martes, 20 de diciembre de 2011

Amores Paganos

El fuego subía por la ventana, bañando su piel con agua de mar, el sopor asesinaba sus sentidos, la cena y el alcohol fueron el preámbulo nocturno del hastío y el rencor que le causaba la noche, ya no recordaba ni su nombre, si es que tenía uno.
La brisa del día luchaba en sus fauces siendo derrotada por la pestilencia de la muerte, la sombra de una cabeza deforme bailoteaba y se agigantaba, apagando las llamas de la mañana, los animales que no conocen de resacas, desplegaban su estruendoso cortejo a la vida, el tercer intento por levantarse fue vano, su cuerpo era un péndulo oscilante.
El tiempo, lleva tiempo para el reconocimiento.
Le costó su vida fijar la mirada, estiró sus huesos mas allá de los límites de su piel, sus ojos vieron su mente, la polución nocturna cercaba su inconsciente.
El horror silencioso lo arrinconaba, tomó con fuerza sus pantorrillas y ahogó el amargo sollozo en sus rodillas.
Porqué no me diste una oportunidad? – gimió su boca masticando agua y sal.
Ella ya no estaba allí, pero todo estaba teñido con su rojo, hasta sus reproches diarios, sus deseos, su aliento.
En algún momento la quiso, pero nunca la amo.
Reprimió sus manos, intentó besar su sexo, diminuto, helado.
La miró y se imaginó asesinándola nuevamente, sintiendo el calor de su sangre en la piel, la liberación de su ser, una y otra vez, su mente gozó, su boca aulló, rió y lloró.
Debió haberla matado antes, su indulgencia, su don de buena gente le jugó la peor partida de su vida, estranguló su dicha, pero peor, le quitó sus sueños.
Pensó en suicidarse, luego en la cárcel.
Sabía era cuestión de tiempo que viniesen a buscarlo, se arrojó al suelo, su cuerpo se embebió en sangre, sus lágrimas diluyeron solo un poco la escena, bramó su angustia, abrazó el cuerpo sin vida, su sexo era deseo, reunió todas sus fuerzas.
La policía a su ingreso en la habitación se encontró con el cuerpo de una mujer asesinada, sangre y dos hombres abrazados, uno sin vida y el otro igual.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Mundial 78

Yo puedo asegurar que a los diez años estaba perdidamente enamorado de una niña, que se sentaba justo en el banco detrás del mío en la clase. Sus ojos azules nublaban los contenidos de matemática, lengua o geografía, que la maestra intentaba inculcarme a fuerza de reprimendas y eran sus ojos, los que desplegaban en mi mente un mundo de sueños y fantasías.
Solo conseguían evadirme un poco de ese mundo ensoñador, los avatares del Mundial 78 de fútbol, que se jugaba en ese momento en mí país, y que tanto en la escuela como también en la televisión y la radio, habían catalogado como un evento único, que muy difícilmente se repitiese en la vida.
Recuerdo el cielo de ese tiempo, siempre atestado de nubes, el frío que se calaba en los huesos y la sensación de querer reír, siempre interrumpida por algún recuerdo.
En esos días la Señorita Rita “mi maestra” o tal vez la Directora o no se quién, tuvo la grandiosa idea, que realizáramos un trabajo práctico grupal, sobre el Mundial de Fútbol y nos dividió en grupos de a cuatro, cuando nombró mi grupo, comencé a creer que mi maestra no era una vieja solterona y amargada, sino una enviada de los ángeles o la aparición milagrosa de uno de ellos en la tierra.
Esa tarde fui el primero en llegar a casa de Silvia, en el camino me crucé con un grupo de soldados armados con fusiles, me dieron pánico, no supe el motivo, ya que hasta hace solo unos años soñaba con ser militar.
Me había peinado una y otra vez, convencí a mi madre para calzarme con los zapatos del domingo, ésta iba a ser mi oportunidad, y no la dejaría pasar por nada, ese era el momento.
Convencí a Silvia, no sin dificultades, ya que ella era una alumna demasiado aplicada, que jugásemos un rato antes que llegara el resto de nuestros compañeros, salimos al patio en común que tenía su vivienda, el mismo era compartido por otros tres apartamentos, nos sentamos justo en el porche del apartamento contiguo al suyo, por un instante tuve miedo que escuchase mi corazón, latía tan fuerte, no podía dejar de mirarla y no me salía una sola palabra, mi mente estaba llena de ellas, pero al momento de pasar a mi boca, se esfumaban ocupando casi toda mi garganta, ya que se me dificultaba enormemente tragar saliva.
Recogí del suelo un chupete rosa….
Debe ser de la bebé, que vive en este apartamento – le dije
No, la semana pasada se los llevaron. Me dijo mi mamá, que debían ser subversivos- me contestó Silvia en voz baja.
Me gustas mucho – le dije, sin pensarlo.
Vos también me gustas – respondió ella.
Querés ser mi novia? – le dije, y ya las palabras fluían de otro modo, masticaban el silencio y lo dominaban, repiqueteaban, danzaban.
No, ni loca, todavía somos muy chicos, para estar de novios.- me dijo, en el mismo momento que llegaba Carla para hacer con nosotros el trabajo práctico.
Un torbellino de sensaciones me inundaba el alma, yo le gustaba y para mí no éramos tan chicos con lo cual aún, la esperanza seguía latente, tal vez en el futuro podría conseguir que fuésemos novios.
A partir de ese día y por un buen tiempo, mi bicicleta recorrió regularmente el vecindario, luego las visitas fueron haciéndose más esporádicas.
Hoy han transcurrido mas de treinta años, y aunque hace poco recuperé el amor, conduzco mi automóvil por esa calle, lo detengo unos minutos y me quedo observando en silencio, esperando encontrar esos latidos desbocados en mi corazón, evocando la ilusión de capturar el momento justo, sabiendo que aunque hoy haya justicia, los recuerdos podrían ser presentes, las ilusiones y sueños realidades y sin embargo, son solo recuerdos.

El día que murió Perón

La mañana avanzaba en sus ojos
Las ilusiones desbordaban sus sentidos
El tiempo parecía eterno y sin tiempo
La magia flotaba en sus labios


Hay quienes me dicen, que memoria!!, como hacés para acordarte de esto o aquello?, en realidad son muchas más las cosas que olvidé y que olvido, que las que recuerdo, pero hay sensaciones que no se por qué motivo, quedan presas en la mente, pero no en cualquier parte del cerebro, sino en aquella región en la cual la ilusión y la realidad se confunden y alcanzan acuerdos simbólicos, que parecieran ser ajenos a mi y sin embargo son tan inflamables que arden ante el menor chispazo, para quemar e iluminar mi tiempo, despertándome como el sol tibio de un domingo en los párpados, susurrándome canciones empujándome a izar las velas, soltar amarras y emprender el viaje, ese que no es ni más ni menos que una versión de bolsillo de la vida.
Esa mañana no fui a la escuela, según dichos de mi madre, “los maestros estaban en huelga, era un kilombo!!, cada cual hacía lo que quería!!, ya no había respeto por nada!!”, recuerdo que esa frase se repitió innumerables veces en mis oídos de aquella época, sin que yo llegara a comprenderla, las letras se dibujaban en mis labios aunque solo mi nombre y apellido eran rehenes de mis manos, el resto de las palabras formaban parte de una etapa previa al código escrito, recuerdo vivamente, la alegría de encontrarme desde horas tempranas con mi fiel amiga una pelota pulpo Nº 3.
En la puerta de casa comenzó a resonar un griterío fenomenal, pero era esa la más maravillosa música para mis oídos, esa que alza el espíritu, lo eleva y enarbola, otra que Beethoven o Bach, se escuchaba……..
Dani, Dani, Dani……. – Toti y Carlitos me llamaban desde la calle al unísono.
Qué quieren? – esa era la voz de mi madre que no tenía un buen día, a juzgar por el tono.
Doña, puede venir el Dani a jugar – Se distinguía la voz de Toti, siempre dispuesto a negociar lo que sea, desde una figurita del ratón Ayala, hasta la rifa de una canasta familiar con productos inexistentes para la compra de las camisetas del equipo, su mirada cómplice y su orfandad conocida por todo el barrio, hacían que sus pedidos siempre llegaran a un final feliz para nosotros.
No chicos, está en penitencia. –Respondió mi madre secamente.
Dele Doña, déjelo, sea buena – Dijo Carlitos
No, mándense a mudar – Respondió mi madre.
Por favor Carmen, el Dani es como un hermano para mí, sin él no podemos jugar y seguro que después se va a portar bien –Dijo Toti
Bue, está bien!! –Dijo mi madre, mientras en su mente se dibujaba la voz quebrada de Azucena suplicando piedad, cuando era arrastrada de los pelos, por un grupo de hombres armados, que ni bien llegaron a la vereda de la casa de Toti, le descargaron como nueve tiros en el alma a su madre, al tiempo que la mía estaba escondida en nuestro patio, abrazando a Toti, y tapándole la boca, los ojos, los oídos, sin que ninguno de nosotros pudiese jamás olvidar el espanto y el horror vivido.
Yo estaba espiando atentamente detrás de la palmera, esperando que las palabras de Toti, tuviesen efecto sobre el malhumor de mi madre, y ni bien escuché el “está bien”, salí despedido y trepé la reja del portón con una velocidad tal, que al caer al suelo, aún Toti no había alcanzado a agradecerle a mi madre.
La pulpito estaba bajo mi suela, lucía un tanto desalineada luego de tanto rebote, tanta patada artera y la hice chocar contra el cordón de la calle construyendo una pared que dejó desairado a Carlitos, Toti en el arco temblaba, le apunté justo por sobre su cabeza y pateé con todas mis fuerzas, esperando el grito de la tribuna y la vuelta olímpica en andas, ser el héroe de la jornada …..
Pelotudo, la tiraste a la casa de la vieja loca – gritó Carlitos.
La culpa es de Toti que no la atajo – dije con poca convicción.
Ahora la vieja nos la devuelve en gajos y si no es ella, es el turro de Josesito – dijo Carlitos.
Mis ojos, llovían. Toti comenzó a pergeñar algo, él no iba a dejar que nos quitasen la pelota así nomás, solo por haber caído en el patio de la casa de doña Ernestina, al fin y al cabo la Isabel era solo su mucama, y Josesito su sobrino.
Toti tocó el timbre, era la única casa del barrio con timbre eléctrico, y apareció doña Isabel…
Que quieren ahora mocosos – dijo la vieja.
Doña por favor nos devuelve la pelota – dijo Toti con su tono de voz más dulce.
Ya les dije.., ni lo sueñen, eso les pasa por ponerse a molestar a la hora de la siesta, no dejan dormir a doña Ernestina con todo su bochinche –dijo Doña Isabel, disfrutando el poder que le confería nuestra pelota en sus manos.
Entonces quiero hablar con doña Ernestina!!! – exclamó Toti con rabia.
Pero mocoso maleducado, que son esas contestaciones, te voy a dar un cachetazo en la trompa que vas a ver – dijo Isabel desquiciada y arrojando la pelota.
La pulpito cayó en las manos de Josesito quién contemplaba sonriente nuestro sufrimiento.
Mis oídos percibían los gritos de doña Isabel, sin embargo mis ojos no podían entender que pasaba, Josesito clavó una cuchilla en mi pelota y una sonrisa iluminó su patético rostro.
Yo no podía parar de llorar, necesitaba auxilio y fui corriendo a casa, mi madre tendría que hacer algo, era mi pelota, con ella jugaba, soñaba, alcanzaría a jugar en el fútbol europeo, como el ratón Ayala y sus botines.
Entré golpeando la puerta, mi madre no me retó, estaba atónita mirando el televisor, le conté lo sucedido con lujo de detalles, no me respondió, vi sus ojos deshacerse y su pecho temblar, entonces miré y escuche la tele ….
Hoy 1º de julio de 1974, ha dejado de existir el Gral. Juan Domingo Perón.

