martes, 10 de enero de 2012

Que tendrá, el petiso?

Escasas son las oportunidades que tenemos en la vida, en las cuales podemos ser testigos de acontecimientos o hechos extraordinarios, mejor que testigos diría espectadores, con la chance de contemplar una de esas maravillas que habitan nuestro mundo y que arrojan por tierra con ese viejo dicho “la perfección no es posible”, si ustedes la viesen… una vez vueltos del estupor que les causaría, afirmarían todos al unísono, que están en presencia de una deidad.
La mayoría de los mortales solo tienen ocasión de cruzarse con ella solo unos instantes de su existencia y en ese mágico e inolvidable segundo, desviarán la atención a todo aquello que estaban haciendo, para posar la mirada en su deslumbrante humanidad, yo en cambio comparto con ella, ocho horas diarias, de contemplación extasiada y también de angustia y desesperación, esa que agrieta el alma y me condena a no ser más que su colega en el empleo.
Pero lo que aquí paso a contarles, es mucho más inaudito todavía.
Mañana de lunes, subo el ascensor y los veo, ella y el petiso Gonzalez, tomados de la mano!!!, dándose un beso en la boca al entrar en la oficina!!!, y ahí delante de ellos, yo, cómo si nada!, cómo si no existiese para ella, la rabia me subió hasta los dientes y mis ojos lanzaban rayos al igual que animé japonés.
Organicé con Joaquín, el Ruso y Cachito una reunión urgentísima en el baño de la oficina, todos asistieron presurosos, no podían creer lo que acababa de contarles, si hasta Cachito amagó con cortarse las tarlipes, justo él, al que no se le resiste ninguna mina, ninguna, excepto ella.
Nos pusimos rápidamente de acuerdo, tendríamos que resolver el misterio, ese por el cual un petiso fulero como Gonzalez pudo alzarse con una belleza tal como ella, para lo cual Joaquín revisaría todos los antecedentes financieros del susodicho y su familia, a los efectos de rastrear alguna fortuna escondida, si la había, tendría que estar muy oculta ya que el petiso se vestía de lo más común y llegaba a la oficina en subterráneo. Cachito aprovechando “la excelente relación” que tenía con la jefa de personal, revisaría los test psicológicos que le efectuaron al petiso y a ella al ingresar a la empresa. A mí me toco la tarea más ingrata, quise rechazarla, pero fue en vano, ya estaban las pesquisas asignadas y la última, la más delicada y desagradable, era para mi persona, si existe algo llamado suerte, de eso no ligué ni un poquito, yo debía revisar el miembro del petiso, buscando en su tamaño, la razón de su éxito.
Debíamos reunirnos con los resultados en el café de la esquina a la salida del trabajo.
Mi mente no paraba de pensar e imaginar la forma en la cual pudiese cumplir con mi parte, todo ello sin despertar sospechas, comencé a enumerar las opciones 1) Observar detenidamente al petiso, para corroborar si a simple vista, el bulto en sus pantalones me sacaba de dudas, 2) Hacerme el distraído y mirar de reojo al petiso, en el momento de orinar y por último, 3) Si ninguna de las dos anteriores funcionaba, preguntarle al petiso directamente.
Comencé con mi indagación, tenía el presentimiento que esto no iba a funcionar, pero no me quedó otra opción que hacerlo, le clavé la mirada a la bragueta del petiso, intentando descubrir algo allí, hay veces en las que exagero un poco en mis obligaciones, tanto que al rato me llamó Cachito para decirme que su secretaria pensaba que me había hecho puto, ya que no le quitaba la vista de encima a los atributos de Gonzalez, deseché entonces la fase uno, era lo único que me faltaba, ella enamorada del petiso y yo convertido en homosexual.
Esperé pacientemente que el petiso fuese al baño, y ahí me mande detrás de él, me miraba desconfiado, ocupé el mingitorio contiguo al que estaba utilizando, y le arrojé un par de miradas por sobre el mármol divisorio, se encargo de ocultarse y cuando procuré darle el último vistazo…
Che, que carajo te pasa – Me dijo
Nada, Gonzalez, no te persigas viejo – Le respondí
Que nada, ya anda diciendo Dorita que me miras el bulto y ahora me espiás en el baño, quiero que sepas que a mi me gustan las minas eh!!, te queda claro – Me contestó, haciéndose el guapo.
Estás en pedo, enano, hacete atender, acomplejado!! –Dije mientras apretaba el botón, y salía raudamente del baño, pensando que podría bajarle todos los dientes de una trompada, a ese enano de mierda, aunque sabía que haciéndolo, ella no me lo perdonaría jamás.
Como se darán cuenta la opción tres quedó descartada de plano.
Se acercaba la hora de reunirme con los muchachos en el bar, y yo todavía con el pescado sin vender, se me ocurrió desmayarme y que me retiren en ambulancia de la oficina, o escaparme del trabajo, renunciar… ah!! Esto no, dejaría de verla.
Llegué al encuentro quince minutos tarde, que fueron aprovechados por  Joaquín para poner al tanto a los demás que Gonzalez, era tan seco, como cualquiera de nosotros, su familia tampoco tenía donde caerse muerta, con eso descartamos la fortuna como causa.
Cachito quién no ahorró detalles, acerca de todas las poses a las que se vio sometido, para que la Jefa de Personal le entregue los legajos, nos leyó detenidamente los informes, ambos eran intachables, tenían menos Edipo que Adán.
Cuando me senté a la mesa acaparé todas las miradas, también alguna que otra burla ya que Cachito no dejó pasar inadvertido el comentario de su Secretaria, con lo cual fui objeto de una corta chanza, en realidad todos estaban desesperados por escuchar mi testimonio.
Tosí, como no podía ser de otra manera y comencé a hablar pausado y con calma.
Muchachos, sepan todos ustedes que la parte del trato que me tocó, ha sido la más ingrata y me parece lo menos que Uds. deberían hacer, sobre todo vos Cachito, es aclarar las cosas con Dorita, eso antes que nada – dije
Bueno, dale boludo, contá – replicó insistente Cachito
Está bien, que quede claro lo que voy a decirles, el petiso tiene un pedazo, como para quedar grabado en los anales de la historia de la humanidad – Dije; y escuché el silencio. Desde ese momento y cada vez que vemos pasar a Gonzalez, solo por supuesto, alguno de nosotros le grita ¡Grande Gonzalez!!, y luego se escucha un cerrado aplauso, a lo que el petiso nos mira asombrado sin entender bien que joda le estamos haciendo.
Una vez develado el misterio, todos contentos y cada cual a lo suyo.
Todos menos yo, aún sigo buscando las razones, por las cuales ella se enamoró de ese petiso infame y no de mí.

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