miércoles, 26 de octubre de 2011
El Fletero
El sol castigaba implacable su reino, azotaba fieles e infieles por igual, su ira solo encontraba un atisbo de calma, ya bien entrada la luna, cuando hubo freído sueños e ilusiones sin clemencia, ni piedad, después de incendiar y arrasar, durante más de diez horas, este insignificante punto del globo.
Eran las 13:30 PM y Juan continuaba cargando la furgoneta.
Qué haces Juan, todavía acá? Dijo el pibe
Si, llegué hace un rato, esta mañana se me rompió el alternador y casi tengo que suspender el viaje – dijo Juan
Che, que cagada y eso que la chata es bastante nueva – Dijo el pibe
Que se le va a hacer, nene, será el destino, Podrías darme una mano, no? - Dijo Juan
Si claro!! ...., otro día nos vemos, master – dijo el pibe
El pibe se metió dentro del negocio, que por cierto tenía aire acondicionado y dejó a Juan cargando las últimas cajas, ya en el asiento del acompañante de su camioneta.
Juan lo miró y recordó cuando él mismo, cumplía las funciones de cadete y jamás nadie tuvo que insinuarle siquiera que lo ayudase, él lo hubiese hecho sin más, pero los pibes de hoy, no tienen respeto, ni afán por nada, todo les cae igual, ninguno se esmera, ni esfuerza en progresar, sobre todo estos pibes, y pensar que, en ocasión de su viaje anterior él mocoso, se atrevió a pedirle una propina, que tupé.
Juan giró la llave de encendido y tuvo que repetir, tres veces la operación, parecía que el burro o el alternador, habían girado en falso, pero finalmente arrancó, atravesó las calles poceadas, el tránsito hacía que su adrenalina fluyera, como los eternos manantiales de Yellowstone, hirviendo su corazón y su cerebro.
Juan puso primera y avanzó veinte o treinta metros, semáforo, congestión, calor insoportable, un niño de diez o tal vez doce años, era difícil precisar la edad, sobretodo en esos pequeños que hubieron sufrido algún trastorno alimenticio en su más temprana edad, se acercó para limpiarle el parabrisas de la chata..
No, nene gracias – dijo Juan
Una moneda, maestro – dijo el niño
No tengo nene, mañana te doy –dijo Juan
El niño siguió eludiendo autos y cargando su aliento de excusas que hieren y que serán aquellas que en el futuro, nadie entenderá, ni recordará, especialmente aquellos que las infringieron, quienes sin lugar a duda exigirán la pena capital, para el mensajero que nos muestra la infamia, serán esas llagas en su alma, las que transformen su piel en piel de elefante y su mirada en presente rabioso e incontrolable.
Juan se mostró satisfecho, no tuvo que desembolsar monedas que le eran necesarias para pagar el peaje de la autopista, aunque el día anterior le había tenido que dar dos pesos, a uno de los chicos más grandes, esos si que metían miedo, hasta se paran enfrente de la camioneta sin importarles si son arrollados o no, con tal de tener para el paco, no les importa nada.
Su camioneta avanzaba lenta y pegajosa, le hubiese gustado tener aire acondicionado, pero para tener aire, hubiese sido necesario tener cinco mil pesos más o una cuota de quinientos pesos adicionales por mes, eso implicaba trabajar dos a tres horas más por día, ya no sería vida, amasijarse por un aire, suficiente progreso significó comprarse la camioneta.
Juan estaba orgulloso de sus triunfos, si los triunfos de él. Encendió la radio, la voz seductora y sensual de la locutora, intentó venderle un sommier king size, para dar paso luego a las noticias de la tarde, escuchó al periodista top, le habían otorgado varios premios Martín Fierro, comenzó como siempre haciendo un análisis de la situación económica del país, le demostró a Juan y al resto de sus oyentes, cómo las políticas sociales del gobierno, lo único que generaban eran vagos, y de la más baja calaña, Juan asentía con su cabeza, es más por la mañana con el desayuno, antes del infortunado incidente del arranque de la camioneta, vio por el noticiero de la televisión, como le regalaban casas a “esa gente” si se la puede llamar “gente”, y mientras esos individuos cuyo único mérito era ser pobres, desesperanzados, abandonados de la mano y el resto de las extremidades de Dios, recibían una casa, él que se deslomaba día tras día y ni siquiera podía comprarse un aire para su camioneta.
Tiene razón este “ Santos Biolcatti”, dijo en voz alta y siguió hablando solo.
Yo no sé por qué mierda, le regalan de todo a estos villeros putos, y uno que se rompe el culo laburando y nada, la verdad es un país de mierda!!, los del gobierno lo único que quieren es afanar y con estos villeritos se les hace más fácil, que manga de hijos de puta, así los tienen comprados para las votaciones, este Santos tiene razón y por si fuera poco son como Dictadores, les importa poco o nada lo que dicen, todos los entrevistados en la tele y la radio, estos del Gobierno nos van a llevar a la ruina.
Sonó otra vez la voz de la locutora, anunciando la firma del convenio colectivo de fleteros, se había logrado un aumento del 28% en el salario básico, apenas terminada la lectura del cable, “Santos” se ocupó de hacerle entender a los oyentes que este aumento generaría más y más inflación.
Juan cambió la radio no quería seguir haciéndose mala sangre, con la corruptela de los políticos de turno.
Sintió sonar fuerte un silbato, un policía le ordenaba apartarse junto al cordón de la derretida vereda.
Qué sucede oficial- consultó Juan en tono amigable
Licencia de conducir y seguro del automotor, señor – dijo el agente
Qué pasó oficial,- dijo Juan, mientras le entregaba los papeles del vehículo.
Pasó la luz en rojo, señor – dijo el agente
Aquí tiene oficial, el seguro del vehículo – dijo Juan y deslizó entre sus manos un billete de cincuenta pesos, el agente lo tomó disimuladamente, reconociendo el rito.
Que tenga, buenas tardes, -dijo el agente y le devolvió los papeles de la camioneta.
Juan sonrió y trago saliva, se fue maldiciendo en voz baja, durante toda la subida a la autopista, ni bien se alejó vociferó a los cuatro vientos, que país de mierda!!!, cuando no es uno es otro, pero todos te cagan.
En la autopista el tránsito se hizo más fluido, el aire sofocante, le arrancaba el sudor a su cuerpo, el viaje no se prolongó demasiado, viró en la salida norte de la autopista, la cual terminaba en una angosta y sinuosa calle, repleta de lomos de burro, que costeaba una villa miseria, al avanzar pudo observar como vivían esos “negros”, todos apiñados, los techos y las paredes de chapa y cartón, las veredas repletas de niños jugando, sin entender absolutamente nada de su condición, unas mujeres haciendo cola junto a una canilla para cargar agua, qué vergüenza, cómo vive esta gente, sintió un poco de lástima y luego vergüenza.
Descargó la mercadería en el depósito del ruso, el muy taimado jamás fue capaz de pagarle la descarga de los bultos, le entregó la factura a Jacobo y este se la pagó, no sin antes hacerle corregir los kilómetros recorridos.
Juan subió a su camioneta, guardo el talonario de facturas y se dispuso a separar la comisión que le cobra la agencia de fletes, en ese momento se dio cuenta que Jacobo le había entregado cien pesos de más, cuando le abonó la factura. Se rió a carcajadas y pensó, yo me lo merezco.
jueves, 20 de octubre de 2011
Una Mujer
Ciudad, asfalto, cemento y gente, muchísima gente, todos juntos, apiñados, superpuestos y eclipsados. El cielo se transformó en un caleidoscopio, que se escabulle a nuestros ojos, pero que quedo fijo en nuestras miradas.
Las nubes recortan esperanzas haciendo más gris el paisaje y en ese lugar en el mundo estaba Ella, con la respiración agitada, las artes de madre, ama de casa y trabajadora, atrapaban el aire que ingresaba en sus pulmones y su cuerpo arrojaba en cortas y rítmicas bocanadas de hastío.
