grito me trajo devuelta al mundo de los mortales, fue lo más desgarrador que había escuchado en mi vida,(deseo profundamente que ningún ser humano se vea obligado a oírlo jamás), mi corazón latía asustado, mis ojos se treparon por la ventana, mis oídos sangraban.
En el patio de la morgue, una mujer o los restos de lo que fue una mujer, había reconocido el cadáver de su hijo adolescente.
Miré desesperado a mi alrededor, necesitaba alguien con quién llorar, sin embargo todos mis compañeros habían vuelto a sus libros de Economía y Finanzas, se encontraban absortos en ellos mismos, no había espacio para nadie más.
No pude evitar la profunda angustia, la imposibilidad de comprender la muerte joven, aquella que es antinatural, esa que trunca el sueño del poder ser, de conocer el amor, de ser parte del ocaso del día, esa puta muerte que no deja sobrevivir a los hijos, esos que todavía no han nacido.
Las fórmulas escritas en mi cuaderno se borroneaban, la tinta de mi lapicera no era a prueba de lágrimas. Guardé todas mis cosas en la mochila, arrojé un último vistazo a mis compañeros, quise verlos, sentirlos y sentirme capaz de dar todo por ellos.
Abrí la puerta y la cerré con bronca…. casi con resignación.
Él subía la escalera, traía esa estúpida y amorfa media sonrisa, tenía estampado el lunar en la mejilla, el odio envolvió mis tripas, era increíble verlo tan cerca, luego de haber traicionado y mandado al muere a tantos compañeros.
Caminaba como si nada, su tarea en el subsuelo estaba concluida, ahora se sentaría en la biblioteca a leer Economía y Finanzas. En ese instante Mario Eduardo Firmenich abrió la puerta de la biblioteca y se sentó en el mismo banco que yo había usado, ninguno de los presentes lo reconoció, Manuel Belgrano si y su retrato también lloró.

miércoles, 18 de enero de 2012

20 Minutos

No sé muy bien por qué, los pequeños y escondidos bares cercanos a las estaciones de tren, me subyugan, y esa atracción se transforma en irresistible, es tentación en su estado puro. La vida de los personajes que los frecuentan, en un instante absoluto de tiempo, me genera un incontrolable deseo de conocerlos y capturar ese momento de su existencia,  y  también, de la mía.
El sol transportado a lomo de nube, ya casi había alcanzado el cenit, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, excusa ideal para beber una copa en algún bar.
Caminé animadamente esperando encontrar ese sitio donde aparcarme, los primeros  que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes. Los parroquianos se mantenían desinformados, escudriñándolos a intervalos fijos de tiempo, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, observando una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que ha mostrado aquello, que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos delante observé el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, cuando leí Rabioles en lugar de Ravioles, tuve el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis próximos veinte minutos.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
-         Buen día -dijo
-         Buen día, me traes un agua saborizada de manzana- dije
-         Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró una botella de la heladera y la “limpió” con un trapo rejilla, tomó de la vasera un nautilus de 270 cc., repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea, al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el profundo desagrado que causaba en mí, tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, era éste el sacrificio a realizar, por introducirme en un mundo tan mágico y tan trágico, cuya asonancia es perfecta.
-         Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
-         Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero velozmente aseé el borde del vaso, estrujándola con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad, y solo bebí un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, intentando comprender cuál es el mecanismo, por el cual un tipo, coloca un traje de más de mil dólares en la silla de un bar mugroso, quebrando esa imaginaria barrera que lo une y a la vez lo separa con ese mundo.
Delante de mí, un espejo, intentando ocultar una mancha de humedad, y en él apareció esa mujer.
El tiempo dejó de transcurrir y fue todo Ella. Entraba al bar, meciéndose desequilibradamente a cada paso, traía puesto un antiguo abrigo, que en algún tiempo fue confeccionado en piel natural.
Supuse en ese momento la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, y solo esforzadamente, logró tomar asiento a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño de caballeros.  
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche, para luego esconderla dentro de su boca, ya desecha, al igual que su dentadura, esa misma que en otros tiempos se agitaba, abriéndose y cerrándose a carcajadas, deslumbrando con la belleza de sus labios y el interior de esa grieta deseosa y deseable.
Supe, que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurría en los límites de la marginalidad.
Resultaba imposible no soñarla, completa o a medias, dado que desde mi posición solo veía su perfil.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente, el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ese tapado de pieles y su condición harapienta, ocultaba sin dudas un pasado cuasi-glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores, y tal vez el tapado, fuese el regalo o el pago, de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.  
Ella seguramente lo recordaría y esos, u otros recuerdos, son los del despertar y se transformaron en  la ilusión, pequeña, diminuta y difusa, que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La anciana comenzó a explorar su pequeña y desvencijada cartera, extrayendo no sin dificultad un objeto redondo de unos ocho centímetros de diámetro, lo sostenía tensamente en sus manos, sin dejarme observarlo, pensé, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días. La vi sosteniéndolo con firmeza en su mano derecha y con la izquierda intentar abrirlo presurosa, el objeto escapó de su diestra y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco raudo y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber que explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese segundo pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, la esperanza en que el reflejo fuese distinto, que fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Dejé de verla e imaginarla, en la certeza, que los próximos serán, solo, tan solo, siete años de mala suerte.-

