jueves, 20 de octubre de 2011

Una Mujer

Ciudad, asfalto, cemento y gente, muchísima gente, todos juntos, apiñados, superpuestos y eclipsados. El cielo se transformó en un caleidoscopio, que se escabulle a nuestros ojos, pero que quedo fijo en nuestras miradas. Las nubes recortan esperanzas haciendo más gris el paisaje y en ese lugar en el mundo estaba Ella, con la respiración agitada, las artes de madre, ama de casa y trabajadora, atrapaban el aire que ingresaba en sus pulmones y su cuerpo arrojaba en cortas y rítmicas bocanadas de hastío. Cambió los pañales de su pequeña, la escuchó llorar y de inmediato reír, la entalcó, bebió para si el néctar de la inconciencia, la saciedad plena que le regaló su niñita, la abrazó y quiso contarle, quería advertirle pero sabía que jamás la comprendería, por lo menos no ahora, sin embargo a ella también le llegaría su momento, era algo que Ella no podía evitar, ni evitarle. -Carlos, podés apurarte, por favor –Le gritó a su marido -Ya va, che, me estoy anudando la corbata- Le respondió él. - Será posible, todos los días la misma historia, Por qué no te levantas cinco minutos antes? , cuando voy a buscar a Cande, su Seño, se queja conmigo que siempre llega tarde- Le dijo, reclamándole. -Cuando será el día que te dejes de romperme las pelotas –Le contestó Carlos en el mismo tono. Carlos sujetó por los brazos a Candela, la besó y unieron sus narices en una especie de beso esquimal, recibió la mochila de manos de su esposa, apoyó su boca fugazmente sobre los labios de Ella y se despidió hasta la noche. La puerta se cerró sonoramente, no sin antes dejar que las miradas de madre e hija, conversaran mudamente en el aire, tratando de llenar con significados aquellos vacíos que jamás serán completados. Una lágrima provocó el deshielo de sus ojos. No tenía tiempo para perder, debía tender las camas, guardar su vianda en el tupperware, salir a colgar la ropa al balcón, ir corriendo hacia su trabajo, quería salir al balcón!! Le costó bastante rotar el colchón de su cama, estaba bastante pesado, y si bien tenía tan solo un año y nueve meses, ya mostraba algunos resortes queriéndose escapar de su banda de contención, recordó que cuando niña, las cosas duraban mucho más y en estos tiempos, todo era terriblemente efímero. Recogió del piso un calzoncillo de su marido y expectoró – Hijo de puta y después decís que soy una rompebolas, ah!!! Entró en la habitación de Candela, ordenó sus juguetes, miró sus fotos, se estremeció, pero ya le había pasado esto antes, sabía que tenía que salir al balcón, esa niña, su niña, la comprendería, no ahora, pero si en el futuro, al fin y al cabo ella también era una mujer. El fuentón verde estaba allí, esperando que sacase la ropa de la máquina de lavar, y la llevase a visitar el sol, ese sol que en este día, ya casi no se asomaba a su balcón. Abrió la ventana que comunicaba el lavadero con el balcón, un aire fresco y penetrante invadió todo su ser, a pesar del fuerte smog del ambiente, ese aire parecía contener más oxígeno, tanto, que llegaba nítido e inconfundible a lo más profundo de su alma. Ella se sonrojó, bajo su mirada y comenzó a colgar la ropa en el tender, con esmero colocó las batitas de Candela en los bordes exteriores del tender, así recibirían más aire y luz, no era ese el modo de tender la ropa que su madre le había inculcado, pero Ella sabía que era lo mejor para la vida de su hija, no quería que Candela repitiese su historia. Intentó concentrarse en su tarea, pero su corazón bramaba, levantó su mirada y lo vio, allí estaba él, siempre estaba, ahí nomás, cruzando la calle, sus miradas se conectaron, ella vió como el hombre la desnudaba con su mirada, él siempre estaba observándola, en todo momento estaba pendiente de ella y de sus movimientos, sus facciones, su vida. Lo vió por primera vez, hace exactamente cuarenta días, y el hechizo se consumó ni bien lo observó, y ella sintió como él también la miraba, los ojos de él siempre iluminados, eran ojos que proyectaban deseos, ilusiones, pero por sobre todas las cosas eran una fuente de emociones nuevas. En ese momento comenzó todo, primero fueron las salidas esporádicas al balcón con cualquier excusa, pero cuando pudo comprobar que él siempre estaba allí, esperando verla, pronto a seducirla a cada instante, comprendió que el deseo era mutuo, con cada visita al balcón, lo examinaba con mayor detenimiento, su vestimenta era de primera, lucía un rolex de oro en su muñeca izquierda, aunque parecía estar roto, ya que siempre daba la misma hora, su perfume era Pisco Channel, el más caro del mercado. El no cesaba de mirarla, de halagarla, todo su cuerpo en sintonía era una obra de arte, que se ofrecía entero para ella, no comprendía del todo porque semejante hombre fue a fijarse en ella, justamente en ella, pero en realidad eso no le interesó mucho, ya era hora de comenzar a disfrutar algo por si misma, no por lo que indican las convenciones sociales. Ese día estaba dispuesta a todo, abandonaría a Carlos y huiría con ese hombre, viviría aventuras, no tendría que limpiar, lavar, planchar, cocinar, trabajar para recibir un salario inferior al de su marido, por hacer lo mismo, al pensarlo su cuerpo estallaba, sin embargo el recuerdo de Candela se transformaba en un ancla poderosísima. Carlos era un padre ejemplar, pero se parecía muy poco a aquel muchacho que la había enamorado una mañana de primavera, para quitarle el aliento, ese pibe que le sacudía el alma, él fue su primer y gran amor, hizo temblar toda su estructura, pero después, llegó Candela, el casamiento para dejar conforme a su madre, el trabajo, la rutina, el adiós a los sueños, el hartazgo. Volvió a mirar a ese hombre y su cuerpo se afiebró, su sexo se humedeció, hacía tanto tiempo que no le ocurría esto. Estaba decidido lo haría, comenzó a llover, salió rauda al balcón, tenía que recoger la ropa tendida, cuando lo miró, vió que en su mirada algo se apagó, su cuerpo había perdido brillo, pensó en Candela, pero decidió seguir adelante. Rápidamente dejó la ropa frente a la estufa, tomó su cartera, su vianda y bajó por el ascensor, ni bien transpuso la puerta de calle pudo observar, como dos obreros trabajaban en el cartel de perfume Pisco Channel, el agua de lluvia le había provocado un cortocircuito dejándolo sin energía. Partió rumbo a su empleo, la esperaba un nuevo día.

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