Cambió los pañales de su pequeña, la escuchó llorar y de inmediato reír, la entalcó, bebió para si el néctar de la inconciencia, la saciedad plena que le regaló su niñita, la abrazó y quiso contarle, quería advertirle pero sabía que jamás la comprendería, por lo menos no ahora, sin embargo a ella también le llegaría su momento, era algo que Ella no podía evitar, ni evitarle.
-Carlos, podés apurarte, por favor –Le gritó a su marido
-Ya va, che, me estoy anudando la corbata- Le respondió él.
- Será posible, todos los días la misma historia, Por qué no te levantas cinco minutos antes? , cuando voy a buscar a Cande, su Seño, se queja conmigo que siempre llega tarde- Le dijo, reclamándole.
-Cuando será el día que te dejes de romperme las pelotas –Le contestó Carlos en el mismo tono.
Carlos sujetó por los brazos a Candela, la besó y unieron sus narices en una especie de beso esquimal, recibió la mochila de manos de su esposa, apoyó su boca fugazmente sobre los labios de Ella y se despidió hasta la noche.
La puerta se cerró sonoramente, no sin antes dejar que las miradas de madre e hija, conversaran mudamente en el aire, tratando de llenar con significados aquellos vacíos que jamás serán completados.
Una lágrima provocó el deshielo de sus ojos. No tenía tiempo para perder, debía tender las camas, guardar su vianda en el tupperware, salir a colgar la ropa al balcón, ir corriendo hacia su trabajo, quería salir al balcón!!
Le costó bastante rotar el colchón de su cama, estaba bastante pesado, y si bien tenía tan solo un año y nueve meses, ya mostraba algunos resortes queriéndose escapar de su banda de contención, recordó que cuando niña, las cosas duraban mucho más y en estos tiempos, todo era terriblemente efímero.
Recogió del piso un calzoncillo de su marido y expectoró – Hijo de puta y después decís que soy una rompebolas, ah!!!
Entró en la habitación de Candela, ordenó sus juguetes, miró sus fotos, se estremeció, pero ya le había pasado esto antes, sabía que tenía que salir al balcón, esa niña, su niña, la comprendería, no ahora, pero si en el futuro, al fin y al cabo ella también era una mujer.
El fuentón verde estaba allí, esperando que sacase la ropa de la máquina de lavar, y la llevase a visitar el sol, ese sol que en este día, ya casi no se asomaba a su balcón.
Abrió la ventana que comunicaba el lavadero con el balcón, un aire fresco y penetrante invadió todo su ser, a pesar del fuerte smog del ambiente, ese aire parecía contener más oxígeno, tanto, que llegaba nítido e inconfundible a lo más profundo de su alma.
Ella se sonrojó, bajo su mirada y comenzó a colgar la ropa en el tender, con esmero colocó las batitas de Candela en los bordes exteriores del tender, así recibirían más aire y luz, no era ese el modo de tender la ropa que su madre le había inculcado, pero Ella sabía que era lo mejor para la vida de su hija, no quería que Candela repitiese su historia.
Intentó concentrarse en su tarea, pero su corazón bramaba, levantó su mirada y lo vio, allí estaba él, siempre estaba, ahí nomás, cruzando la calle, sus miradas se conectaron, ella vió como el hombre la desnudaba con su mirada, él siempre estaba observándola, en todo momento estaba pendiente de ella y de sus movimientos, sus facciones, su vida.
Lo vió por primera vez, hace exactamente cuarenta días, y el hechizo se consumó ni bien lo observó, y ella sintió como él también la miraba, los ojos de él siempre iluminados, eran ojos que proyectaban deseos, ilusiones, pero por sobre todas las cosas eran una fuente de emociones nuevas.
En ese momento comenzó todo, primero fueron las salidas esporádicas al balcón con cualquier excusa, pero cuando pudo comprobar que él siempre estaba allí, esperando verla, pronto a seducirla a cada instante, comprendió que el deseo era mutuo, con cada visita al balcón, lo examinaba con mayor detenimiento, su vestimenta era de primera, lucía un rolex de oro en su muñeca izquierda, aunque parecía estar roto, ya que siempre daba la misma hora, su perfume era Pisco Channel, el más caro del mercado.
El no cesaba de mirarla, de halagarla, todo su cuerpo en sintonía era una obra de arte, que se ofrecía entero para ella, no comprendía del todo porque semejante hombre fue a fijarse en ella, justamente en ella, pero en realidad eso no le interesó mucho, ya era hora de comenzar a disfrutar algo por si misma, no por lo que indican las convenciones sociales.
Ese día estaba dispuesta a todo, abandonaría a Carlos y huiría con ese hombre, viviría aventuras, no tendría que limpiar, lavar, planchar, cocinar, trabajar para recibir un salario inferior al de su marido, por hacer lo mismo, al pensarlo su cuerpo estallaba, sin embargo el recuerdo de Candela se transformaba en un ancla poderosísima.
Carlos era un padre ejemplar, pero se parecía muy poco a aquel muchacho que la había enamorado una mañana de primavera, para quitarle el aliento, ese pibe que le sacudía el alma, él fue su primer y gran amor, hizo temblar toda su estructura, pero después, llegó Candela, el casamiento para dejar conforme a su madre, el trabajo, la rutina, el adiós a los sueños, el hartazgo.
Volvió a mirar a ese hombre y su cuerpo se afiebró, su sexo se humedeció, hacía tanto tiempo que no le ocurría esto.
Estaba decidido lo haría, comenzó a llover, salió rauda al balcón, tenía que recoger la ropa tendida, cuando lo miró, vió que en su mirada algo se apagó, su cuerpo había perdido brillo, pensó en Candela, pero decidió seguir adelante.
Rápidamente dejó la ropa frente a la estufa, tomó su cartera, su vianda y bajó por el ascensor, ni bien transpuso la puerta de calle pudo observar, como dos obreros trabajaban en el cartel de perfume Pisco Channel, el agua de lluvia le había provocado un cortocircuito dejándolo sin energía.
Partió rumbo a su empleo, la esperaba un nuevo día.
martes, 18 de octubre de 2011
El Maldito Insomnio
Era esa una tibia y seca noche, solo interrumpida por los sonidos y destellos de las ciudades modernas, y también del insomnio.
Él presionaba las teclas de su celular y veía la hora, transcurría lenta y pesada, pero avanzaba y cada vez que lo tocaba y se encendía le mostraba como disminuía el tiempo que le quedaba para dormirse antes que el teléfono móvil, hiciese las veces de partera, anunciando la llegada del nuevo día, entregándole su estruendosa melodía, justo a las 6 AM,…flotaba el tiempo, y seguía siendo imposible acariciar el sueño. Maldito insomnio.
A su lado ella dormía, plácida, impasible, no parecía estar en este mundo, él la contemplo durante unos minutos, sintió el rítmico silbido musical que producían sus labios con cada exhalación, le hubiese gustado ver sus ojos, pero el sueño es todo oscuridad. Él hizo reposar las cuatro aristas de su cuerpo alternadamente en las sábanas y nada, únicamente podía pensar. En su mente, todo era día, y un día agitado que no le permitía conservar el aliento, cuando lograba desembarazarse de algún pensamiento, otro lo atacaba, intentó emular a los valientes espartanos en su defensa de las Termópilas, entregándolo todo a cambio de no permitir el ingreso de nuevas imágenes en su cabeza, sin embargo el traidor de Efialtes era aliado del insomnio, del maldito insomnio.
Buscó en sus recuerdos los buenos tiempos, los momentos apacibles, los instantes de ternura, buscó ese algo que le permitiese abrir las puertas y sumergirse en el profundo sueño, pretendió no tener miedo, y nada, nada!! solo desvelo.
Esta vez no calentó leche, ni comió algo dulce, tampoco insistió con las pastillas, ya había tomado más de la cuenta, la miró nuevamente, estaba desparramada a su lado, los vientos que emanaba su boca se transformaban en un hálito rancio, desagradable, que le impedía dormir, la rozó suavemente, intentando que cambiase de posición, tuvo que utilizar una presión extra en sus manos y su cuerpo para lograr que virase a babor, dejando por fin de arrojarle el vaho en su rostro, ese vaho que le impedía dormir pero nada, y ella seguía allí, inmutable sin hacer nada por calmar su angustia, ella dormía.