martes, 10 de enero de 2012

Que tendrá, el petiso?

Escasas son las oportunidades que tenemos en la vida, en las cuales podemos ser testigos de acontecimientos o hechos extraordinarios, mejor que testigos diría espectadores, con la chance de contemplar una de esas maravillas que habitan nuestro mundo y que arrojan por tierra con ese viejo dicho “la perfección no es posible”, si ustedes la viesen… una vez vueltos del estupor que les causaría, afirmarían todos al unísono, que están en presencia de una deidad.
La mayoría de los mortales solo tienen ocasión de cruzarse con ella solo unos instantes de su existencia y en ese mágico e inolvidable segundo, desviarán la atención a todo aquello que estaban haciendo, para posar la mirada en su deslumbrante humanidad, yo en cambio comparto con ella, ocho horas diarias, de contemplación extasiada y también de angustia y desesperación, esa que agrieta el alma y me condena a no ser más que su colega en el empleo.
Pero lo que aquí paso a contarles, es mucho más inaudito todavía.
Mañana de lunes, subo el ascensor y los veo, ella y el petiso Gonzalez, tomados de la mano!!!, dándose un beso en la boca al entrar en la oficina!!!, y ahí delante de ellos, yo, cómo si nada!, cómo si no existiese para ella, la rabia me subió hasta los dientes y mis ojos lanzaban rayos al igual que animé japonés.
Organicé con Joaquín, el Ruso y Cachito una reunión urgentísima en el baño de la oficina, todos asistieron presurosos, no podían creer lo que acababa de contarles, si hasta Cachito amagó con cortarse las tarlipes, justo él, al que no se le resiste ninguna mina, ninguna, excepto ella.
Nos pusimos rápidamente de acuerdo, tendríamos que resolver el misterio, ese por el cual un petiso fulero como Gonzalez pudo alzarse con una belleza tal como ella, para lo cual Joaquín revisaría todos los antecedentes financieros del susodicho y su familia, a los efectos de rastrear alguna fortuna escondida, si la había, tendría que estar muy oculta ya que el petiso se vestía de lo más común y llegaba a la oficina en subterráneo. Cachito aprovechando “la excelente relación” que tenía con la jefa de personal, revisaría los test psicológicos que le efectuaron al petiso y a ella al ingresar a la empresa. A mí me toco la tarea más ingrata, quise rechazarla, pero fue en vano, ya estaban las pesquisas asignadas y la última, la más delicada y desagradable, era para mi persona, si existe algo llamado suerte, de eso no ligué ni un poquito, yo debía revisar el miembro del petiso, buscando en su tamaño, la razón de su éxito.
Debíamos reunirnos con los resultados en el café de la esquina a la salida del trabajo.
Mi mente no paraba de pensar e imaginar la forma en la cual pudiese cumplir con mi parte, todo ello sin despertar sospechas, comencé a enumerar las opciones 1) Observar detenidamente al petiso, para corroborar si a simple vista, el bulto en sus pantalones me sacaba de dudas, 2) Hacerme el distraído y mirar de reojo al petiso, en el momento de orinar y por último, 3) Si ninguna de las dos anteriores funcionaba, preguntarle al petiso directamente.
Comencé con mi indagación, tenía el presentimiento que esto no iba a funcionar, pero no me quedó otra opción que hacerlo, le clavé la mirada a la bragueta del petiso, intentando descubrir algo allí, hay veces en las que exagero un poco en mis obligaciones, tanto que al rato me llamó Cachito para decirme que su secretaria pensaba que me había hecho puto, ya que no le quitaba la vista de encima a los atributos de Gonzalez, deseché entonces la fase uno, era lo único que me faltaba, ella enamorada del petiso y yo convertido en homosexual.
