miércoles, 26 de octubre de 2011

El Fletero

El sol castigaba implacable su reino, azotaba fieles e infieles por igual, su ira solo encontraba un atisbo de calma, ya bien entrada la luna, cuando hubo freído sueños e ilusiones sin clemencia, ni piedad, después de incendiar y arrasar, durante más de diez horas, este insignificante punto del globo. Eran las 13:30 PM y Juan continuaba cargando la furgoneta. Qué haces Juan, todavía acá? Dijo el pibe Si, llegué hace un rato, esta mañana se me rompió el alternador y casi tengo que suspender el viaje – dijo Juan Che, que cagada y eso que la chata es bastante nueva – Dijo el pibe Que se le va a hacer, nene, será el destino, Podrías darme una mano, no? - Dijo Juan Si claro!! ...., otro día nos vemos, master – dijo el pibe El pibe se metió dentro del negocio, que por cierto tenía aire acondicionado y dejó a Juan cargando las últimas cajas, ya en el asiento del acompañante de su camioneta. Juan lo miró y recordó cuando él mismo, cumplía las funciones de cadete y jamás nadie tuvo que insinuarle siquiera que lo ayudase, él lo hubiese hecho sin más, pero los pibes de hoy, no tienen respeto, ni afán por nada, todo les cae igual, ninguno se esmera, ni esfuerza en progresar, sobre todo estos pibes, y pensar que, en ocasión de su viaje anterior él mocoso, se atrevió a pedirle una propina, que tupé. Juan giró la llave de encendido y tuvo que repetir, tres veces la operación, parecía que el burro o el alternador, habían girado en falso, pero finalmente arrancó, atravesó las calles poceadas, el tránsito hacía que su adrenalina fluyera, como los eternos manantiales de Yellowstone, hirviendo su corazón y su cerebro. Juan puso primera y avanzó veinte o treinta metros, semáforo, congestión, calor insoportable, un niño de diez o tal vez doce años, era difícil precisar la edad, sobretodo en esos pequeños que hubieron sufrido algún trastorno alimenticio en su más temprana edad, se acercó para limpiarle el parabrisas de la chata.. No, nene gracias – dijo Juan Una moneda, maestro – dijo el niño No tengo nene, mañana te doy –dijo Juan El niño siguió eludiendo autos y cargando su aliento de excusas que hieren y que serán aquellas que en el futuro, nadie entenderá, ni recordará, especialmente aquellos que las infringieron, quienes sin lugar a duda exigirán la pena capital, para el mensajero que nos muestra la infamia, serán esas llagas en su alma, las que transformen su piel en piel de elefante y su mirada en presente rabioso e incontrolable. Juan se mostró satisfecho, no tuvo que desembolsar monedas que le eran necesarias para pagar el peaje de la autopista, aunque el día anterior le había tenido que dar dos pesos, a uno de los chicos más grandes, esos si que metían miedo, hasta se paran enfrente de la camioneta sin importarles si son arrollados o no, con tal de tener para el paco, no les importa nada. Su camioneta avanzaba lenta y pegajosa, le hubiese gustado tener aire acondicionado, pero para tener aire, hubiese sido necesario tener cinco mil pesos más o una cuota de quinientos pesos adicionales por mes, eso implicaba trabajar dos a tres horas más por día, ya no sería vida, amasijarse por un aire, suficiente progreso significó comprarse la camioneta. Juan estaba orgulloso de sus triunfos, si los triunfos de él. Encendió la radio, la voz seductora y sensual de la locutora, intentó venderle un sommier king size, para dar paso luego a las noticias de la tarde, escuchó al periodista top, le habían otorgado varios premios Martín Fierro, comenzó como siempre haciendo un análisis de la situación económica del país, le demostró a Juan y al resto de sus oyentes, cómo las políticas sociales del gobierno, lo único que generaban eran vagos, y de la más baja calaña, Juan asentía con su cabeza, es más por la mañana con el desayuno, antes del infortunado incidente del arranque de la camioneta, vio por el noticiero de la televisión, como le regalaban casas a “esa gente” si se la puede llamar “gente”, y mientras esos individuos cuyo único mérito era ser pobres, desesperanzados, abandonados de la mano y el resto de las extremidades de Dios, recibían una casa, él que se deslomaba día tras día y ni siquiera podía comprarse un aire para su camioneta. Tiene razón este “ Santos Biolcatti”, dijo en voz alta y siguió hablando solo. Yo no sé por qué mierda, le regalan de todo a estos villeros putos, y uno que se rompe el culo laburando y nada, la verdad es un país de mierda!!, los del gobierno lo único que quieren es afanar y con estos villeritos se les hace más fácil, que manga de hijos de puta, así los tienen comprados para las votaciones, este Santos tiene razón y por si fuera poco son como Dictadores, les importa poco o nada lo que dicen, todos los entrevistados en la tele y la radio, estos del Gobierno nos van a llevar a la ruina. Sonó otra vez la voz de la locutora, anunciando la firma del convenio colectivo de fleteros, se había logrado un aumento del 28% en el salario básico, apenas terminada la lectura del cable, “Santos” se ocupó de hacerle entender a los oyentes que este aumento generaría más y más inflación. Juan cambió la radio no quería seguir haciéndose mala sangre, con la corruptela de los políticos de turno. Sintió sonar fuerte un silbato, un policía le ordenaba apartarse junto al cordón de la derretida vereda. Qué sucede oficial- consultó Juan en tono amigable Licencia de conducir y seguro del automotor, señor – dijo el agente Qué pasó oficial,- dijo Juan, mientras le entregaba los papeles del vehículo. Pasó la luz en rojo, señor – dijo el agente Aquí tiene oficial, el seguro del vehículo – dijo Juan y deslizó entre sus manos un billete de cincuenta pesos, el agente lo tomó disimuladamente, reconociendo el rito. Que tenga, buenas tardes, -dijo el agente y le devolvió los papeles de la camioneta. Juan sonrió y trago saliva, se fue maldiciendo en voz baja, durante toda la subida a la autopista, ni bien se alejó vociferó a los cuatro vientos, que país de mierda!!!, cuando no es uno es otro, pero todos te cagan. En la autopista el tránsito se hizo más fluido, el aire sofocante, le arrancaba el sudor a su cuerpo, el viaje no se prolongó demasiado, viró en la salida norte de la autopista, la cual terminaba en una angosta y sinuosa calle, repleta de lomos de burro, que costeaba una villa miseria, al avanzar pudo observar como vivían esos “negros”, todos apiñados, los techos y las paredes de chapa y cartón, las veredas repletas de niños jugando, sin entender absolutamente nada de su condición, unas mujeres haciendo cola junto a una canilla para cargar agua, qué vergüenza, cómo vive esta gente, sintió un poco de lástima y luego vergüenza. Descargó la mercadería en el depósito del ruso, el muy taimado jamás fue capaz de pagarle la descarga de los bultos, le entregó la factura a Jacobo y este se la pagó, no sin antes hacerle corregir los kilómetros recorridos. Juan subió a su camioneta, guardo el talonario de facturas y se dispuso a separar la comisión que le cobra la agencia de fletes, en ese momento se dio cuenta que Jacobo le había entregado cien pesos de más, cuando le abonó la factura. Se rió a carcajadas y pensó, yo me lo merezco.

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