El arrepentido

De la nada, en una conversación intrascendente, me lo dijo.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.

El arrepentido

De la nada, en una conversación intrascendente, me lo dijo.
Tarde algunos minutos en comprender cabalmente lo que estaba escuchando, mi mente se negaba a decodificar los sonidos, no podía ser cierto.
Siguió hablando como si lo que acababa de decir no tuviese importancia o el hecho que yo estuviese bien prendido, significase una adulación hacia mi persona.
Por qué tenía yo que soportar esto ahora?
Por qué?
No pude seguir escuchando su monólogo habitual, contaba instantes de su monótona e intrascendente vida, no había espacio en su relato para nadie, creo ni siquiera para él mismo.
Saludó a sus nietos, lo acompañé hasta a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla y con un “nos vemos pa”.
De él lo podía llegar a comprender, de mi madre jamás.
Me dolieron las entrañas, una fuerte succión absorbió mi cuerpo y mi cabeza se deshizo ante la presión, esto no me puede haber pasado a mí.
Fumé uno y luego otro, hubiese querido huir, hubiera sido mejor no haber nacido.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Las Cuatro Ancianas ( Viejas)

La mediana edad comenzó a pegarme mal, tensión arterial, colesterol, stress y no se cuantas otras cosas, de esas que aparecen en los títulos de las revistas de autoayuda saludable, me asaltaron casi de repente y mi corazón no dejó pasar impávida la angustia del alma, las tomó y me restregó en las narices todos los malditos atados de cigarrillos consumidos, todos los apresuramientos inútiles, los estúpidos desvelos por trepar en la pirámide antisocial, me pegó un buen susto el compañero, pero por suerte, el de arriba, el de abajo, en realidad, el o ella de todos lados, le ofreció una chance más a mi recuerdo vivo.
No me quedó otra opción más que prestarle atención a las indicaciones médicas, modificar mi estilo de no-vida y por lo tanto decidí aumentar mi actividad física, entonces todas las tardes a la salida del trabajo, me dirijo a la estación central de trenes caminando, con lo cual realizó un ejercicio de más o menos, treinta o treinta y cinco minutos y gracias a este hábito logré bajar mi tensión arterial y aumentar el colesterol del bueno, donde ya nadie puede quejarse que no sea un alumno ejemplar en estas lides, de cuidarme la salud. Lo bueno todo este asunto es que desde que comencé con las caminatas encontré algún tiempo para conversar conmigo mismo, hacía largo tiempo que me tenía olvidado, creo que ni me hablaba, casi no tenía memoria de mi existencia, pude conectarme con mi pasado, recorriendo esas calles y despertándome por momentos de la rutina, así logré redescubrir mis pisadas y mis cavilaciones, esas mismas que fueron en otro tiempo tantas veces transitadas y vividas plenamente. Lo interesante de esto y puedo sentenciarlo es que nuestra estructura basal no cambia, solo va dejándose ondear por el viento y los huracanes, pega estirones, retorcijones, pero en definitiva y en el ocaso de nuestra mirada, en el comienzo de la conciencia, es la misma, a veces acurrucada, desvalida, atormentada y otras exultante y arrolladora, pero al final es siempre la misma.
En ese transitar de casi dos y medio kilómetros que separan la central ferroviaria, de mi controlada y funcional estancia en un empleo bien remunerado, las encontré una tarde- noche de invierno, eran cuatro, y estaban dispuestas entorno a una mesa de bar, de no más de 80 x 80, con una furtiva mirada alcancé a percibir, aclaro percibir, dado que no se en realidad, si es cierto o no, cuatro tazas de té y los restos de algunas medialunas.
Lo que si vi en ese instante, fue una mujer, con el pelo de color rojo furioso, una piel hachada pacientemente por los años, la boca hundida y los labios dibujados con un rouge incendiado, era la que se encontraba más cerca de la ventana, pero solo fue eso, un instante, una brevísima atemporalidad capturada y enjaulada para hacerla finita y mortal.
Al día siguiente mis pasos me llevaron en igual sintonía que el día anterior, al mismo lugar y a casi la misma hora, no comprendo cual fue el embrujo que los condujo y en realidad creo que no quiero saberlo, pero observé a las cuatro y pude examinar mas concienzudamente la escena, con seguridad todas vivieron más de ochenta años, el estigma está en sus rostros, la coloración artificial en sus cabellos; y todo el arsenal de maquillajes en sus pieles, pero a esta altura de sus vidas, se les hace imposible disimular con ellos, los avatares del viaje. A través del ventanal cerrado, se veía una amigable charla,…fin de este instante.
El ritual siguió repitiéndose, tarde, tras tarde, cada nuevo día y gracias a ello, me sentía un poco más partícipe de la reunión y a la vez obtenía cada vez más elementos, que se sumaban a mi inadvertida exploración silenciosa y me permitían recrear un escenario imaginario, con el goce supremo de la vida que deberían experimentar estas ancianas, luego de haber consumido casi todo el oxígeno de su cuenta y ya alejadas de los placeres mundanos, mucho más cercanas al umbral de lo infinito.
Su vestimenta era casi siempre la misma, sus miradas indefectiblemente se perdían en el horizonte, línea imaginaria que separa los tiempos del día y la noche.
Me puse a fantasear sobre los recuerdos que convivirían en esa mesa, tan lejanos, pero a la vez tan presentes, como la evocación de una anécdota en común, esa misma que desataría cuatro historias distintas y cuatro sutiles diferencias, sobre un mismo hecho, que en realidad no es más que todos los hechos y todas las miradas posibles de ese único e irrepetible hecho.
Mi curiosidad aumentaba con cada visita, mis latidos se precipitaban al acercarme al bar y mirar por la ventana, esto me generaba un dejo de angustia que arrinconaba mis sentidos, deseosos de contemplar esa imagen repetida, cada tarde, cada día.
Qué hablarían, qué recuerdos y qué ilusiones atraparían sus pensamientos y sus sentimientos, tendrían una familia, alguien o un algo esperándolas, cuanto tiempo valioso, valiosísimo por lo escaso, habrían gastado en maquillarse cada tarde, cada día.
No podía detenerme mucho a observar, ya que perdería el tren de las 18:58. Ese era un buen tren, que combinaba con el colectivo que me llevaba a casa, con mi esposa e hijo, y si llegaba tarde, ellos se preocuparían y desde aquel episodio cardíaco estaban muy atentos a mi persona.
Por fin, llegó el día en que tomé valor y decidí sentarme en la mesa contigua, a mis admiradas ancianas y desde ese privilegiado rincón, me dispuse a escuchar sus relatos, ya no tendría que imaginarlos, estaba en condiciones de testificar con todos mis sentidos, el contenido de aquellas reuniones consuetudinarias y tal vez descubrir, que fue aquello que tanto me atrajo, hasta convertirme en una actor, secundario, pero actor al fin, de ese mágico ritual.
Sorbí raudamente el café y me entregué total y desesperadamente a la contemplación de la ceremonia. Las viejas conversaban animadamente acerca de sus problemas de salud, el trastorno que implicaba levantarse cada mañana, cada nuevo día y los olvidos de la familia que solo esperaba su deceso para repartirse una absurda pensión. En todo momento, al menos dos viejas hablaban al unísono, afirmando y negando las dos restantes los dichos de una u otra, el ambiente se transformaba con una conversación alocada y sin sentido, consumían su tiempo sin finalidad alguna, sin siquiera escucharse, sin haber aprendido nada en tantos años, todo era una bulla disonante, en la cual el tiempo, era tiempo y la vida solo un transcurrir, los abismos escarpados de la conciencia no estaban presentes, evidentemente la proximidad del final no es un disparador de angustias, solo de ilusiones, y son esas ilusiones, las que nos nublan el paisaje.
De pronto sentí que el embrujo que me llevó a aquel lugar, tomaba una fuerza inaudita, y estuve a punto de gritarles, aprovechen sus últimos años, meses, días…. Sin embargo, esto no tendría sentido alguno, y para pelear contra los molinos de viento no me alcanzaban las fuerzas.
Me levanté de la mesa dejándole una suculenta propina al mozo, y caminé rápidamente hasta llegar a la Central de trenes, ya daban las 19:03 y mi tren había partido, en ese instante pensé, cuanto me costó lanzarme a explorar el ritual, y finalmente cuando lo hice, no pude encontrar ninguna respuesta, en realidad solo conseguí perder mi tren, nada de esto tenía sentido, puede que la solución estuviese en la pregunta y no en la respuesta, no lo se, volví a ser niño y a preguntarme ¿por qué? .
Me dirigí al comienzo del andén, para esperar la nueva formación de trenes, sabía que en casa me estaban esperando ……
Se escuchó en el parlante de la estación “Al acercarse el tren, proveniente de Caballito, una persona de sexo masculino y mediana edad saltó a las vías, perdiendo la vida al instante y provocando demoras en el servicio.-
FIN