Hurgó en sus huellas más profundas, buscando el consejo de su abuela para situaciones como ésta, no pudo encontrar más que el bendito vaso de leche tibia, pero lo había bebido tantas veces y lo único que había obtenido eran ganas de orinar, y todo insomne sabe que la orina es una aliada monumental del maldito insomnio.
En solo dos horas sonaría la alarma. Una mezcla de desesperación y resignación se apoderó de su ser, él sabía que debería esperar un día completo para volver a intentar dormir, un día completo de actividad, de pensar, de fingir, de aturdirse, todo un día de conciencia.
Qué poco tiempo le quedaba para intentar dormir, ya se veía en la ducha, con la modorra a cuestas, tratando de despabilarse, de un sueño que no fue, de algo que jamás sucedió.
Escuchaba con claridad el ceceo de la suspensión del colectivo, que pasa por la esquina de su edificio, y con solo ese sonido, evocaba su viaje, veía el rostro apagado pero frenético del colectivero, los pasajeros amontonados dejándose llevar, el tráfico, el humo, las intersecciones, las rutinarias esperanzas viajando, acercándose … en ese instante creyó que se dormía, lo pensó.
Sus deseos otra vez le jugaban una mala pasada, el sueño intentaba hacer pie en la plancha enjabonada de un barco pirata, ya ni siquiera podía cerrar sus ojos, la crispación corría por sus venas, lo invadía, lo llenaba, pero por un segundo tuvo miedo de dormirse, qué horizonte le depararía el sueño, qué lugares? qué sensaciones? habría percepciones?. El desconocimiento genera el miedo o tal vez sea el conocimiento de la finitud, quién lo fortalece. El saber que una esperanza desfallece cada noche, se tropieza cada mañana y solo encuentra un destello gastado de neón en un futuro, que a las claras no es futuro, aterra y el sueño no lo auxilia, el maldito insomnio lo agiganta, lo enerva y lo desquicia.
La vió, a su lado, echada como un perro, resoplando y roncando, acompasadamente, expulsando rastros de la muerte por su boca, él sabía que ella era la causa por la cual no podía dormir. Tomó el libro que comenzó a leer aquella noche en la cama, se trataba de una novela policial sin mucho vuelo, pero si con mucha sangre y sexo, que pensó en aquel momento lo ayudaría a dormir, extrajo de sus páginas un abrecartas, que le había servido de señalador, lo apretó fuerte con su mano derecha y lo introdujo cinco veces debajo del seno de ella, las cataratas de sangre fluían descontroladamente, le aportaban tibieza a su fría mano, le pareció estar bebiendo una taza de leche tibia, ella no gritó, no se movió, no hizo absolutamente nada, solo sangró y sangró.
Sus pensamientos volvieron a azotarlo, la tibieza de la sangre, fue un oasis pasajero, pero ya no sentía furia, sino angustia y desolación, no podía respirar, una fuerza sobrenatural lo agitaba por sus hombros, lo sacudía y seguramente le provocaría la muerte, fue en ese instante que sintió el alivio y creyó, existe Dios, me está castigando por lo que he hecho, pero ya es demasiado tarde.
Sus ojos se abrieron, ella estaba sobre él sacudiéndolo,
Juan, no quería despertarte, por lo de tu insomnio, pero me asustaste, hace rato que estas roncando como un cerdo, te trato de mover y no reaccionas, hasta tiraste el libro que había sobre la mesa de luz, sin darte cuenta, gritaste dormido, pero recién parecía que habías dejado de respirar, me asusté mucho y mirá, hasta creo que me pegaste tu insomnio, hace como dos horas que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormirme. – dijo ella (Aliviada)
El aluvión de palabras le fue casi incomprensible, no supo si estaba vivo o muerto, despierto o dormido, su corazón estallaba y sonaba con más fuerza en su cabeza que en su pecho, se levantó de la cama y tomó una ducha.
Él presionaba las teclas de su celular y veía la hora, transcurría lenta y pesada, pero avanzaba y cada vez que lo tocaba y se encendía le mostraba como disminuía el tiempo que le quedaba para dormirse antes que el teléfono móvil, hiciese las veces de partera, anunciando la llegada del nuevo día, entregándole su estruendosa melodía, justo a las 6 AM,…flotaba el tiempo, y seguía siendo imposible acariciar el sueño. Maldito insomnio.
A su lado ella dormía, plácida, impasible, no parecía estar en este mundo, él la contemplo durante unos minutos, sintió el rítmico silbido musical que producían sus labios con cada exhalación, le hubiese gustado ver sus ojos, pero el sueño es todo oscuridad. Él hizo reposar las cuatro aristas de su cuerpo alternadamente en las sábanas y nada, únicamente podía pensar. En su mente, todo era día, y un día agitado que no le permitía conservar el aliento, cuando lograba desembarazarse de algún pensamiento, otro lo atacaba, intentó emular a los valientes espartanos en su defensa de las Termópilas, entregándolo todo a cambio de no permitir el ingreso de nuevas imágenes en su cabeza, sin embargo el traidor de Efialtes era aliado del insomnio, del maldito insomnio.
Buscó en sus recuerdos los buenos tiempos, los momentos apacibles, los instantes de ternura, buscó ese algo que le permitiese abrir las puertas y sumergirse en el profundo sueño, pretendió no tener miedo, y nada, nada!! solo desvelo.
Esta vez no calentó leche, ni comió algo dulce, tampoco insistió con las pastillas, ya había tomado más de la cuenta, la miró nuevamente, estaba desparramada a su lado, los vientos que emanaba su boca se transformaban en un hálito rancio, desagradable, que le impedía dormir, la rozó suavemente, intentando que cambiase de posición, tuvo que utilizar una presión extra en sus manos y su cuerpo para lograr que virase a babor, dejando por fin de arrojarle el vaho en su rostro, ese vaho que le impedía dormir pero nada, y ella seguía allí, inmutable sin hacer nada por calmar su angustia, ella dormía.
Hurgó en sus huellas más profundas, buscando el consejo de su abuela para situaciones como ésta, no pudo encontrar más que el bendito vaso de leche tibia, pero lo había bebido tantas veces y lo único que había obtenido eran ganas de orinar, y todo insomne sabe que la orina es una aliada monumental del maldito insomnio.
En solo dos horas sonaría la alarma. Una mezcla de desesperación y resignación se apoderó de su ser, él sabía que debería esperar un día completo para volver a intentar dormir, un día completo de actividad, de pensar, de fingir, de aturdirse, todo un día de conciencia.
Qué poco tiempo le quedaba para intentar dormir, ya se veía en la ducha, con la modorra a cuestas, tratando de despabilarse, de un sueño que no fue, de algo que jamás sucedió.
Escuchaba con claridad el ceceo de la suspensión del colectivo, que pasa por la esquina de su edificio, y con solo ese sonido, evocaba su viaje, veía el rostro apagado pero frenético del colectivero, los pasajeros amontonados dejándose llevar, el tráfico, el humo, las intersecciones, las rutinarias esperanzas viajando, acercándose … en ese instante creyó que se dormía, lo pensó.
Sus deseos otra vez le jugaban una mala pasada, el sueño intentaba hacer pie en la plancha enjabonada de un barco pirata, ya ni siquiera podía cerrar sus ojos, la crispación corría por sus venas, lo invadía, lo llenaba, pero por un segundo tuvo miedo de dormirse, qué horizonte le depararía el sueño, qué lugares? qué sensaciones? habría percepciones?. El desconocimiento genera el miedo o tal vez sea el conocimiento de la finitud, quién lo fortalece. El saber que una esperanza desfallece cada noche, se tropieza cada mañana y solo encuentra un destello gastado de neón en un futuro, que a las claras no es futuro, aterra y el sueño no lo auxilia, el maldito insomnio lo agiganta, lo enerva y lo desquicia.