Esperé pacientemente que el petiso fuese al baño, y ahí me mande detrás de él, me miraba desconfiado, ocupé el mingitorio contiguo al que estaba utilizando, y le arrojé un par de miradas por sobre el mármol divisorio, se encargo de ocultarse y cuando procuré darle el último vistazo…
Che, que carajo te pasa – Me dijo
Nada, Gonzalez, no te persigas viejo – Le respondí
Que nada, ya anda diciendo Dorita que me miras el bulto y ahora me espiás en el baño, quiero que sepas que a mi me gustan las minas eh!!, te queda claro – Me contestó, haciéndose el guapo.
Estás en pedo, enano, hacete atender, acomplejado!! –Dije mientras apretaba el botón, y salía raudamente del baño, pensando que podría bajarle todos los dientes de una trompada, a ese enano de mierda, aunque sabía que haciéndolo, ella no me lo perdonaría jamás.
Como se darán cuenta la opción tres quedó descartada de plano.
Se acercaba la hora de reunirme con los muchachos en el bar, y yo todavía con el pescado sin vender, se me ocurrió desmayarme y que me retiren en ambulancia de la oficina, o escaparme del trabajo, renunciar… ah!! Esto no, dejaría de verla.
Llegué al encuentro quince minutos tarde, que fueron aprovechados por  Joaquín para poner al tanto a los demás que Gonzalez, era tan seco, como cualquiera de nosotros, su familia tampoco tenía donde caerse muerta, con eso descartamos la fortuna como causa.
Cachito quién no ahorró detalles, acerca de todas las poses a las que se vio sometido, para que la Jefa de Personal le entregue los legajos, nos leyó detenidamente los informes, ambos eran intachables, tenían menos Edipo que Adán.
Cuando me senté a la mesa acaparé todas las miradas, también alguna que otra burla ya que Cachito no dejó pasar inadvertido el comentario de su Secretaria, con lo cual fui objeto de una corta chanza, en realidad todos estaban desesperados por escuchar mi testimonio.
Tosí, como no podía ser de otra manera y comencé a hablar pausado y con calma.
Muchachos, sepan todos ustedes que la parte del trato que me tocó, ha sido la más ingrata y me parece lo menos que Uds. deberían hacer, sobre todo vos Cachito, es aclarar las cosas con Dorita, eso antes que nada – dije
Bueno, dale boludo, contá – replicó insistente Cachito
Está bien, que quede claro lo que voy a decirles, el petiso tiene un pedazo, como para quedar grabado en los anales de la historia de la humanidad – Dije; y escuché el silencio. Desde ese momento y cada vez que vemos pasar a Gonzalez, solo por supuesto, alguno de nosotros le grita ¡Grande Gonzalez!!, y luego se escucha un cerrado aplauso, a lo que el petiso nos mira asombrado sin entender bien que joda le estamos haciendo.
Una vez develado el misterio, todos contentos y cada cual a lo suyo.
Todos menos yo, aún sigo buscando las razones, por las cuales ella se enamoró de ese petiso infame y no de mí.

jueves, 5 de enero de 2012

Grisel

Qué sería de mí sin tu mirada
cómo viviría el día si no estás
todo sería eterno y no habría nada,
nada más que lluvia en la tempestad.

Que difícil es amarte y no poseerte,
libélula ardiente de la libertad.
Tu sangre es un desierto verde,
de tu vientre vi parir mi eternidad.

No se si será tu poción en las mañanas,
el sentir tu aire al despertar,
o el entregarme mansamente a tu membrana
 lo que me permite soñar.

Que difícil es amarte y no poseerte,
libélula ardiente de la libertad.
Tu sangre es un desierto verde,
de tu vientre vi parir mi eternidad.

Solo anhelo que el atardecer se funda
y las estrellas comiencen a estallar,
para que la vida cambie y confunda
el arte, la magia y el pasar.

Quiero que veas mi ocaso y mis sueños.
No deseo perpetuarme sino estar.
Permaneceré amado como nadie en tu sueño,
no resistiría otra manera de terminar.

Que difícil es amarte y no poseerte,
libélula ardiente de la libertad.
Tu sangre es un desierto verde,
de tu vientre vi parir mi eternidad.