viernes, 18 de noviembre de 2011

Concerte: estado conciente de la muerte

Cuando leí esas páginas, escuche el susurro, se adentro en mi el grito, tuve miedo, estaba feliz, pero el vacío crecía y la verdad que al principio da concerte, es un vacío lleno de lágrimas y risas, me imaginé naciendo y muriendo en el instante.
Con el correr de las páginas me sumergí completamente perdí el control de mis ojos, ellos ya no miraban las hojas muertas, veían los paisajes, el horror y la pasión iban apoderándose de mi ser
Ese transmutar me persiguió, me calcé las chaparreras y sentí el calor, que es el mismo cuando el sol absorbe la vida en alguno de los lugares que transité, los encontré en mi camino y casi no los comprendí solo floté sobre ellos, observando sin entender. Tal vez sea ese el secreto no tanto entender y mas sentir.
Su vida quedó presa del tiempo.
En un momento me dió envidia, pero fue mas el goce, y fue tanto que me sentí infinito

lunes, 14 de noviembre de 2011

Promesas

Eran los primeros días de marzo, de un tiempo que parece muy lejano, sin embargo aun hoy, mantienen la frescura del agua de lluvia pronta a regar el suelo, despidiendo de antemano los aromas a tierra mojada, arrastrando los suaves vientos, que se incorporan a mi ser como aquel día, ansiosos, intrépidos, absolutamente crédulos, eran tiempos de cambio, de ilusiones y decepciones.
El peine era arrastrado con y sin violencia, algunas veces seco, otras mojado, una y otra vez, sus incisivos dientes, surcaban mi cabellera intentando lo imposible, aplacar los remolinos, esos que vienen de cuajo, impulsándose y haciendo vano cualquier esfuerzo por doblegarlos, vencido en mi intento comencé a mirarme al espejo, habían aparecido nuevos granos de acné en mi rostro y eran indisimulables, parecían volcanes a punto de estallar , mis dedos, a pesar de los inútiles consejos de mi madre, se transformaban en el magma hirviente que antecede los ríos de lava al hacer erupción la montaña, una vez concluida la ingrata tarea de vaciar de esa amarilla y repugnante sustancia de cada poro infectado, mi rostro apareció semidesfigurado por la hinchazón, hundí entonces toda la cara en el lavatorio intentando que el agua fresca volviese mi cara a la normalidad, sin dejar de sentir una profunda culpa por lo que había hecho, debo reconocer que jamás acepté los consejos de mi madre, a pesar que en este caso me hubiesen evitado el cartel de neón en mi rostro diciendo “ este es un adolescente granuliento e inexperto”.
Volví a contemplarme, no sabía en ese momento por qué, pero pasaba largos períodos de tiempo, absorto en la autocontemplación, dedicaba grandes esfuerzos a observar como impactaban en mi persona sutiles pero perceptibles cambios, en la sonrisa, la manera de gesticular ante la sorpresa o el espanto, cada movimiento era analizado y repetido hasta que encontraba la aprobación de mis ojos y el espejo, luego de que alguna nueva mueca me hiciese parecer mas guapo o interesante, en ese momento descubrí que unos rulos asomaban en mi frente producto de haberme mojado el pelo en la pileta de lavar las manos justo en ocasión de calmar el ardor de mis inefables granos, fue ese un hito trascendental y significó desde ese momento, hasta el futuro que cada mañana debía mojarme y sacudirme el pelo, para lograr una enrulada y apuesta cabellera.
Se escuchó la voz de mi padre en la puerta del baño
Che, te falta mucho – Dijo mi padre
No, ya salgo – respondí presuroso y con voz seca, algo quebrada por el temor, el cambio de peinado era demasiado brusco y podía generar la desaprobación de mi padre, situación que se me hacía inmanejable en ese entonces y disparaba en mi mente los extremos, que iban desde la total sumisión a su voluntad, hasta la más violenta rebeldía, aunque la mayoría de las veces no pasaba nada de esto, era ese un sentimiento que siempre estuvo presente en mis cavilaciones adolescentes.
Salí del baño temeroso, debo admitirlo, aunque frente a mis amigos mostraba una imagen de valentía, la cual era acompañada por algunas actitudes y acciones arrojadas, que ponían en peligro mas de una vez, mi integridad física, solo eran para demostrarles y demostrarme lo osado y resuelto que podía ser, pero al transponer la puerta del toilette solo sentí humedecerse mis axilas y secarse mi boca a la espera de la palabra de mi padre, él me miró y en su rostro se dibujó una especie de media sonrisa, acompañada por el ceño fruncido, sus ojos recordaron, estoy seguro, su pasado, y solo me dijo ….
Agarrate un buzo, por si refresca, y dejame pasar al baño, así nos vamos que se va a hacer tarde –.
El alivio recorrió mis venas impulsado hasta el último rincón de piel por un brioso motor, que estaba siempre preparado para salir a dar batalla, siempre deseoso de beberse a fondo blanco, hasta la última gota de adrenalina, tomé el único buzo decente que tenía y lo acomodé en mi antebrazo, no parecía una postura muy moderna, sin embargo no esperaba encontrarme con nadie que me conociese en el trayecto hacia la zapatería.
Caminamos con mi padre las siete cuadras que separaban mi casa de la estación de trenes, casi sin hablar, no se bien por qué, pero las palabras que necesité nunca las tuve, las intuí o creo las inventé, pero a pesar de no tenerlas, recuerdo la calle ese día, mi mirada por sobre sus ojos, mi espalda ensanchada, mi energía desbordaba, buscando presurosa destinos, por instantes miré a ese hombre y casi no lo reconocí, salvo por otros momentos en los cuales lo recordaba cuando llegaba del trabajo y yo descubría como mi corazón se aceleraba al verlo doblar la esquina, la tranquilidad de saber que había vuelto a casa, sentirlo, esperar ansioso que se agachase para saludarme y estrecharme entre sus brazos, ese estar seguro de que nada malo podía pasarme en su presencia, esa gran ilusión que se va agotando al igual que la vida.
Antes de cruzar la calle para llegar a la estación, arranqué la hoja de un limonero, ese mismo que sufría desde hace algunos años atrás mi agresión cada vez que me acercaba a sus dominios, y que sin embargo me regalaba el perfume de su hoja, mezcla de ácido y frescura, cuando la lleve a mi nariz pude comprobar que su perfume no era tan imponente como antaño, había que esperarlo y se iba incorporando lentamente en mi nariz y mi cerebro más calmo, más dulce y menos ácido.
Tomamos el tren y recibí algunos consejos, que son los mismos que hoy en día les transfiero a mis hijos, cuando viajamos en tren o colectivo,
-Bajar siempre en el sentido de la marcha
-Esperar que el tren se detenga
-Si es posible ubicarse en el medio del vagón
-Si estamos sentados, ceder el asiento ante una persona mayor o una mujer embarazada, he sabido por comentarios, que mis hijos respetan estas máximas, aunque estén fuera de moda y no apliquen a los conceptos actuales del egocentrismo absoluto.
Nos sentamos con mi padre en la mitad del vagón, me cedió el lugar de la ventanilla que se transformaba en un portal mágico, que me acercaba visones de lugares nuevos e inexplorados por mí, mis pupilas se dilataban e intentaban captarlo todo, para dejarlo guardado en mi mente, estos nuevos conocimientos siempre era útiles para invocarlos en alguna charla con un amigo, y me daban un aire de grandeza al comunicar que conocía tal o cual estación de trenes al dedillo o que había estado en alguna pizzería de esas que limitan con las vías, cuando en realidad solo habían sido un chispazo captado en la carrera del tren. Apareció el vendedor de diarios con su desafinado cántico “ La mató de quince puñaladas, la mató porque la quería”, me resultó impactante en esa etapa de mi vida lo que estaba escuchando y la naturalidad con que el canillita lo repetía, luego de algunos años y cuando tomaba el tren asiduamente para ir a mi trabajo, escuché el canto de ese mismo hombre y la misma frase, que hizo que comprase el diario en más de una oportunidad para revisarlo y encontrar aquella noticia, pero más que la noticia, para sentir el mismo efecto en mis entrañas y solo tan solo algunas veces lo lograba, el diarero se paró justo al lado de mi padre y lo saludó estrechándole la mano y le preguntó
Que haces aca un sábado, Ernestito? Dijo con una voz totalmente distinta a la que empleaba para vociferar los títulos de sus diarios.
Llevo al pibe a comprarle el regalo de su cumpleaños, Cómo anda tú vieja? Dijo mi padre.
Mejor, pero ya está muy viejita, a veces me confunde con mi viejo, la pobre – Dijo el diarero haciendo gala de un sinnúmero de voces que salían de su garganta sin esfuerzo, ese tono de voz jamás se lo volví a escuchar.
Bueno, me voy a seguir laburando, saludo para los muchachos – Dijo con la misma voz con que vendía los diarios.
Quién era ese, pa? Pregunté, con una mezcla rara de curiosidad y ansiedad, por descubrir al personaje.
Es un muchacho, que vive cerca de la casa de tu abuela- Dijo sin más y me quedé esperando una historia, una anécdota, algo … pero nada, el resto del viaje fue solo silencios, interrumpidos por la marcha incesante de vendedores ambulantes que intentaban convencernos que aquellas inútiles mercancías provenientes de Taiwán, resolverían casi todas nuestras necesidades, pero sobretodo las suyas, que no eran más que las de sobrevivir un día más, hasta la próxima estación, o hasta el siguiente bar donde trocar su vida por ese vino con aspecto a kerosén.
Al llegar a la estación de Once está me pareció majestuosa, aunque en extremo descuidada, es que en realidad transcurrían tiempos sombríos, los militares habían usurpado el gobierno, y les importaba un comino el estado edilicio de las estaciones de trenes ya que era un sitio utilizado por los obreros y la sola palabra obrero, era considerada casi una afrenta al poder militar, los obreros debían ser sumisos y obedientes, tal cual los soldados y sus cuadros superiores, siempre dispuestos a cumplir los deseos caprichosos de sus amos.
Caminamos otras cinco cuadras hasta llegar a la zapatería de saldos de Grimoldi, mis ojos no dejaban nada sin capturar, aunque tanto tiempo después el recuerdo más firme que tengo es el aroma a café, evaporándose a la salida de un bar y la mirada de los otros que pensaba en esa época, siempre estaba dirigida a mi persona, sobre todo a los pequeños detalles, el jean gastado en las rodillas, la remera que había sido propiedad de un primo y ahora en su ocaso, se adaptaba a medias a mi cuerpo, mi acné y mi padre al lado, no parecía poder contener absorber y digerir esa mirada, tal vez él mismo sintiese algo parecido en su persona, lo que si estoy seguro era que su paraguas ya no me cubría completamente.
Me compró unos zapatos negros con largos cordones, se exhibían en la mesa de saldo de saldos, tenían una gruesa suela Febo y me costaba un poco caminar con ellos, aun así conservaban y conservan, un halo incandescente en mis recuerdos y asaltan mi rostro provocando una sonrisa, que se vuelve cómplice en ocasión de evocar emociones que han quedado flotando, siempre cerca para echarles mano cuando la existencia abruma y desconsuela.
Desandamos el camino, me hubiese gustado tanto preguntarle, me hubiera encantado que me constase, tal vez el caminar tendría menos peso y no encontraría tantos reproches en mi mente, los potenciales siempre inundaron mi alma y no la dejarán en paz hasta el final, si bien es el final, una certeza absoluta, el potencial nos permite imaginar, volar y soñar los imposibles, los infinitos, la justicia y la verdad.
El tren partió a horario y volvimos a sentarnos, ya no a mitad de vagón, el mismo estaba casi repleto, los únicos asientos disponibles estaban enfrentados, en el extremo de la formación, observé detenidamente a mi padre, su calva lucía ensanchada, la incipiente barba contenía demasiados manchones blancos, sus ojos miraban sin mirar por la ventanilla, algo le preocupaba.
Papi, te pasa algo? Le pregunté y todavía me escucho en esa voz, mezcla de niño y hombre, que me atravesaba el pescuezo para luego destruirse como burbujas contra el aire.
Nada, hijo, solo algunos problemas en el trabajo- Contestó sereno, con una combinación de alivio al ver que alguien notaba su preocupación y también intentando ocultar cuales eran las verdaderas razones de su angustia reprimida, solo mucho tiempo después, llegué a conocer la causa de sus tormentos, pero como pasa siempre, era demasiado tarde y era demasiada carga para que un hijo pudiese ayudar a soportarla.
Me distraje un rato escuchando conversaciones ajenas, las cuales me parecían tan sin sentido, que no hicieron más que arrojarme en zambullida a mis pensamientos, hacía tres meses había sido mi cumpleaños, pero no se por qué, el tiempo ya no lo medía por la distancia hasta el próximo aniversario, una parte en mi quería seguir pensando y sintiendo de ese modo, pero otra mucho mas fuerte y avasalladora, me arrastraba y arrastra a carreras, a carreras sin podio, sin medalla en el pecho, a locas e incomprensibles carreras para llegar a una meta que no es meta, para llegar a un fin que es el final.
El tren llegó a la estación, descendimos mirando hacia el poniente, todavía flotaba el perfume a marzo en el ambiente, las baldosas mansamente se dejaban acariciar por nuestras suelas y se negaban cómplices, a salpicarnos con los vestigios de lluvia escondidos entre sus heridas, caminé apenas delante de mi padre, el viento suave atacaba mi rostro y mi pecho para luego bifurcarse y seguir con su rutina, las calles se abrían a mi paso, todo parecía estar igual o casi todo, doblamos la esquina en silencio, un silencio premonitorio, que gritaba y aturdía hasta la última fibra del alma, dudé varias veces antes de hacerlo, pero me obligué, busqué ese sentimiento y no lo encontré, recorrí mi esencia y ya no estaba allí, había otro parecido, pero no igual, ni siquiera intenté abrazarlo y tratar de cubrirlo, no sentí el miedo en ese instante, solo la confusión y el tiempo transcurriendo, vi en sus ojos la bronca, el abatimiento, el desaliento avanzar como una catarata por sus mejillas, la boca entreabierta buscando el oxígeno que no llega tan dentro como para quemar el recuerdo, en ese preciso ápice del tiempo supe que no era, ni sería inmortal, ese hombre ya no podría protegerme de todos los males del mundo, ni de toda su belleza, mi padre estaba vencido sojuzgado, solo esperaba que el verdugo afile su hoja y sino ya todo le daba igual, su historia estaba escrita y sería comentada por mucho tiempo, tanto que ni la muerte fue capaz de aliviarlo, de sus manos colgaba una nota mal redactada en la que mi madre le comunicaba que lo dejaba y se iba a vivir con una mujer, ese preciso día de marzo mi madre dejó a mi padre, pero a mi, ya me habían abandonado hace tiempo atrás.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El Fletero