La vió, a su lado, echada como un perro, resoplando y roncando, acompasadamente, expulsando rastros de la muerte por su boca, él sabía que ella era la causa por la cual no podía dormir. Tomó el libro que comenzó a leer aquella noche en la cama, se trataba de una novela policial sin mucho vuelo, pero si con mucha sangre y sexo, que pensó en aquel momento lo ayudaría a dormir, extrajo de sus páginas un abrecartas, que le había servido de señalador, lo apretó fuerte con su mano derecha y lo introdujo cinco veces debajo del seno de ella, las cataratas de sangre fluían descontroladamente, le aportaban tibieza a su fría mano, le pareció estar bebiendo una taza de leche tibia, ella no gritó, no se movió, no hizo absolutamente nada, solo sangró y sangró.
Sus pensamientos volvieron a azotarlo, la tibieza de la sangre, fue un oasis pasajero, pero ya no sentía furia, sino angustia y desolación, no podía respirar, una fuerza sobrenatural lo agitaba por sus hombros, lo sacudía y seguramente le provocaría la muerte, fue en ese instante que sintió el alivio y creyó, existe Dios, me está castigando por lo que he hecho, pero ya es demasiado tarde.
Sus ojos se abrieron, ella estaba sobre él sacudiéndolo,
Juan, no quería despertarte, por lo de tu insomnio, pero me asustaste, hace rato que estas roncando como un cerdo, te trato de mover y no reaccionas, hasta tiraste el libro que había sobre la mesa de luz, sin darte cuenta, gritaste dormido, pero recién parecía que habías dejado de respirar, me asusté mucho y mirá, hasta creo que me pegaste tu insomnio, hace como dos horas que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormirme. – dijo ella (Aliviada)
El aluvión de palabras le fue casi incomprensible, no supo si estaba vivo o muerto, despierto o dormido, su corazón estallaba y sonaba con más fuerza en su cabeza que en su pecho, se levantó de la cama y tomó una ducha.
martes, 11 de octubre de 2011
Cazador de Fuegos
No sé muy bien por qué, pero si sé, que la atracción que causan en mi, los pequeños y mugrosos bares cercanos a las estaciones de tren, se transforma en irresistible, es tentación en su estado puro, los personajes que habitan estos lugares, en un instante absoluto de tiempo, generan en mí, un incomprensible deseo de conocerlos, para capturar un momento de sus vidas y de la mía.
Era avanzada la mañana, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, nunca es bueno llegar demasiado temprano.
Esos veinte minutos se transformaron en la excusa ideal para beber un café en algún bar cercano a la terminal de trenes.
Caminé animadamente esperando encontrar algún sitio donde anclar mi barco, los primeros bares que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente, limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar muy ordenadas, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes, que mantenían desinformados a sus parroquianos, que vaya a saber porque, los escudriñaban a intervalos fijos, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, que solo les mostraban una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que muestra aquello que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos adelante observe el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, sin que mi mente tuviese que dirigir mis piernas, ellas solas se orientaron y avanzaron con premura hacia aquella dirección, con el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis veinte minutos restantes.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
- Buen día -dijo
- Buen día, me traes un agua saborizada, de manzana- dije
- Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró un agua de la heladera, que por cierto y buena fortuna se encontraba apagada,(la temperatura ambiente era bastante fresca), y la repaso con un trapo rejilla, tomo de la vasera un nautilus de 270 cc. y repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el desagrado que causaba en mí tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, sin embargo yo, era conciente cual es el precio que se debe pagar por introducirme en ese mundo tan mágico y trágico, cuya asonancia es perfecta.
- Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
- Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero presurosamente, la pasé por la boca del vaso, estrujando y abollando el papel con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad y solo bebí, un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, dos transeúntes entraron al boliche, se ubicaron a mi espalda, esto no evitó que los imaginara, sin diferir mucho mi apreciación de la realidad, ya que al sentarse pidieron una cerveza fría, faltaban veinte minutos para las diez y media, algunas risotadas y una conversación casi inentendible, tal vez por el temblor de maxilares, acompañaban el cuadro. Siempre quise comprender, porque mecanismo, solo los observo y los imagino, no puedo quebrar esa imaginaria barrera que nos separa y a la vez nos hermana.
El dueño-mozo, les sirvió la cerveza y la cobró en el momento, hecho que no causó ningún malestar ni reproche por parte de nuestros dos invitados, quienes siguieron conversando animadamente, el tema de la charla se me hacía difuso, pero creo se centraba en una relación amorosa correspondida a medias, el relato tenía tantas dispersiones que me imposibilitaba seguir el hilo, sobre todo entender el dialecto especial que utilizaban, intenté visualizarlos por el espejo (que estaba frente a mi mesa en una columna, en la cual se veían rastros de humedad sin poder ser disimulados por el espejo), este excepcional objeto, que nos devuelve figuras vacías, luego de recibir volcanes de lava y desiertos de hielo, pero fue en ese preciso instante que la ví.
Ella capturó inmediatamente mi atención. Esa mujer entraba en el bar, meciéndose desequilibradamente ante cada paso, traía puesto un abrigo que en algún tiempo debe haber sido de piel natural y debe haber despertado la envidia de las mujeres que la veían envuelta en semejantes ropajes, justo a ella, si justo a ella.
Supuse en ese momento, que la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, esforzadamente logró tomar asiento, a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño para caballeros.
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
Imposible no soñar su vida, o su media vida, desde mi posición solo veía su perfil.
Ese tapado de pieles, invitaba al despegue imaginario, su condición harapienta ocultaba sin dudas un pasado cuasi glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores y tal vez el tapado sea un regalo de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.
Ella seguramente lo recordaría y esos recuerdos son los del despertar de cada mañana, y la ilusión, pequeña, diminuta y difusa que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche y luego esconderla dentro de su boca, ya casi desecha, por los movimientos de su rostro no debía tener muchos dientes, sin embargo en otros tiempos, su mandíbula se agitaba, se abría y cerraba, junto con una larga carcajada que dejaba contemplar la belleza de sus labios y el interior de esa boca deseosa y deseable.
Por frecuentar este sitio y no me quedan dudas que lo frecuenta, ya que el dueño-mozo, le sugirió el plato y la saludó con familiaridad, es seguro que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurra en los límites de la marginalidad, su profesión se me ocurre, una prostituta retirada.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ella comenzó a escudriñar su pequeña y desvencijada cartera, extrajo de ella, no sin dificultad un objeto redondo de unos 8 centímetros de diámetro, lo sostenía en sus manos tensamente, sin dejarme observarlo, pensé para mis adentros, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días, pero no era ningún pastillero, lo sostuvo con firmeza con su mano derecha y con la izquierda lo abrió presurosa, por más que esta era, una maniobra repetida hasta el hartazgo durante toda su vida, esta vez el objeto escapó de sus manos y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que el objeto era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco presuroso y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber qué explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese momento pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, esa ansiedad porque el reflejo fuese distinto, porque fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Ya no puede pensarla, solo compadecerme del resto de sus días, cómo haría de aquí en más, ya no tenía el espejo, que escondía la secreta esperanza de devolver el pasado, yo ya no podía imaginar cómo esa mujer podría continuar.¿ Aferrada, a qué? ¿A qué ilusión? Desde ese momento hasta el final, no hay modo de generar una esperanza, no hay forma de iluminar el camino, lo que si es seguro, serán siete, siete años de mala suerte.-
Era avanzada la mañana, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, nunca es bueno llegar demasiado temprano.
Esos veinte minutos se transformaron en la excusa ideal para beber un café en algún bar cercano a la terminal de trenes.
Caminé animadamente esperando encontrar algún sitio donde anclar mi barco, los primeros bares que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente, limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar muy ordenadas, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes, que mantenían desinformados a sus parroquianos, que vaya a saber porque, los escudriñaban a intervalos fijos, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, que solo les mostraban una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que muestra aquello que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos adelante observe el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, sin que mi mente tuviese que dirigir mis piernas, ellas solas se orientaron y avanzaron con premura hacia aquella dirección, con el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis veinte minutos restantes.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
- Buen día -dijo
- Buen día, me traes un agua saborizada, de manzana- dije
- Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró un agua de la heladera, que por cierto y buena fortuna se encontraba apagada,(la temperatura ambiente era bastante fresca), y la repaso con un trapo rejilla, tomo de la vasera un nautilus de 270 cc. y repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el desagrado que causaba en mí tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, sin embargo yo, era conciente cual es el precio que se debe pagar por introducirme en ese mundo tan mágico y trágico, cuya asonancia es perfecta.
- Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
- Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero presurosamente, la pasé por la boca del vaso, estrujando y abollando el papel con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad y solo bebí, un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, dos transeúntes entraron al boliche, se ubicaron a mi espalda, esto no evitó que los imaginara, sin diferir mucho mi apreciación de la realidad, ya que al sentarse pidieron una cerveza fría, faltaban veinte minutos para las diez y media, algunas risotadas y una conversación casi inentendible, tal vez por el temblor de maxilares, acompañaban el cuadro. Siempre quise comprender, porque mecanismo, solo los observo y los imagino, no puedo quebrar esa imaginaria barrera que nos separa y a la vez nos hermana.
El dueño-mozo, les sirvió la cerveza y la cobró en el momento, hecho que no causó ningún malestar ni reproche por parte de nuestros dos invitados, quienes siguieron conversando animadamente, el tema de la charla se me hacía difuso, pero creo se centraba en una relación amorosa correspondida a medias, el relato tenía tantas dispersiones que me imposibilitaba seguir el hilo, sobre todo entender el dialecto especial que utilizaban, intenté visualizarlos por el espejo (que estaba frente a mi mesa en una columna, en la cual se veían rastros de humedad sin poder ser disimulados por el espejo), este excepcional objeto, que nos devuelve figuras vacías, luego de recibir volcanes de lava y desiertos de hielo, pero fue en ese preciso instante que la ví.
Ella capturó inmediatamente mi atención. Esa mujer entraba en el bar, meciéndose desequilibradamente ante cada paso, traía puesto un abrigo que en algún tiempo debe haber sido de piel natural y debe haber despertado la envidia de las mujeres que la veían envuelta en semejantes ropajes, justo a ella, si justo a ella.
Supuse en ese momento, que la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, esforzadamente logró tomar asiento, a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño para caballeros.
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
Imposible no soñar su vida, o su media vida, desde mi posición solo veía su perfil.
Ese tapado de pieles, invitaba al despegue imaginario, su condición harapienta ocultaba sin dudas un pasado cuasi glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores y tal vez el tapado sea un regalo de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.
Ella seguramente lo recordaría y esos recuerdos son los del despertar de cada mañana, y la ilusión, pequeña, diminuta y difusa que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche y luego esconderla dentro de su boca, ya casi desecha, por los movimientos de su rostro no debía tener muchos dientes, sin embargo en otros tiempos, su mandíbula se agitaba, se abría y cerraba, junto con una larga carcajada que dejaba contemplar la belleza de sus labios y el interior de esa boca deseosa y deseable.
Por frecuentar este sitio y no me quedan dudas que lo frecuenta, ya que el dueño-mozo, le sugirió el plato y la saludó con familiaridad, es seguro que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurra en los límites de la marginalidad, su profesión se me ocurre, una prostituta retirada.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ella comenzó a escudriñar su pequeña y desvencijada cartera, extrajo de ella, no sin dificultad un objeto redondo de unos 8 centímetros de diámetro, lo sostenía en sus manos tensamente, sin dejarme observarlo, pensé para mis adentros, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días, pero no era ningún pastillero, lo sostuvo con firmeza con su mano derecha y con la izquierda lo abrió presurosa, por más que esta era, una maniobra repetida hasta el hartazgo durante toda su vida, esta vez el objeto escapó de sus manos y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que el objeto era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco presuroso y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber qué explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese momento pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, esa ansiedad porque el reflejo fuese distinto, porque fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Ya no puede pensarla, solo compadecerme del resto de sus días, cómo haría de aquí en más, ya no tenía el espejo, que escondía la secreta esperanza de devolver el pasado, yo ya no podía imaginar cómo esa mujer podría continuar.¿ Aferrada, a qué? ¿A qué ilusión? Desde ese momento hasta el final, no hay modo de generar una esperanza, no hay forma de iluminar el camino, lo que si es seguro, serán siete, siete años de mala suerte.-
Encuentros y Desencuentros
Cuando la vio apuró sus manos entre los bolsillos, buscando algo y en solo medio segundo, sintió que el sudor se apoderaba de su piel, sobre la mesa encontró el atado de cigarrillos y encendió uno de ellos, esto pareció calmarlo y entregarle un aire de seguridad y misterio a su persona, rozó con la yema de sus dedos su profusa cabellera y le sonrió.
Los ojos de Valeria, se clavaron por un instante en los suyos, la implosión fue instantánea, el mar en sus ojos, y la inquietante tempestad en su mirada, hicieron temblar hasta la última gota de sangre en sus venas, le dio un beso en la mejilla sintiendo la tibieza de su piel, luego saludó a la amiga de ella, y las dos se sentaron a la mesa.
Valeria, la chica de ojos azules, comenzó con su presentación y la de su amiga Andrea. Pronunció una seguidilla de frases que parecieron profundas y sentidas, pero el cerebro de Pablo, estaba aún muy aturdido por el vendaval del hormonas en circulación, en está ocasión no la escuchó, se limitó a cruzar su mirada desviándola cada vez que se encontraba con los ojos de ella en el éter, pero transmitiendo su mensaje clara e indubitablemente.
Luego de las despedidas caminó solo hasta su casa, la casa de sus padres, el aire tenía otro perfume esa noche, ingresaba lento y profundo, como queriendo colmar hasta el último de los rincones de su pecho, no fumó durante el trayecto, observó el cielo, atrapando para sí, el intrépido coqueteo de las nubes con la luna.
No pronunció palabra, ni siquiera cuando saludó a su perro, el Tony, con quien hasta hace solo unos años compartía imaginarios viajes a la selva, el desierto o el espacio, adoptando Tony las más variadas personalidades y hasta llegar a convertirse en el malvado esperpento intergaláctico que sometía con sus feroces aullidos a la comunidad de planetas.
Introdujo la llave en la cerradura con precisión quirúrgica, no encendió ninguna luz, tampoco comió nada, ni siquiera fue al baño, no quería encontrarse con nadie, no quería hablar con nadie, la casa estaba en penumbras, ya todos se habían rendido a la eternidad.
Pablo se sentó en su cama y con movimientos sigilosos se quitó la ropa, dejó los cigarrillos y las llaves sobre el escritorio, tuvo suerte que no rodaran por el piso, el escritorio estaba repleto de libros y apuntes, todo estaba sumamente desordenado, corrió suavemente las sábanas y se acostó, con la mirada fija en el techo.
En la profunda oscuridad podía ver múltiples escenas repetidas vertiginosamente de su fugaz encuentro con Valeria.
Repasó una y otra vez, lo que le había pasado hace tan solo unos instantes, y el recuerdo fue como un film que avanzaba y retrocedía vertiginosamente en su mente, podía afirmar que sus miradas se habían cruzado cinco veces, en las dos primeras fue ella quien sostuvo más tiempo la mirada y el las dos siguientes fue el quien lo hizo, pero en la última, porque siempre tiene que ser en la última, Pablo noto como su Valeria se sonrojaba, ella bajó súbitamente la mirada y volvió a clavar esos ojazos azules en los suyos, está vez fue él quien se ruborizó y apuró sus labios para aspirar con fuerza el cigarrillo que colgaba de su mano derecha, el redoblante dentro de su pecho volvía a sonar con solo recordar ese instante, estaba seguro que había conexión y una muy fuerte.
Quiso cerrar los ojos, la oscuridad reinante lo enceguecía, para recordar cada detalle de su rostro, el suave calor que emanaba de la mejilla de Valeria al saludarlo, era un dato revelador, absolutamente auspicioso, qué otro motivo hubiese ocasionado ese rubor sino su presencia, pero pensó también que podría ser que fuese tímida y por eso se había sonrojado, también por eso bajó la mirada, pero estos pensamientos eran impropios para él, sabía y vaya a saber si lo sabía, que conversar con él aunque fuese él, con él mismo, era algo encantador, terriblemente ensoñador, aunque a veces, pero solo de vez en cuando, algo le sucedía y ya no podía soportarse .Jamás comprendió porque sus padres no le prestaban nunca atención, ni se sentían conmovidos por su hijo, y por cierto que Pablo era un buen hijo, nunca se metía en graves problemas, en la escuela iba de perlas, era admirado por sus amigos, pero en esos momentos en los que estaba solo, tan solo, él únicamente quería morir, sucumbir, desaparecer, alejarse o también erigirse en héroe, esto era realmente placentero y si tenía que morir como un héroe, todos le recordarían y lo tendrían siempre presente, formaría parte de su familia.
