miércoles, 18 de enero de 2012

20 Minutos

No sé muy bien por qué, los pequeños y escondidos bares cercanos a las estaciones de tren, me subyugan, y esa atracción se transforma en irresistible, es tentación en su estado puro. La vida de los personajes que los frecuentan, en un instante absoluto de tiempo, me genera un incontrolable deseo de conocerlos y capturar ese momento de su existencia,  y  también, de la mía.
El sol transportado a lomo de nube, ya casi había alcanzado el cenit, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, excusa ideal para beber una copa en algún bar.
Caminé animadamente esperando encontrar ese sitio donde aparcarme, los primeros  que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes. Los parroquianos se mantenían desinformados, escudriñándolos a intervalos fijos de tiempo, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, observando una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que ha mostrado aquello, que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos delante observé el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, cuando leí Rabioles en lugar de Ravioles, tuve el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis próximos veinte minutos.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
-         Buen día -dijo
-         Buen día, me traes un agua saborizada de manzana- dije
-         Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró una botella de la heladera y la “limpió” con un trapo rejilla, tomó de la vasera un nautilus de 270 cc., repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea, al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el profundo desagrado que causaba en mí, tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, era éste el sacrificio a realizar, por introducirme en un mundo tan mágico y tan trágico, cuya asonancia es perfecta.
-         Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
-         Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero velozmente aseé el borde del vaso, estrujándola con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad, y solo bebí un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, intentando comprender cuál es el mecanismo, por el cual un tipo, coloca un traje de más de mil dólares en la silla de un bar mugroso, quebrando esa imaginaria barrera que lo une y a la vez lo separa con ese mundo.
Delante de mí, un espejo, intentando ocultar una mancha de humedad, y en él apareció esa mujer.
El tiempo dejó de transcurrir y fue todo Ella. Entraba al bar, meciéndose desequilibradamente a cada paso, traía puesto un antiguo abrigo, que en algún tiempo fue confeccionado en piel natural.
Supuse en ese momento la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, y solo esforzadamente, logró tomar asiento a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño de caballeros.  
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche, para luego esconderla dentro de su boca, ya desecha, al igual que su dentadura, esa misma que en otros tiempos se agitaba, abriéndose y cerrándose a carcajadas, deslumbrando con la belleza de sus labios y el interior de esa grieta deseosa y deseable.
Supe, que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurría en los límites de la marginalidad.
Resultaba imposible no soñarla, completa o a medias, dado que desde mi posición solo veía su perfil.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente, el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ese tapado de pieles y su condición harapienta, ocultaba sin dudas un pasado cuasi-glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores, y tal vez el tapado, fuese el regalo o el pago, de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.  
Ella seguramente lo recordaría y esos, u otros recuerdos, son los del despertar y se transformaron en  la ilusión, pequeña, diminuta y difusa, que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La anciana comenzó a explorar su pequeña y desvencijada cartera, extrayendo no sin dificultad un objeto redondo de unos ocho centímetros de diámetro, lo sostenía tensamente en sus manos, sin dejarme observarlo, pensé, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días. La vi sosteniéndolo con firmeza en su mano derecha y con la izquierda intentar abrirlo presurosa, el objeto escapó de su diestra y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco raudo y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber que explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese segundo pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, la esperanza en que el reflejo fuese distinto, que fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Dejé de verla e imaginarla, en la certeza, que los próximos serán, solo, tan solo, siete años de mala suerte.-

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