El sol castigaba implacable su reino, azotaba fieles e infieles por igual, su ira solo encontraba un atisbo de calma, ya bien entrada la luna, cuando hubo freído sueños e ilusiones sin clemencia, ni piedad, después de incendiar y arrasar, durante más de diez horas, este insignificante punto del globo. Eran las 13:30 PM y Juan continuaba cargando la furgoneta. Qué haces Juan, todavía acá? Dijo el pibe Si, llegué hace un rato, esta mañana se me rompió el alternador y casi tengo que suspender el viaje – dijo Juan Che, que cagada y eso que la chata es bastante nueva – Dijo el pibe Que se le va a hacer, nene, será el destino, Podrías darme una mano, no? - Dijo Juan Si claro!! ...., otro día nos vemos, master – dijo el pibe El pibe se metió dentro del negocio, que por cierto tenía aire acondicionado y dejó a Juan cargando las últimas cajas, ya en el asiento del acompañante de su camioneta. Juan lo miró y recordó cuando él mismo, cumplía las funciones de cadete y jamás nadie tuvo que insinuarle siquiera que lo ayudase, él lo hubiese hecho sin más, pero los pibes de hoy, no tienen respeto, ni afán por nada, todo les cae igual, ninguno se esmera, ni esfuerza en progresar, sobre todo estos pibes, y pensar que, en ocasión de su viaje anterior él mocoso, se atrevió a pedirle una propina, que tupé. Juan giró la llave de encendido y tuvo que repetir, tres veces la operación, parecía que el burro o el alternador, habían girado en falso, pero finalmente arrancó, atravesó las calles poceadas, el tránsito hacía que su adrenalina fluyera, como los eternos manantiales de Yellowstone, hirviendo su corazón y su cerebro. Juan puso primera y avanzó veinte o treinta metros, semáforo, congestión, calor insoportable, un niño de diez o tal vez doce años, era difícil precisar la edad, sobretodo en esos pequeños que hubieron sufrido algún trastorno alimenticio en su más temprana edad, se acercó para limpiarle el parabrisas de la chata.. No, nene gracias – dijo Juan Una moneda, maestro – dijo el niño No tengo nene, mañana te doy –dijo Juan El niño siguió eludiendo autos y cargando su aliento de excusas que hieren y que serán aquellas que en el futuro, nadie entenderá, ni recordará, especialmente aquellos que las infringieron, quienes sin lugar a duda exigirán la pena capital, para el mensajero que nos muestra la infamia, serán esas llagas en su alma, las que transformen su piel en piel de elefante y su mirada en presente rabioso e incontrolable. Juan se mostró satisfecho, no tuvo que desembolsar monedas que le eran necesarias para pagar el peaje de la autopista, aunque el día anterior le había tenido que dar dos pesos, a uno de los chicos más grandes, esos si que metían miedo, hasta se paran enfrente de la camioneta sin importarles si son arrollados o no, con tal de tener para el paco, no les importa nada. Su camioneta avanzaba lenta y pegajosa, le hubiese gustado tener aire acondicionado, pero para tener aire, hubiese sido necesario tener cinco mil pesos más o una cuota de quinientos pesos adicionales por mes, eso implicaba trabajar dos a tres horas más por día, ya no sería vida, amasijarse por un aire, suficiente progreso significó comprarse la camioneta. Juan estaba orgulloso de sus triunfos, si los triunfos de él. Encendió la radio, la voz seductora y sensual de la locutora, intentó venderle un sommier king size, para dar paso luego a las noticias de la tarde, escuchó al periodista top, le habían otorgado varios premios Martín Fierro, comenzó como siempre haciendo un análisis de la situación económica del país, le demostró a Juan y al resto de sus oyentes, cómo las políticas sociales del gobierno, lo único que generaban eran vagos, y de la más baja calaña, Juan asentía con su cabeza, es más por la mañana con el desayuno, antes del infortunado incidente del arranque de la camioneta, vio por el noticiero de la televisión, como le regalaban casas a “esa gente” si se la puede llamar “gente”, y mientras esos individuos cuyo único mérito era ser pobres, desesperanzados, abandonados de la mano y el resto de las extremidades de Dios, recibían una casa, él que se deslomaba día tras día y ni siquiera podía comprarse un aire para su camioneta. Tiene razón este “ Santos Biolcatti”, dijo en voz alta y siguió hablando solo. Yo no sé por qué mierda, le regalan de todo a estos villeros putos, y uno que se rompe el culo laburando y nada, la verdad es un país de mierda!!, los del gobierno lo único que quieren es afanar y con estos villeritos se les hace más fácil, que manga de hijos de puta, así los tienen comprados para las votaciones, este Santos tiene razón y por si fuera poco son como Dictadores, les importa poco o nada lo que dicen, todos los entrevistados en la tele y la radio, estos del Gobierno nos van a llevar a la ruina. Sonó otra vez la voz de la locutora, anunciando la firma del convenio colectivo de fleteros, se había logrado un aumento del 28% en el salario básico, apenas terminada la lectura del cable, “Santos” se ocupó de hacerle entender a los oyentes que este aumento generaría más y más inflación. Juan cambió la radio no quería seguir haciéndose mala sangre, con la corruptela de los políticos de turno. Sintió sonar fuerte un silbato, un policía le ordenaba apartarse junto al cordón de la derretida vereda. Qué sucede oficial- consultó Juan en tono amigable Licencia de conducir y seguro del automotor, señor – dijo el agente Qué pasó oficial,- dijo Juan, mientras le entregaba los papeles del vehículo. Pasó la luz en rojo, señor – dijo el agente Aquí tiene oficial, el seguro del vehículo – dijo Juan y deslizó entre sus manos un billete de cincuenta pesos, el agente lo tomó disimuladamente, reconociendo el rito. Que tenga, buenas tardes, -dijo el agente y le devolvió los papeles de la camioneta. Juan sonrió y trago saliva, se fue maldiciendo en voz baja, durante toda la subida a la autopista, ni bien se alejó vociferó a los cuatro vientos, que país de mierda!!!, cuando no es uno es otro, pero todos te cagan. En la autopista el tránsito se hizo más fluido, el aire sofocante, le arrancaba el sudor a su cuerpo, el viaje no se prolongó demasiado, viró en la salida norte de la autopista, la cual terminaba en una angosta y sinuosa calle, repleta de lomos de burro, que costeaba una villa miseria, al avanzar pudo observar como vivían esos “negros”, todos apiñados, los techos y las paredes de chapa y cartón, las veredas repletas de niños jugando, sin entender absolutamente nada de su condición, unas mujeres haciendo cola junto a una canilla para cargar agua, qué vergüenza, cómo vive esta gente, sintió un poco de lástima y luego vergüenza. Descargó la mercadería en el depósito del ruso, el muy taimado jamás fue capaz de pagarle la descarga de los bultos, le entregó la factura a Jacobo y este se la pagó, no sin antes hacerle corregir los kilómetros recorridos. Juan subió a su camioneta, guardo el talonario de facturas y se dispuso a separar la comisión que le cobra la agencia de fletes, en ese momento se dio cuenta que Jacobo le había entregado cien pesos de más, cuando le abonó la factura. Se rió a carcajadas y pensó, yo me lo merezco.