Si bien pensaba en la muerte, estaba seguro, es más se lo juró así mismo, que le llegaría solo después de haber amado y el aún no había amado, jamás realmente, solo tuvo sexo con Mariana, que se había acostado antes que él, con seis de sus amigos y que por una cerveza con maní y besos era capaz de cualquier cosa, pobre piba sintió lástima por ella cuando luego de amarse le pidió que la abrazara y le cantase una canción de cuna, ella estaba medio chiflada.
Se encendió una luz, seguro era su padre que se levantaba para ir al baño, cerró fuerte los ojos y se hizo el dormido, no quería que su padre lo viese y le preguntase que le pasaba, no lo quería… sin embargo su padre tiró la cadena y fue rápido a acostarse sin siquiera percatarse que su hijo había vuelto a casa.
Pablo abrió sus ojos y por suerte era nuevamente, todo oscuridad, todo noche.
Su mente tomó fuerza para enviar un mensaje telepático a Valeria, su cerebro estaba diciendo, pensá en mí, pensá en mí, por favor pensá en mí.
Pablo intentó dormir pero no podía, su corazón latía fuerte y acelerado, su mente no podía desprenderse del recuerdo de su chica, porque sería suya, esto sin duda sería de ese modo, seguramente ella en este instante estaría al igual que él, desvelada soñando despierta, imaginándolo muy cerca, se vería apretada contra su pecho, solo escuchando el latir de su corazón.
Siguió revisando internamente todo lo acontecido aquella maravillosa e inolvidable noche, y a cada paso encontraba pistas que le indicaban que Valeria estaba perdidamente enamorada de él, si de él, de ese muchacho de pelo largo y ensortijado, ese joven tímido y parco, tan parco como la luna y tan tímido como su sangre, sintió deseos de fumar, ya iba por el segundo atado, pero se contuvo el olor podría despertar a sus padres y si algo no quería era que le preguntasen qué le pasaba.
No podía dejar de pensar en ella, ni evitar que su sexo se pusiese terriblemente rígido, su corazón no paraba de dar brincos, con este combo parecía que dormir se tornaría imposible, nuevamente pensamientos impropios se apoderaron de su sentir, y si Valeria no sintiese lo mismo, eso destrozaría su alma, sería un dolor terrible, tan terrible.
Esto no sería así, el ya estaba seguro que la amaba y ella correspondería su amor, la evidencia estaba en esa noche y en sus recuerdos.
La noche se hizo en sus ojos y la oscuridad cerró el círculo, ese mágico círculo que rompemos al nacer.
Los ojos de Valeria, se clavaron por un instante en los suyos, la implosión fue instantánea, el mar en sus ojos, y la inquietante tempestad en su mirada, hicieron temblar hasta la última gota de sangre en sus venas, le dio un beso en la mejilla sintiendo la tibieza de su piel, luego saludó a la amiga de ella, y las dos se sentaron a la mesa.
Valeria, la chica de ojos azules, comenzó con su presentación y la de su amiga Andrea. Pronunció una seguidilla de frases que parecieron profundas y sentidas, pero el cerebro de Pablo, estaba aún muy aturdido por el vendaval del hormonas en circulación, en está ocasión no la escuchó, se limitó a cruzar su mirada desviándola cada vez que se encontraba con los ojos de ella en el éter, pero transmitiendo su mensaje clara e indubitablemente.
Luego de las despedidas caminó solo hasta su casa, la casa de sus padres, el aire tenía otro perfume esa noche, ingresaba lento y profundo, como queriendo colmar hasta el último de los rincones de su pecho, no fumó durante el trayecto, observó el cielo, atrapando para sí, el intrépido coqueteo de las nubes con la luna.
No pronunció palabra, ni siquiera cuando saludó a su perro, el Tony, con quien hasta hace solo unos años compartía imaginarios viajes a la selva, el desierto o el espacio, adoptando Tony las más variadas personalidades y hasta llegar a convertirse en el malvado esperpento intergaláctico que sometía con sus feroces aullidos a la comunidad de planetas.
Introdujo la llave en la cerradura con precisión quirúrgica, no encendió ninguna luz, tampoco comió nada, ni siquiera fue al baño, no quería encontrarse con nadie, no quería hablar con nadie, la casa estaba en penumbras, ya todos se habían rendido a la eternidad.
Pablo se sentó en su cama y con movimientos sigilosos se quitó la ropa, dejó los cigarrillos y las llaves sobre el escritorio, tuvo suerte que no rodaran por el piso, el escritorio estaba repleto de libros y apuntes, todo estaba sumamente desordenado, corrió suavemente las sábanas y se acostó, con la mirada fija en el techo.
En la profunda oscuridad podía ver múltiples escenas repetidas vertiginosamente de su fugaz encuentro con Valeria.
Repasó una y otra vez, lo que le había pasado hace tan solo unos instantes, y el recuerdo fue como un film que avanzaba y retrocedía vertiginosamente en su mente, podía afirmar que sus miradas se habían cruzado cinco veces, en las dos primeras fue ella quien sostuvo más tiempo la mirada y el las dos siguientes fue el quien lo hizo, pero en la última, porque siempre tiene que ser en la última, Pablo noto como su Valeria se sonrojaba, ella bajó súbitamente la mirada y volvió a clavar esos ojazos azules en los suyos, está vez fue él quien se ruborizó y apuró sus labios para aspirar con fuerza el cigarrillo que colgaba de su mano derecha, el redoblante dentro de su pecho volvía a sonar con solo recordar ese instante, estaba seguro que había conexión y una muy fuerte.
Quiso cerrar los ojos, la oscuridad reinante lo enceguecía, para recordar cada detalle de su rostro, el suave calor que emanaba de la mejilla de Valeria al saludarlo, era un dato revelador, absolutamente auspicioso, qué otro motivo hubiese ocasionado ese rubor sino su presencia, pero pensó también que podría ser que fuese tímida y por eso se había sonrojado, también por eso bajó la mirada, pero estos pensamientos eran impropios para él, sabía y vaya a saber si lo sabía, que conversar con él aunque fuese él, con él mismo, era algo encantador, terriblemente ensoñador, aunque a veces, pero solo de vez en cuando, algo le sucedía y ya no podía soportarse .Jamás comprendió porque sus padres no le prestaban nunca atención, ni se sentían conmovidos por su hijo, y por cierto que Pablo era un buen hijo, nunca se metía en graves problemas, en la escuela iba de perlas, era admirado por sus amigos, pero en esos momentos en los que estaba solo, tan solo, él únicamente quería morir, sucumbir, desaparecer, alejarse o también erigirse en héroe, esto era realmente placentero y si tenía que morir como un héroe, todos le recordarían y lo tendrían siempre presente, formaría parte de su familia.
Si bien pensaba en la muerte, estaba seguro, es más se lo juró así mismo, que le llegaría solo después de haber amado y el aún no había amado, jamás realmente, solo tuvo sexo con Mariana, que se había acostado antes que él, con seis de sus amigos y que por una cerveza con maní y besos era capaz de cualquier cosa, pobre piba sintió lástima por ella cuando luego de amarse le pidió que la abrazara y le cantase una canción de cuna, ella estaba medio chiflada.
Se encendió una luz, seguro era su padre que se levantaba para ir al baño, cerró fuerte los ojos y se hizo el dormido, no quería que su padre lo viese y le preguntase que le pasaba, no lo quería… sin embargo su padre tiró la cadena y fue rápido a acostarse sin siquiera percatarse que su hijo había vuelto a casa.
Pablo abrió sus ojos y por suerte era nuevamente, todo oscuridad, todo noche.
Su mente tomó fuerza para enviar un mensaje telepático a Valeria, su cerebro estaba diciendo, pensá en mí, pensá en mí, por favor pensá en mí.
