martes, 11 de octubre de 2011

Cazador de Fuegos

No sé muy bien por qué, pero si sé, que la atracción que causan en mi, los pequeños y mugrosos bares cercanos a las estaciones de tren, se transforma en irresistible, es tentación en su estado puro, los personajes que habitan estos lugares, en un instante absoluto de tiempo, generan en mí, un incomprensible deseo de conocerlos, para capturar un momento de sus vidas y de la mía.
Era avanzada la mañana, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, nunca es bueno llegar demasiado temprano.
Esos veinte minutos se transformaron en la excusa ideal para beber un café en algún bar cercano a la terminal de trenes.
Caminé animadamente esperando encontrar algún sitio donde anclar mi barco, los primeros bares que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente, limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar muy ordenadas, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes, que mantenían desinformados a sus parroquianos, que vaya a saber porque, los escudriñaban a intervalos fijos, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, que solo les mostraban una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que muestra aquello que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos adelante observe el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, sin que mi mente tuviese que dirigir mis piernas, ellas solas se orientaron y avanzaron con premura hacia aquella dirección, con el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis veinte minutos restantes.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
- Buen día -dijo
- Buen día, me traes un agua saborizada, de manzana- dije
- Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró un agua de la heladera, que por cierto y buena fortuna se encontraba apagada,(la temperatura ambiente era bastante fresca), y la repaso con un trapo rejilla, tomo de la vasera un nautilus de 270 cc. y repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el desagrado que causaba en mí tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, sin embargo yo, era conciente cual es el precio que se debe pagar por introducirme en ese mundo tan mágico y trágico, cuya asonancia es perfecta.
- Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
- Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero presurosamente, la pasé por la boca del vaso, estrujando y abollando el papel con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad y solo bebí, un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, dos transeúntes entraron al boliche, se ubicaron a mi espalda, esto no evitó que los imaginara, sin diferir mucho mi apreciación de la realidad, ya que al sentarse pidieron una cerveza fría, faltaban veinte minutos para las diez y media, algunas risotadas y una conversación casi inentendible, tal vez por el temblor de maxilares, acompañaban el cuadro. Siempre quise comprender, porque mecanismo, solo los observo y los imagino, no puedo quebrar esa imaginaria barrera que nos separa y a la vez nos hermana.
El dueño-mozo, les sirvió la cerveza y la cobró en el momento, hecho que no causó ningún malestar ni reproche por parte de nuestros dos invitados, quienes siguieron conversando animadamente, el tema de la charla se me hacía difuso, pero creo se centraba en una relación amorosa correspondida a medias, el relato tenía tantas dispersiones que me imposibilitaba seguir el hilo, sobre todo entender el dialecto especial que utilizaban, intenté visualizarlos por el espejo (que estaba frente a mi mesa en una columna, en la cual se veían rastros de humedad sin poder ser disimulados por el espejo), este excepcional objeto, que nos devuelve figuras vacías, luego de recibir volcanes de lava y desiertos de hielo, pero fue en ese preciso instante que la ví.
Ella capturó inmediatamente mi atención. Esa mujer entraba en el bar, meciéndose desequilibradamente ante cada paso, traía puesto un abrigo que en algún tiempo debe haber sido de piel natural y debe haber despertado la envidia de las mujeres que la veían envuelta en semejantes ropajes, justo a ella, si justo a ella.
Supuse en ese momento, que la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, esforzadamente logró tomar asiento, a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño para caballeros.
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
Imposible no soñar su vida, o su media vida, desde mi posición solo veía su perfil.
Ese tapado de pieles, invitaba al despegue imaginario, su condición harapienta ocultaba sin dudas un pasado cuasi glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores y tal vez el tapado sea un regalo de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.
Ella seguramente lo recordaría y esos recuerdos son los del despertar de cada mañana, y la ilusión, pequeña, diminuta y difusa que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche y luego esconderla dentro de su boca, ya casi desecha, por los movimientos de su rostro no debía tener muchos dientes, sin embargo en otros tiempos, su mandíbula se agitaba, se abría y cerraba, junto con una larga carcajada que dejaba contemplar la belleza de sus labios y el interior de esa boca deseosa y deseable.
Por frecuentar este sitio y no me quedan dudas que lo frecuenta, ya que el dueño-mozo, le sugirió el plato y la saludó con familiaridad, es seguro que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurra en los límites de la marginalidad, su profesión se me ocurre, una prostituta retirada.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ella comenzó a escudriñar su pequeña y desvencijada cartera, extrajo de ella, no sin dificultad un objeto redondo de unos 8 centímetros de diámetro, lo sostenía en sus manos tensamente, sin dejarme observarlo, pensé para mis adentros, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días, pero no era ningún pastillero, lo sostuvo con firmeza con su mano derecha y con la izquierda lo abrió presurosa, por más que esta era, una maniobra repetida hasta el hartazgo durante toda su vida, esta vez el objeto escapó de sus manos y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que el objeto era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco presuroso y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber qué explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese momento pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, esa ansiedad porque el reflejo fuese distinto, porque fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Ya no puede pensarla, solo compadecerme del resto de sus días, cómo haría de aquí en más, ya no tenía el espejo, que escondía la secreta esperanza de devolver el pasado, yo ya no podía imaginar cómo esa mujer podría continuar.¿ Aferrada, a qué? ¿A qué ilusión? Desde ese momento hasta el final, no hay modo de generar una esperanza, no hay forma de iluminar el camino, lo que si es seguro, serán siete, siete años de mala suerte.-

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