jueves, 20 de octubre de 2011

Una Mujer

Ciudad, asfalto, cemento y gente, muchísima gente, todos juntos, apiñados, superpuestos y eclipsados. El cielo se transformó en un caleidoscopio, que se escabulle a nuestros ojos, pero que quedo fijo en nuestras miradas. Las nubes recortan esperanzas haciendo más gris el paisaje y en ese lugar en el mundo estaba Ella, con la respiración agitada, las artes de madre, ama de casa y trabajadora, atrapaban el aire que ingresaba en sus pulmones y su cuerpo arrojaba en cortas y rítmicas bocanadas de hastío. Cambió los pañales de su pequeña, la escuchó llorar y de inmediato reír, la entalcó, bebió para si el néctar de la inconciencia, la saciedad plena que le regaló su niñita, la abrazó y quiso contarle, quería advertirle pero sabía que jamás la comprendería, por lo menos no ahora, sin embargo a ella también le llegaría su momento, era algo que Ella no podía evitar, ni evitarle. -Carlos, podés apurarte, por favor –Le gritó a su marido -Ya va, che, me estoy anudando la corbata- Le respondió él. - Será posible, todos los días la misma historia, Por qué no te levantas cinco minutos antes? , cuando voy a buscar a Cande, su Seño, se queja conmigo que siempre llega tarde- Le dijo, reclamándole. -Cuando será el día que te dejes de romperme las pelotas –Le contestó Carlos en el mismo tono. Carlos sujetó por los brazos a Candela, la besó y unieron sus narices en una especie de beso esquimal, recibió la mochila de manos de su esposa, apoyó su boca fugazmente sobre los labios de Ella y se despidió hasta la noche. La puerta se cerró sonoramente, no sin antes dejar que las miradas de madre e hija, conversaran mudamente en el aire, tratando de llenar con significados aquellos vacíos que jamás serán completados. Una lágrima provocó el deshielo de sus ojos. No tenía tiempo para perder, debía tender las camas, guardar su vianda en el tupperware, salir a colgar la ropa al balcón, ir corriendo hacia su trabajo, quería salir al balcón!! Le costó bastante rotar el colchón de su cama, estaba bastante pesado, y si bien tenía tan solo un año y nueve meses, ya mostraba algunos resortes queriéndose escapar de su banda de contención, recordó que cuando niña, las cosas duraban mucho más y en estos tiempos, todo era terriblemente efímero. Recogió del piso un calzoncillo de su marido y expectoró – Hijo de puta y después decís que soy una rompebolas, ah!!! Entró en la habitación de Candela, ordenó sus juguetes, miró sus fotos, se estremeció, pero ya le había pasado esto antes, sabía que tenía que salir al balcón, esa niña, su niña, la comprendería, no ahora, pero si en el futuro, al fin y al cabo ella también era una mujer. El fuentón verde estaba allí, esperando que sacase la ropa de la máquina de lavar, y la llevase a visitar el sol, ese sol que en este día, ya casi no se asomaba a su balcón. Abrió la ventana que comunicaba el lavadero con el balcón, un aire fresco y penetrante invadió todo su ser, a pesar del fuerte smog del ambiente, ese aire parecía contener más oxígeno, tanto, que llegaba nítido e inconfundible a lo más profundo de su alma. Ella se sonrojó, bajo su mirada y comenzó a colgar la ropa en el tender, con esmero colocó las batitas de Candela en los bordes exteriores del tender, así recibirían más aire y luz, no era ese el modo de tender la ropa que su madre le había inculcado, pero Ella sabía que era lo mejor para la vida de su hija, no quería que Candela repitiese su historia. Intentó concentrarse en su tarea, pero su corazón bramaba, levantó su mirada y lo vio, allí estaba él, siempre estaba, ahí nomás, cruzando la calle, sus miradas se conectaron, ella vió como el hombre la desnudaba con su mirada, él siempre estaba observándola, en todo momento estaba pendiente de ella y de sus movimientos, sus facciones, su vida. Lo vió por primera vez, hace exactamente cuarenta días, y el hechizo se consumó ni bien lo observó, y ella sintió como él también la miraba, los ojos de él siempre iluminados, eran ojos que proyectaban deseos, ilusiones, pero por sobre todas las cosas eran una fuente de emociones nuevas. En ese momento comenzó todo, primero fueron las salidas esporádicas al balcón con cualquier excusa, pero cuando pudo comprobar que él siempre estaba allí, esperando verla, pronto a seducirla a cada instante, comprendió que el deseo era mutuo, con cada visita al balcón, lo examinaba con mayor detenimiento, su vestimenta era de primera, lucía un rolex de oro en su muñeca izquierda, aunque parecía estar roto, ya que siempre daba la misma hora, su perfume era Pisco Channel, el más caro del mercado. El no cesaba de mirarla, de halagarla, todo su cuerpo en sintonía era una obra de arte, que se ofrecía entero para ella, no comprendía del todo porque semejante hombre fue a fijarse en ella, justamente en ella, pero en realidad eso no le interesó mucho, ya era hora de comenzar a disfrutar algo por si misma, no por lo que indican las convenciones sociales. Ese día estaba dispuesta a todo, abandonaría a Carlos y huiría con ese hombre, viviría aventuras, no tendría que limpiar, lavar, planchar, cocinar, trabajar para recibir un salario inferior al de su marido, por hacer lo mismo, al pensarlo su cuerpo estallaba, sin embargo el recuerdo de Candela se transformaba en un ancla poderosísima. Carlos era un padre ejemplar, pero se parecía muy poco a aquel muchacho que la había enamorado una mañana de primavera, para quitarle el aliento, ese pibe que le sacudía el alma, él fue su primer y gran amor, hizo temblar toda su estructura, pero después, llegó Candela, el casamiento para dejar conforme a su madre, el trabajo, la rutina, el adiós a los sueños, el hartazgo. Volvió a mirar a ese hombre y su cuerpo se afiebró, su sexo se humedeció, hacía tanto tiempo que no le ocurría esto. Estaba decidido lo haría, comenzó a llover, salió rauda al balcón, tenía que recoger la ropa tendida, cuando lo miró, vió que en su mirada algo se apagó, su cuerpo había perdido brillo, pensó en Candela, pero decidió seguir adelante. Rápidamente dejó la ropa frente a la estufa, tomó su cartera, su vianda y bajó por el ascensor, ni bien transpuso la puerta de calle pudo observar, como dos obreros trabajaban en el cartel de perfume Pisco Channel, el agua de lluvia le había provocado un cortocircuito dejándolo sin energía. Partió rumbo a su empleo, la esperaba un nuevo día.