Pablo intentó dormir pero no podía, su corazón latía fuerte y acelerado, su mente no podía desprenderse del recuerdo de su chica, porque sería suya, esto sin duda sería de ese modo, seguramente ella en este instante estaría al igual que él, desvelada soñando despierta, imaginándolo muy cerca, se vería apretada contra su pecho, solo escuchando el latir de su corazón.
Siguió revisando internamente todo lo acontecido aquella maravillosa e inolvidable noche, y a cada paso encontraba pistas que le indicaban que Valeria estaba perdidamente enamorada de él, si de él, de ese muchacho de pelo largo y ensortijado, ese joven tímido y parco, tan parco como la luna y tan tímido como su sangre, sintió deseos de fumar, ya iba por el segundo atado, pero se contuvo el olor podría despertar a sus padres y si algo no quería era que le preguntasen qué le pasaba.
No podía dejar de pensar en ella, ni evitar que su sexo se pusiese terriblemente rígido, su corazón no paraba de dar brincos, con este combo parecía que dormir se tornaría imposible, nuevamente pensamientos impropios se apoderaron de su sentir, y si Valeria no sintiese lo mismo, eso destrozaría su alma, sería un dolor terrible, tan terrible.
Esto no sería así, el ya estaba seguro que la amaba y ella correspondería su amor, la evidencia estaba en esa noche y en sus recuerdos.
La noche se hizo en sus ojos y la oscuridad cerró el círculo, ese mágico círculo que rompemos al nacer.
Dorita
Había una vez ….. , esta es la frase con que cada noche inicio la lectura de algún cuento de hadas para mi pequeña hija, pero en esta oportunidad, solo quiero contarle un pequeño y aislado pasaje en la vida de alguien o mejor dicho de mi percepción sobre un momento en la vida de alguien y de cómo ese alguien me entregó algo, una estela de su energía vital y la forma en que esa energía nos conmueve y genera algo en nosotros.
La protagonista de esta historia podría llamarse sin lugar a dudas Cenicienta, ya que era la encargada de la limpieza de las oficinas donde trabajo, pero en realidad su nombre y mi homenaje es a Dora, Dorita.
Las descripciones tal vez aburran y dispersen la trama del relato, pero esta mujer se merece mínimamente y de mi parte, les entregue, al menos una fotografía mental, un soplo de lo que en algún momento fue su envase vital.
Dorita tendría hoy y digo hoy, ya que hace tres semanas su ser se transformó en sueño, cincuenta y ocho años, tenía una estatura y conformación diminuta, no medía más de un metro y cincuenta y cinco centímetros, con un peso de cincuenta kilogramos, lucía permanentemente bien arreglada con un impecable delantal azul, jamás faltaba la sombra en sus ojos, el delineado y las uñas prolijamente pintadas, (no alcanzo a comprender como hacía para mantener sus uñas de ese modo, ya que me tocó verla metiendo mano en la limpieza a diario), mantenía su pelo corto con un jopo que caía regularmente sobre sus ojos, encargándose ella misma de retirarlo a regulares intervalos, con un ligero ademán, que realzaba la dimensión de sus ojos y la franqueza de su mirada.
La primera vez que conversé con ella, más allá del saludo diario, fue a consecuencia de haberme solicitado formalmente una entrevista a través de mi secretaria, la recuerdo entrando a mi oficina, se notaba que la escena había sido practicada e imaginada en su mente incontables veces antes de atreverse a entrar,
- Discúlpeme Dr. Juan el atrevimiento, pero necesitaba hablarle, le tengo que comunicar que debo aumentar la factura por los servicios de limpieza en un 15%,
- y mire traje acá anotado lo que aumentaron los artículos de limpieza
-Y ve, acá está la factura,
- y también a las personas que trabajan conmigo, salió un aumento del gobierno
Recién en ese instante tragó saliva, respiró y se preparaba para proseguir, a una velocidad frenética
Siguió hablando, la interrumpí,
Dije – Dorita, está bien, no tenés que convencerme de nada, yo voy al supermercado a hacer las compras y se que las cosas aumentan
Dijo- si y, también los sueldos, yo absorbí el aumento de los sueldos de los chicos, pero ya no puedo más, se da cuenta
Dije – Ya está Dorita, no hay problema, lo que planteás es lógico y está dentro de mis atribuciones poder decidir sobre ello.
Dijo – Hay Dr. Juan (suspiró aliviada) no sabe cuanto se lo agradezco, es que sino no iba a poder seguir más.
Dije – Dorita no tenés nada que agradecerme, lo que me planteas me parece correcto.
Mi relación con ella siguió como siempre, solo con el agregado de comentarios adicionales durante el saludo, pero todos ellos de forma.
Al cabo de unos años…..
Me pidió Dorita que quería tener una reunión con vos, si puede ser esta tarde- dijo mi secretaria
Que carajo le pasa, ahora ? , tengo una de kilombos –dije
Me parece que quiere renunciar- dijo mi secretaria
Bue, decile que venga esta tarde- dije
El tema de la limpieza de la oficina era minúsculo y no debía, perder demasiado tiempo en ello, en realidad, no se me ocurría porque demonios, abandonaría el trabajo, esa mujer.
Al llegar la tarde, observé como Dorita entró a mi oficina, esta vez estaba tranquila, y su lenguaje corporal mostraba síntomas de alguien que se encuentra relajado.
Cómo le va Dr. Juan, se que Adriana ya algo le comentó – dijo
Es verdad, lo que no entiendo es por qué te querés ir Dorita –dije
Sabe lo que pasa Dr. Juan, es que el Sr. Guillermo se queja permanentemente de nuestro trabajo, que mis chicos se sirven un café de la máquina expendedora, que ese café lo paga él, y ahora me dijo “a través de Adriana” que no venga más Ramón, el muchacho gordito que trabaja conmigo, por su aspecto y porque tiene un arito, Ud. se da cuenta!!!, Ud. sabe que la gente que hace este trabajo no es porque le gusta, sino porque no le queda otra, y no es fácil conseguir gente de confianza y que trabaje, además yo mucho no puedo pagarles – dijo
Pero Dorita quedate tranquila, lo de Guillermo, yo lo manejo, el es así, hay que aguantarlo porque es el dueño, pero en el fondo no es malo – le dije
Dr. Juan ud. sabe todo lo que nosotros hicimos en el momento de las reformas de la oficina, trabajamos por las noches, en la madrugada y jamás vine a reclamarle un centavo extra y sabe que lo hice por Ud- dijo Dorita.
Bueno, Dorita, no hay problema yo quiero que sigas y Ramoncito también, me parece un buen pibe, yo lo hablo con Guillermo, y él no se va a animar a tener un problema conmigo por esto, de eso estoy seguro, quedate tranquila que, yo me encargo – le dije
Yo se lo agradezco Dr. Juan pero yo, tengo dignidad, mi empresita es muy pequeña, pero en ella, elijo a mis empleados, y con el resto de los clientes que tengo me las puedo arreglar para seguirle pagando el sueldo a mis chicos, pero no es justo que no se valore jamás lo que nosotros hacemos, recuerda cuando se olvidaron un fajo de billetes sobre un escritorio, personalmente llamé a la casa del Sr. Guillermo para avisarle, jamás faltó nada y el trabajo me parece que siempre se hizo bien, entonces que me quieran decir a quien debo contratar o a quien no, y que mis chicos se toman un café de más, me hace mal, yo se que Ud. me va a entender, Por Qué Ud. es pueblo, yo se que Ud es pueblo – me dijo
El brillo en sus ojos mostraba que sus lágrimas, estaban retenidas aun y solo lo estarían por un instante.
Puedo encender un cigarrillo – me consultó
Por supuesto Dorita, puedo hacer algo para que cambies de opinión? – le pregunté
No, pero gracias, gracias por ser pueblo y adiós – dijo
Se retiró sin dejarme ver como las lágrimas se derretían en sus mejillas.