martes, 18 de octubre de 2011

El Maldito Insomnio

Era esa una tibia y seca noche, solo interrumpida por los sonidos y destellos de las ciudades modernas, y también del insomnio.
Él presionaba las teclas de su celular y veía la hora, transcurría lenta y pesada, pero avanzaba y cada vez que lo tocaba y se encendía le mostraba como disminuía el tiempo que le quedaba para dormirse antes que el teléfono móvil, hiciese las veces de partera, anunciando la llegada del nuevo día, entregándole su estruendosa melodía, justo a las 6 AM,…flotaba el tiempo, y seguía siendo imposible acariciar el sueño. Maldito insomnio.
A su lado ella dormía, plácida, impasible, no parecía estar en este mundo, él la contemplo durante unos minutos, sintió el rítmico silbido musical que producían sus labios con cada exhalación, le hubiese gustado ver sus ojos, pero el sueño es todo oscuridad. Él hizo reposar las cuatro aristas de su cuerpo alternadamente en las sábanas y nada, únicamente podía pensar. En su mente, todo era día, y un día agitado que no le permitía conservar el aliento, cuando lograba desembarazarse de algún pensamiento, otro lo atacaba, intentó emular a los valientes espartanos en su defensa de las Termópilas, entregándolo todo a cambio de no permitir el ingreso de nuevas imágenes en su cabeza, sin embargo el traidor de Efialtes era aliado del insomnio, del maldito insomnio.
Buscó en sus recuerdos los buenos tiempos, los momentos apacibles, los instantes de ternura, buscó ese algo que le permitiese abrir las puertas y sumergirse en el profundo sueño, pretendió no tener miedo, y nada, nada!! solo desvelo.
Esta vez no calentó leche, ni comió algo dulce, tampoco insistió con las pastillas, ya había tomado más de la cuenta, la miró nuevamente, estaba desparramada a su lado, los vientos que emanaba su boca se transformaban en un hálito rancio, desagradable, que le impedía dormir, la rozó suavemente, intentando que cambiase de posición, tuvo que utilizar una presión extra en sus manos y su cuerpo para lograr que virase a babor, dejando por fin de arrojarle el vaho en su rostro, ese vaho que le impedía dormir pero nada, y ella seguía allí, inmutable sin hacer nada por calmar su angustia, ella dormía.
Hurgó en sus huellas más profundas, buscando el consejo de su abuela para situaciones como ésta, no pudo encontrar más que el bendito vaso de leche tibia, pero lo había bebido tantas veces y lo único que había obtenido eran ganas de orinar, y todo insomne sabe que la orina es una aliada monumental del maldito insomnio.
En solo dos horas sonaría la alarma. Una mezcla de desesperación y resignación se apoderó de su ser, él sabía que debería esperar un día completo para volver a intentar dormir, un día completo de actividad, de pensar, de fingir, de aturdirse, todo un día de conciencia.
Qué poco tiempo le quedaba para intentar dormir, ya se veía en la ducha, con la modorra a cuestas, tratando de despabilarse, de un sueño que no fue, de algo que jamás sucedió.
Escuchaba con claridad el ceceo de la suspensión del colectivo, que pasa por la esquina de su edificio, y con solo ese sonido, evocaba su viaje, veía el rostro apagado pero frenético del colectivero, los pasajeros amontonados dejándose llevar, el tráfico, el humo, las intersecciones, las rutinarias esperanzas viajando, acercándose … en ese instante creyó que se dormía, lo pensó.
Sus deseos otra vez le jugaban una mala pasada, el sueño intentaba hacer pie en la plancha enjabonada de un barco pirata, ya ni siquiera podía cerrar sus ojos, la crispación corría por sus venas, lo invadía, lo llenaba, pero por un segundo tuvo miedo de dormirse, qué horizonte le depararía el sueño, qué lugares? qué sensaciones? habría percepciones?. El desconocimiento genera el miedo o tal vez sea el conocimiento de la finitud, quién lo fortalece. El saber que una esperanza desfallece cada noche, se tropieza cada mañana y solo encuentra un destello gastado de neón en un futuro, que a las claras no es futuro, aterra y el sueño no lo auxilia, el maldito insomnio lo agiganta, lo enerva y lo desquicia.
La vió, a su lado, echada como un perro, resoplando y roncando, acompasadamente, expulsando rastros de la muerte por su boca, él sabía que ella era la causa por la cual no podía dormir. Tomó el libro que comenzó a leer aquella noche en la cama, se trataba de una novela policial sin mucho vuelo, pero si con mucha sangre y sexo, que pensó en aquel momento lo ayudaría a dormir, extrajo de sus páginas un abrecartas, que le había servido de señalador, lo apretó fuerte con su mano derecha y lo introdujo cinco veces debajo del seno de ella, las cataratas de sangre fluían descontroladamente, le aportaban tibieza a su fría mano, le pareció estar bebiendo una taza de leche tibia, ella no gritó, no se movió, no hizo absolutamente nada, solo sangró y sangró.
Sus pensamientos volvieron a azotarlo, la tibieza de la sangre, fue un oasis pasajero, pero ya no sentía furia, sino angustia y desolación, no podía respirar, una fuerza sobrenatural lo agitaba por sus hombros, lo sacudía y seguramente le provocaría la muerte, fue en ese instante que sintió el alivio y creyó, existe Dios, me está castigando por lo que he hecho, pero ya es demasiado tarde.
Sus ojos se abrieron, ella estaba sobre él sacudiéndolo,
Juan, no quería despertarte, por lo de tu insomnio, pero me asustaste, hace rato que estas roncando como un cerdo, te trato de mover y no reaccionas, hasta tiraste el libro que había sobre la mesa de luz, sin darte cuenta, gritaste dormido, pero recién parecía que habías dejado de respirar, me asusté mucho y mirá, hasta creo que me pegaste tu insomnio, hace como dos horas que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormirme. – dijo ella (Aliviada)
El aluvión de palabras le fue casi incomprensible, no supo si estaba vivo o muerto, despierto o dormido, su corazón estallaba y sonaba con más fuerza en su cabeza que en su pecho, se levantó de la cama y tomó una ducha.

martes, 11 de octubre de 2011

Cazador de Fuegos

No sé muy bien por qué, pero si sé, que la atracción que causan en mi, los pequeños y mugrosos bares cercanos a las estaciones de tren, se transforma en irresistible, es tentación en su estado puro, los personajes que habitan estos lugares, en un instante absoluto de tiempo, generan en mí, un incomprensible deseo de conocerlos, para capturar un momento de sus vidas y de la mía.
Era avanzada la mañana, y aún me quedaban alrededor de veinte minutos antes de acudir a una cita de negocios, nunca es bueno llegar demasiado temprano.
Esos veinte minutos se transformaron en la excusa ideal para beber un café en algún bar cercano a la terminal de trenes.
Caminé animadamente esperando encontrar algún sitio donde anclar mi barco, los primeros bares que observé, tenían una impronta modernosa, descarnadamente, limpia, pulcra e iluminada, sus mesas y sillas estándar muy ordenadas, apuntaban directamente a los televisores de plasma ubicados en las paredes, que mantenían desinformados a sus parroquianos, que vaya a saber porque, los escudriñaban a intervalos fijos, adentrándose en el mundo de “todas las noticias”, que solo les mostraban una realidad dibujada grotescamente, por un pintor obediente, que muestra aquello que la gerencia de noticias le indica, debe mostrar.
Unos pasos adelante observe el cartel que decía “ Hoy Rabioles Caseros”, sin que mi mente tuviese que dirigir mis piernas, ellas solas se orientaron y avanzaron con premura hacia aquella dirección, con el convencimiento que este era “ el lugar ”, en el cual debían transcurrir mis veinte minutos restantes.
Me aproximé a una mesa y lentamente fui quitándome el saco, intenté colgarlo en la silla, pero era demasiado baja con lo cual el fondo de mi chaqueta, tocaba el suelo, cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, decidí inmediatamente doblarla y colocarla sobre la silla contigua.
El dueño-mozo, no tardó en acercarse
- Buen día -dijo
- Buen día, me traes un agua saborizada, de manzana- dije
- Como no, señor- dijo el dueño-mozo
Retiró un agua de la heladera, que por cierto y buena fortuna se encontraba apagada,(la temperatura ambiente era bastante fresca), y la repaso con un trapo rejilla, tomo de la vasera un nautilus de 270 cc. y repitió la maniobra, sintiéndose orgulloso de su tarea al ver que mi mirada lo seguía atentamente, sin imaginar el desagrado que causaba en mí tener que apoyar mis labios en el mismo sitio por el cual había pasado la mugrosa rejilla, sin embargo yo, era conciente cual es el precio que se debe pagar por introducirme en ese mundo tan mágico y trágico, cuya asonancia es perfecta.
- Aquí tiene, Señor –dijo el dueño-mozo
- Gracias – le dije
Tomé con cuidado una servilleta de papel, y disimulada pero presurosamente, la pasé por la boca del vaso, estrujando y abollando el papel con mi mano, procurando no ser visto por el dueño-mozo, no quería causarle la impresión de ser un flojo.
Serví el vaso hasta la mitad y solo bebí, un par de tragos.
Me dediqué a observar la vida, dos transeúntes entraron al boliche, se ubicaron a mi espalda, esto no evitó que los imaginara, sin diferir mucho mi apreciación de la realidad, ya que al sentarse pidieron una cerveza fría, faltaban veinte minutos para las diez y media, algunas risotadas y una conversación casi inentendible, tal vez por el temblor de maxilares, acompañaban el cuadro. Siempre quise comprender, porque mecanismo, solo los observo y los imagino, no puedo quebrar esa imaginaria barrera que nos separa y a la vez nos hermana.
El dueño-mozo, les sirvió la cerveza y la cobró en el momento, hecho que no causó ningún malestar ni reproche por parte de nuestros dos invitados, quienes siguieron conversando animadamente, el tema de la charla se me hacía difuso, pero creo se centraba en una relación amorosa correspondida a medias, el relato tenía tantas dispersiones que me imposibilitaba seguir el hilo, sobre todo entender el dialecto especial que utilizaban, intenté visualizarlos por el espejo (que estaba frente a mi mesa en una columna, en la cual se veían rastros de humedad sin poder ser disimulados por el espejo), este excepcional objeto, que nos devuelve figuras vacías, luego de recibir volcanes de lava y desiertos de hielo, pero fue en ese preciso instante que la ví.
Ella capturó inmediatamente mi atención. Esa mujer entraba en el bar, meciéndose desequilibradamente ante cada paso, traía puesto un abrigo que en algún tiempo debe haber sido de piel natural y debe haber despertado la envidia de las mujeres que la veían envuelta en semejantes ropajes, justo a ella, si justo a ella.
Supuse en ese momento, que la anciana estaba algo ebria, dado que su andar era sumamente torpe, esforzadamente logró tomar asiento, a dos mesas de la mía, justo en la entrada del baño para caballeros.
Su perfil mostraba el cansancio, la angustia y el desamparo.
Mi buen dueño-mozo se le acercó y le dijo –un café con leche y medialunas ?
Ella contestó con un cabeceo apenas perceptible, aprobando el menú.
Imposible no soñar su vida, o su media vida, desde mi posición solo veía su perfil.
Ese tapado de pieles, invitaba al despegue imaginario, su condición harapienta ocultaba sin dudas un pasado cuasi glorioso, su juventud seguro estuvo rodeada de admiradores y tal vez el tapado sea un regalo de algún antiguo amante, tan viejo y raído como esa piel de visón.
Ella seguramente lo recordaría y esos recuerdos son los del despertar de cada mañana, y la ilusión, pequeña, diminuta y difusa que la acompaña cada noche, al sumergirse en la oscuridad.
La ví introducir, una medialuna, largamente en el café con leche y luego esconderla dentro de su boca, ya casi desecha, por los movimientos de su rostro no debía tener muchos dientes, sin embargo en otros tiempos, su mandíbula se agitaba, se abría y cerraba, junto con una larga carcajada que dejaba contemplar la belleza de sus labios y el interior de esa boca deseosa y deseable.
Por frecuentar este sitio y no me quedan dudas que lo frecuenta, ya que el dueño-mozo, le sugirió el plato y la saludó con familiaridad, es seguro que su vida actual y presumiblemente su vida pasada, transcurra en los límites de la marginalidad, su profesión se me ocurre, una prostituta retirada.
Es un buen lugar del cual partir para pensar en su historia, observando su presente el cual arroja algunos destellos de glorias pasadas, de momentos imborrables y también, recuerdos que apuñalan el alma, como el de aquel hijo que ni bien vació su vientre, entregó a su suerte o el de quién la hizo levitar, para luego arrojarla en el abismo penumbroso de su existencia.
Ella comenzó a escudriñar su pequeña y desvencijada cartera, extrajo de ella, no sin dificultad un objeto redondo de unos 8 centímetros de diámetro, lo sostenía en sus manos tensamente, sin dejarme observarlo, pensé para mis adentros, es un pastillero del cual obtendrá algún elixir que le permita soportar sus días, pero no era ningún pastillero, lo sostuvo con firmeza con su mano derecha y con la izquierda lo abrió presurosa, por más que esta era, una maniobra repetida hasta el hartazgo durante toda su vida, esta vez el objeto escapó de sus manos y fue a dar al piso, cuando escuché el ruido descubrí que el objeto era un espejo, el cual yacía despedazado en el suelo, intentó en vano agacharse a buscarlo, el dueño-mozo, se acerco presuroso y le entregó los restos, ella le agradeció en silencio, y procuró encontrar vaya a saber qué explicación girando su cuerpo sobre la silla y sondeando la calle.
En ese momento pude ver su otra mitad, una cicatriz unía su ojo izquierdo con su labio superior, el ojo estaba vacío, nunca más vería el horror, ni tampoco la vida, entendí entonces su andar tortuoso y desequilibrado.
También comprendí la ansiedad antes de abrir ese espejo, esa ansiedad porque el reflejo fuese distinto, porque fuese el pasado.
Su lado oscuro nuevamente apuntó hacia el baño de caballeros, transformándose en invisible a mis ojos, siguió alimentándose serena y calmadamente.
Ya no puede pensarla, solo compadecerme del resto de sus días, cómo haría de aquí en más, ya no tenía el espejo, que escondía la secreta esperanza de devolver el pasado, yo ya no podía imaginar cómo esa mujer podría continuar.¿ Aferrada, a qué? ¿A qué ilusión? Desde ese momento hasta el final, no hay modo de generar una esperanza, no hay forma de iluminar el camino, lo que si es seguro, serán siete, siete años de mala suerte.-

Encuentros y Desencuentros

Cuando la vio apuró sus manos entre los bolsillos, buscando algo y en solo medio segundo, sintió que el sudor se apoderaba de su piel, sobre la mesa encontró el atado de cigarrillos y encendió uno de ellos, esto pareció calmarlo y entregarle un aire de seguridad y misterio a su persona, rozó con la yema de sus dedos su profusa cabellera y le sonrió.
Los ojos de Valeria, se clavaron por un instante en los suyos, la implosión fue instantánea, el mar en sus ojos, y la inquietante tempestad en su mirada, hicieron temblar hasta la última gota de sangre en sus venas, le dio un beso en la mejilla sintiendo la tibieza de su piel, luego saludó a la amiga de ella, y las dos se sentaron a la mesa.
Valeria, la chica de ojos azules, comenzó con su presentación y la de su amiga Andrea. Pronunció una seguidilla de frases que parecieron profundas y sentidas, pero el cerebro de Pablo, estaba aún muy aturdido por el vendaval del hormonas en circulación, en está ocasión no la escuchó, se limitó a cruzar su mirada desviándola cada vez que se encontraba con los ojos de ella en el éter, pero transmitiendo su mensaje clara e indubitablemente.
Luego de las despedidas caminó solo hasta su casa, la casa de sus padres, el aire tenía otro perfume esa noche, ingresaba lento y profundo, como queriendo colmar hasta el último de los rincones de su pecho, no fumó durante el trayecto, observó el cielo, atrapando para sí, el intrépido coqueteo de las nubes con la luna.
No pronunció palabra, ni siquiera cuando saludó a su perro, el Tony, con quien hasta hace solo unos años compartía imaginarios viajes a la selva, el desierto o el espacio, adoptando Tony las más variadas personalidades y hasta llegar a convertirse en el malvado esperpento intergaláctico que sometía con sus feroces aullidos a la comunidad de planetas.
Introdujo la llave en la cerradura con precisión quirúrgica, no encendió ninguna luz, tampoco comió nada, ni siquiera fue al baño, no quería encontrarse con nadie, no quería hablar con nadie, la casa estaba en penumbras, ya todos se habían rendido a la eternidad.
Pablo se sentó en su cama y con movimientos sigilosos se quitó la ropa, dejó los cigarrillos y las llaves sobre el escritorio, tuvo suerte que no rodaran por el piso, el escritorio estaba repleto de libros y apuntes, todo estaba sumamente desordenado, corrió suavemente las sábanas y se acostó, con la mirada fija en el techo.
En la profunda oscuridad podía ver múltiples escenas repetidas vertiginosamente de su fugaz encuentro con Valeria.
Repasó una y otra vez, lo que le había pasado hace tan solo unos instantes, y el recuerdo fue como un film que avanzaba y retrocedía vertiginosamente en su mente, podía afirmar que sus miradas se habían cruzado cinco veces, en las dos primeras fue ella quien sostuvo más tiempo la mirada y el las dos siguientes fue el quien lo hizo, pero en la última, porque siempre tiene que ser en la última, Pablo noto como su Valeria se sonrojaba, ella bajó súbitamente la mirada y volvió a clavar esos ojazos azules en los suyos, está vez fue él quien se ruborizó y apuró sus labios para aspirar con fuerza el cigarrillo que colgaba de su mano derecha, el redoblante dentro de su pecho volvía a sonar con solo recordar ese instante, estaba seguro que había conexión y una muy fuerte.
Quiso cerrar los ojos, la oscuridad reinante lo enceguecía, para recordar cada detalle de su rostro, el suave calor que emanaba de la mejilla de Valeria al saludarlo, era un dato revelador, absolutamente auspicioso, qué otro motivo hubiese ocasionado ese rubor sino su presencia, pero pensó también que podría ser que fuese tímida y por eso se había sonrojado, también por eso bajó la mirada, pero estos pensamientos eran impropios para él, sabía y vaya a saber si lo sabía, que conversar con él aunque fuese él, con él mismo, era algo encantador, terriblemente ensoñador, aunque a veces, pero solo de vez en cuando, algo le sucedía y ya no podía soportarse .Jamás comprendió porque sus padres no le prestaban nunca atención, ni se sentían conmovidos por su hijo, y por cierto que Pablo era un buen hijo, nunca se metía en graves problemas, en la escuela iba de perlas, era admirado por sus amigos, pero en esos momentos en los que estaba solo, tan solo, él únicamente quería morir, sucumbir, desaparecer, alejarse o también erigirse en héroe, esto era realmente placentero y si tenía que morir como un héroe, todos le recordarían y lo tendrían siempre presente, formaría parte de su familia.
Si bien pensaba en la muerte, estaba seguro, es más se lo juró así mismo, que le llegaría solo después de haber amado y el aún no había amado, jamás realmente, solo tuvo sexo con Mariana, que se había acostado antes que él, con seis de sus amigos y que por una cerveza con maní y besos era capaz de cualquier cosa, pobre piba sintió lástima por ella cuando luego de amarse le pidió que la abrazara y le cantase una canción de cuna, ella estaba medio chiflada.
Se encendió una luz, seguro era su padre que se levantaba para ir al baño, cerró fuerte los ojos y se hizo el dormido, no quería que su padre lo viese y le preguntase que le pasaba, no lo quería… sin embargo su padre tiró la cadena y fue rápido a acostarse sin siquiera percatarse que su hijo había vuelto a casa.
Pablo abrió sus ojos y por suerte era nuevamente, todo oscuridad, todo noche.
Su mente tomó fuerza para enviar un mensaje telepático a Valeria, su cerebro estaba diciendo, pensá en mí, pensá en mí, por favor pensá en mí.
Pablo intentó dormir pero no podía, su corazón latía fuerte y acelerado, su mente no podía desprenderse del recuerdo de su chica, porque sería suya, esto sin duda sería de ese modo, seguramente ella en este instante estaría al igual que él, desvelada soñando despierta, imaginándolo muy cerca, se vería apretada contra su pecho, solo escuchando el latir de su corazón.
Siguió revisando internamente todo lo acontecido aquella maravillosa e inolvidable noche, y a cada paso encontraba pistas que le indicaban que Valeria estaba perdidamente enamorada de él, si de él, de ese muchacho de pelo largo y ensortijado, ese joven tímido y parco, tan parco como la luna y tan tímido como su sangre, sintió deseos de fumar, ya iba por el segundo atado, pero se contuvo el olor podría despertar a sus padres y si algo no quería era que le preguntasen qué le pasaba.
No podía dejar de pensar en ella, ni evitar que su sexo se pusiese terriblemente rígido, su corazón no paraba de dar brincos, con este combo parecía que dormir se tornaría imposible, nuevamente pensamientos impropios se apoderaron de su sentir, y si Valeria no sintiese lo mismo, eso destrozaría su alma, sería un dolor terrible, tan terrible.
Esto no sería así, el ya estaba seguro que la amaba y ella correspondería su amor, la evidencia estaba en esa noche y en sus recuerdos.
La noche se hizo en sus ojos y la oscuridad cerró el círculo, ese mágico círculo que rompemos al nacer.