Tomé mi portafolios, salí de la oficina y comencé a caminar rumbo a la cochera, algo había retumbado en mi interior, esa frase, cómo pudo saberlo?, Si me esforcé tanto en ocultarlo, durante tanto tiempo, hasta adopte las formas y el lenguaje de los patrones, jugué sus juegos, viví sus rutinas, escupí casi todas sus frases darwinianas, solo para escaparme, para no sentir el dolor y la desazón de la derrota. Sin embargo esa simple mujer me había desenmascarado, había llegado a lo más oculto de mi conciencia.
Subí al auto sin poder dejar de pensar, en que había fallado, seguramente algo se estaba escapando de mi control y eso no debía pasar.
Luego de transcurrido un tiempo, logré que la empresa de Dorita, realizase las tareas de desinfección, era un trabajo nocturno, las facturas y el pago estaban a mi cargo.
En cambio, no pude seguir jugando juegos, viviendo rutinas y proclamando frases gorilas, el haber sido descubierto me quitó el oprobioso peso del engaño, me permitió reencontrarme y poder comenzar a elegir, preferí arriesgarme a sentir el dolor y la desazón de la derrota, preferí sentir.
No creo que Dorita jamás haya imaginado, la influencia de sus palabras en mi persona, ni siquiera se en realidad que intentó decirme en aquella oportunidad.
Mientras estuve de vacaciones, le dejó un recado a mi secretaria, en el cual pedía disculpas por no poder seguir efectuando las tareas de desinfección, dado que no se encontraba bien de salud y los productos que se utilizan para desinfectar, podrían afectar negativamente su deteriorada salud.
Dorita estuvo internada durante un mes y en ese breve lapso, su diminuto cuerpo no alcanzó a soportar un nuevo solsticio, solo compartió un par de momentos en mi vida, los suficientes para dejar una marca imborrable, los suficientes para permitirme repensarme nuevamente.
Casi no la conocí y jamás veré siquiera su sepultura, pero a pesar de ello, se puede ver como en mis mejillas se derriten las lágrimas, esas mismas que un día ocultó de mi, al momento de entregarme su más preciado regalo, su dignidad.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Abdel Samad
Sus ojos estallaron en la pantalla, lo que acababa de leer no podía ser cierto, estaba aturdido, asombrado era un hombre arrasado, pero estaba feliz.
Repasó mentalmente los números y los anotó en su computador personal, no había error, los neutrinos viajan una distancia de 730 km. en 60 nanosegundos menos que la velocidad de la luz, se dibujaron en su mente cientos de fórmulas e hipótesis, se sintió desequilibrado.
Buscó consuelo en la opinión de sus colegas, sin embargo todos estaban tan felices por el descubrimiento, que nadie reparó en lo que estaba sucediendo, habían sido muchos años de estudio y también de esfuerzo por comprender cabalmente a A. Einstein y sus teorías, sin embargo en este momento y sin más, todo ello, fue arrojado por la borda.
Apenas transcurrieron quince minutos y se encendió la pantalla de tele-conferencias, estaban todos conectados desde sus computadoras, hasta Stephen Hawking con su voz metálica, luego de un largo conciliábulo al que no pudo prestar su total atención, se les solicito a los científicos integrantes del proyecto que mantuviesen prudencia a la hora de hacer público el descubrimiento, la ruptura del paradigma instaurado por la teoría de la relatividad, podría generar acontecimientos insospechados.
Su mente estaba algo alterada, no podía hacer otra cosa que pensar e imaginar.
Los días que siguieron al descubrimiento fueron realmente de un ritmo febril y trasnochado, se internó en su oficina y no paró de trabajar.
Al tercer día y luego de intentar llamar su atención por todos los medios, Bob Stingler “ el golden boy de la Universidad de Oxford”, tomó a Glenn Morson por sus hombros y lo sacudió firmemente a lo largo de diez minutos, Glenn lo miró y se enfocó en él.
Ey, amigo que te sucede, me estás asustando- gritó Bob
Glenn miró a su jefe, intentó explicarle todo, pero Bob no podía escucharlo.
Bob tomó su teléfono y ordenó- que envíen al Dr. Adams, Glenn no se encuentra nada bien y que sea urgente, se escuchó por el auricular una voz preocupada consultar, Qué pasó, Bob?
Te dije urgente, imbécil – dijo Bob
Bob pensó, cómo ese marica podía ser su asistente?, y cómo él había aceptado la sugerencia del comité para admitirlo?
El joven, al teléfono, provenía de una Universidad del Tercer Mundo, había obtenido su diploma en física con honores, pero según Bob, no era capaz de cumplir una simple orden sin cuestionarlo.
Bob, volvió la vista sobre Glenn, que lo seguía mirando con ojos de muerto, y sintió curiosidad, lo movió junto con su sillón del escritorio, y comenzó a hurgar en su computadora y anotaciones, si bien Bob, era un físico brillantísimo, los desarrollos matemáticos de Glenn eran lo suficientemente complejos como para seguirlos e interpretarlos velozmente, guardó los archivos y se los envió por mail a su casilla, miró a Glenn, y vió que su mandíbula también estaba desencajada, se tomó diez segundos para meditar y luego borró los archivos del computador de su empleado.
Siguió observando y encontró, que en algún momento Glenn, había dejado de usar el computador y se había puesto a escribir, el resultado estaba volcado en palabras, ya no en símbolos matemáticos, al principio descifrables como “la velocidad de la luz no es una constante, entonces si la velocidad de la luz no es una constante, las dimensiones no son cuatro, y si las dimensiones no son cuatro…….a e i o u ,” luego se había transformado todo en ininteligible, letras unidas sin sentido y algunos dibujos, que Bob consideró patéticos, se asemejaban a dos conjuntos unidos, pero dos conjuntos sin límite, no comprendió jamás como esos garabatos hubiesen podido sugerirle algo semejante, entonces tomó el papel y lo arrojó al cesto de la basura.
Se escuchó el intentó vano del Dr. Adams por abrir la puerta, Bob se dirigió raudo y la abrió.
Que pasó, Bob – Dijo el Dr. Adams
No lo sé John, me informaron que hace dos días que no se mueve de la oficina, no bebió agua, ni comió y no responde- dijo Bob
El Dr. John Adams examinó a Glenn exhaustivamente, comprobó que sus reflejos eran nulos, no respondía a los estímulos visuales ni auditivos, su pulso era sumamente débil pero acompasado al igual que su respiración.
El joven Abdel Samad se coló entre unos pocos curiosos que habían obstaculizado la entrada de la oficina, apenas lo detectó Bob vociferó, esto no es una reunión social, diríjanse a sus puestos de trabajo.
Por favor, es un amigo –dijo Abdel Samad.
Bob pensó, éste árabe y Glenn deben ser amantes, los dos tenían pinta de maricones.
Si no abandonas la oficina estás despedido-dijo Bob
Abdel Samad permaneció en su lugar y preguntó al Dr. Adams si podía ayudar en algo.
No gracias, -contestó John y pensó como un energúmeno como Bob, pudo haber sido designado para reemplazar a Stephen Hawking, en la dirección del proyecto.
En ese momento Glenn, movió los labios, realizó un gran esfuerzo para volver, fue como volver a entrar al útero materno y pronunció en lenguaje humano “El tiempo, no existe, es una invención humana”, y sus ojos se volvieron a morir.
El doctor Adams, intentó vanamente volverlo a la conciencia.
Bob trató de recordar los desarrollos matemáticos de Glenn, que él había transmitido a su casilla de correo electrónico.
Abdel Samad recordó los cuentos persas que le contaba su bisabuelo, del cual saco su nombre.
Llegó una ambulancia, que cargo con el cuerpo de Glenn, para llevarlo a un Hospital.
Pasado un tiempo el Dr. Adams siguió trabajando como médico a cargo, en el proyecto.
Bob presentó a la Sociedad Científica Mundial una Teoría que le dió fama y reconocimiento inmediato, llegando a ser considerado la mente mas brillante de la humanidad, aunque son muy pocos quienes pueden comprender sus enunciados teóricos.
Abdel Samad fue despedido del proyecto y se dice volvió a Irán, en busca de algo que seguramente encontrará algún día.
Glenn Morson se encuentra internado en un neuropsiquiátrico, su humanidad está arrasada, pero Glenn, es un hombre feliz, es un hombre sin tiempo.-
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