Dorita

Había una vez ….. , esta es la frase con que cada noche inicio la lectura de algún cuento de hadas para mi pequeña hija, pero en esta oportunidad, solo quiero contarle un pequeño y aislado pasaje en la vida de alguien o mejor dicho de mi percepción sobre un momento en la vida de alguien y de cómo ese alguien me entregó algo, una estela de su energía vital y la forma en que esa energía nos conmueve y genera algo en nosotros.
La protagonista de esta historia podría llamarse sin lugar a dudas Cenicienta, ya que era la encargada de la limpieza de las oficinas donde trabajo, pero en realidad su nombre y mi homenaje es a Dora, Dorita.
Las descripciones tal vez aburran y dispersen la trama del relato, pero esta mujer se merece mínimamente y de mi parte, les entregue, al menos una fotografía mental, un soplo de lo que en algún momento fue su envase vital.
Dorita tendría hoy y digo hoy, ya que hace tres semanas su ser se transformó en sueño, cincuenta y ocho años, tenía una estatura y conformación diminuta, no medía más de un metro y cincuenta y cinco centímetros, con un peso de cincuenta kilogramos, lucía permanentemente bien arreglada con un impecable delantal azul, jamás faltaba la sombra en sus ojos, el delineado y las uñas prolijamente pintadas, (no alcanzo a comprender como hacía para mantener sus uñas de ese modo, ya que me tocó verla metiendo mano en la limpieza a diario), mantenía su pelo corto con un jopo que caía regularmente sobre sus ojos, encargándose ella misma de retirarlo a regulares intervalos, con un ligero ademán, que realzaba la dimensión de sus ojos y la franqueza de su mirada.
La primera vez que conversé con ella, más allá del saludo diario, fue a consecuencia de haberme solicitado formalmente una entrevista a través de mi secretaria, la recuerdo entrando a mi oficina, se notaba que la escena había sido practicada e imaginada en su mente incontables veces antes de atreverse a entrar,
- Discúlpeme Dr. Juan el atrevimiento, pero necesitaba hablarle, le tengo que comunicar que debo aumentar la factura por los servicios de limpieza en un 15%,
- y mire traje acá anotado lo que aumentaron los artículos de limpieza
-Y ve, acá está la factura,
 - y también a las personas que trabajan conmigo, salió un aumento del gobierno
Recién en ese instante tragó saliva, respiró y se preparaba para proseguir, a una velocidad frenética
Siguió hablando, la interrumpí,
Dije – Dorita, está bien, no tenés que convencerme de nada, yo voy al supermercado a hacer las compras y se que las cosas aumentan
Dijo- si y, también los sueldos, yo absorbí el aumento de los sueldos de los chicos, pero ya no puedo más, se da cuenta
Dije – Ya está Dorita, no hay problema, lo que planteás es lógico y está dentro de mis atribuciones poder decidir sobre ello.
Dijo – Hay Dr. Juan (suspiró aliviada) no sabe cuanto se lo agradezco, es que sino no iba a poder seguir más.
Dije – Dorita no tenés nada que agradecerme, lo que me planteas me parece correcto.
Mi relación con ella siguió como siempre, solo con el agregado de comentarios adicionales durante el saludo, pero todos ellos de forma.
Al cabo de unos años…..
Me pidió Dorita que quería tener una reunión con vos, si puede ser esta tarde- dijo mi secretaria
Que carajo le pasa, ahora ? , tengo una de kilombos –dije
Me parece que quiere renunciar- dijo mi secretaria
Bue, decile que venga esta tarde- dije
El tema de la limpieza de la oficina era minúsculo y no debía, perder demasiado tiempo en ello, en realidad, no se me ocurría porque demonios, abandonaría el trabajo, esa mujer.
Al llegar la tarde, observé como Dorita entró a mi oficina, esta vez estaba tranquila, y su lenguaje corporal mostraba síntomas de alguien que se encuentra relajado.
Cómo le va Dr. Juan, se que Adriana ya algo le comentó – dijo
Es verdad, lo que no entiendo es por qué te querés ir Dorita –dije
Sabe lo que pasa Dr. Juan, es que el Sr. Guillermo se queja permanentemente de nuestro trabajo, que mis chicos se sirven un café de la máquina expendedora, que ese café lo paga él, y ahora me dijo “a través de Adriana” que no venga más Ramón, el muchacho gordito que trabaja conmigo, por su aspecto y porque tiene un arito, Ud. se da cuenta!!!, Ud. sabe que la gente que hace este trabajo no es porque le gusta, sino porque no le queda otra, y no es fácil conseguir gente de confianza y que trabaje, además yo mucho no puedo pagarles – dijo
Pero Dorita quedate tranquila, lo de Guillermo, yo lo manejo, el es así, hay que aguantarlo porque es el dueño, pero en el fondo no es malo – le dije
Dr. Juan ud. sabe todo lo que nosotros hicimos en el momento de las reformas de la oficina, trabajamos por las noches, en la madrugada y jamás vine a reclamarle un centavo extra y sabe que lo hice por Ud-  dijo Dorita.
Bueno, Dorita, no hay problema yo quiero que sigas y Ramoncito también, me parece un buen pibe, yo lo hablo con Guillermo, y él no se va a animar a tener un problema conmigo por esto, de eso estoy seguro, quedate tranquila que, yo me encargo – le dije
Yo se lo agradezco Dr. Juan pero yo, tengo dignidad, mi empresita es muy pequeña, pero en ella, elijo a mis empleados, y con el resto de los clientes que tengo me las puedo arreglar para seguirle pagando el sueldo a mis chicos, pero no es justo que no se valore jamás lo que nosotros hacemos, recuerda cuando se olvidaron un fajo de billetes sobre un escritorio, personalmente llamé a la casa del Sr. Guillermo para avisarle, jamás faltó nada y el trabajo me parece que siempre se hizo bien, entonces que me quieran decir a quien debo contratar o a quien no, y que mis chicos se toman un café de más, me hace mal, yo se que Ud. me va a entender, Por Qué Ud. es pueblo, yo se que Ud es pueblo – me dijo
El brillo en sus ojos mostraba que sus lágrimas, estaban retenidas aun y solo lo estarían por un instante.
Puedo encender un cigarrillo – me consultó
Por supuesto Dorita, puedo hacer algo para que cambies de opinión? – le pregunté
No, pero gracias, gracias por ser pueblo y adiós – dijo
Se retiró sin dejarme ver como las lágrimas se derretían en sus mejillas.
Tomé mi portafolios, salí de la oficina y comencé a caminar rumbo a la cochera, algo había retumbado en mi interior, esa frase, cómo pudo saberlo?, Si me esforcé tanto en ocultarlo, durante tanto tiempo, hasta adopte las formas y el lenguaje de los patrones, jugué sus juegos, viví sus rutinas, escupí casi todas sus frases darwinianas, solo para escaparme, para no sentir el dolor y la desazón de la derrota. Sin embargo esa simple mujer me había desenmascarado, había llegado a lo más oculto de mi conciencia.
Subí al auto sin poder dejar de pensar, en que había fallado, seguramente algo se estaba escapando de mi control y eso no debía pasar.
Luego de transcurrido un tiempo, logré que la empresa de Dorita, realizase las tareas de desinfección, era un trabajo nocturno, las facturas y el pago estaban a mi cargo.
En cambio, no pude seguir jugando juegos, viviendo rutinas y proclamando frases gorilas, el haber sido descubierto me quitó el oprobioso peso del engaño, me permitió reencontrarme y poder comenzar a elegir, preferí arriesgarme a sentir el dolor y la desazón de la derrota, preferí sentir.
No creo que Dorita jamás haya imaginado, la influencia de sus palabras en mi persona, ni siquiera se en realidad que intentó decirme en aquella oportunidad.
Mientras estuve de vacaciones, le dejó un recado a mi secretaria, en el cual pedía disculpas por no poder seguir efectuando las tareas de desinfección, dado que no se encontraba bien de salud y los productos que se utilizan para desinfectar, podrían afectar negativamente su deteriorada salud.
Dorita estuvo internada durante un mes y en ese breve lapso, su diminuto cuerpo no alcanzó a soportar un nuevo solsticio, solo compartió un par de momentos en mi vida, los suficientes para dejar una marca imborrable, los suficientes para permitirme repensarme nuevamente.
Casi no la conocí y jamás veré siquiera su sepultura, pero a pesar de ello, se puede ver como en mis mejillas se derriten las lágrimas, esas mismas que un día ocultó de mi, al momento de entregarme su más preciado regalo, su dignidad.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Abdel Samad

Sus ojos estallaron en la pantalla, lo que acababa de leer no podía ser cierto, estaba aturdido, asombrado era un hombre arrasado, pero estaba feliz.
Repasó mentalmente los números y los anotó en su computador personal, no había error, los neutrinos viajan una distancia de 730 km. en 60 nanosegundos menos que la velocidad de la luz, se dibujaron en su mente cientos de fórmulas e hipótesis, se sintió desequilibrado.
Buscó consuelo en la opinión de sus colegas, sin embargo todos estaban tan felices por el descubrimiento, que nadie reparó en lo que estaba sucediendo, habían sido muchos  años de estudio y también de esfuerzo por comprender cabalmente a A. Einstein y sus teorías, sin embargo en este momento y sin más, todo ello, fue arrojado por la borda.
Apenas transcurrieron quince minutos y se encendió la pantalla de tele-conferencias, estaban todos conectados desde sus computadoras, hasta Stephen Hawking con su voz metálica, luego de un largo conciliábulo al que no pudo prestar su total atención,  se les solicito a los científicos integrantes del proyecto que mantuviesen prudencia a la hora de hacer público el descubrimiento, la ruptura del paradigma instaurado por la teoría de la relatividad, podría generar acontecimientos insospechados.
Su mente estaba algo alterada, no podía hacer otra cosa que pensar e imaginar.
Los días que siguieron al descubrimiento fueron realmente de un ritmo febril y trasnochado, se internó en su oficina y no paró de trabajar.
Al tercer día y luego de intentar llamar su atención por todos los medios, Bob Stingler “ el golden boy de la Universidad de Oxford”, tomó a Glenn Morson por sus hombros y lo sacudió firmemente a lo largo de diez minutos, Glenn lo miró y se enfocó en él.
Ey, amigo que te sucede, me estás asustando- gritó Bob
Glenn miró a su jefe, intentó explicarle todo, pero Bob no podía escucharlo.
Bob tomó su teléfono y ordenó- que envíen al Dr. Adams, Glenn no se encuentra nada bien y que sea urgente, se escuchó por el auricular una voz preocupada consultar, Qué pasó, Bob?
Te dije urgente, imbécil – dijo Bob
Bob pensó, cómo ese marica podía ser su asistente?, y cómo él había aceptado la sugerencia del comité para admitirlo?
El joven, al teléfono, provenía de una Universidad del Tercer Mundo, había obtenido su diploma en física con honores, pero según Bob, no era capaz de cumplir una simple orden sin cuestionarlo.
Bob, volvió la vista sobre Glenn, que lo seguía mirando con ojos de muerto, y sintió curiosidad, lo movió junto con su sillón del escritorio, y comenzó a hurgar en su computadora y anotaciones, si bien Bob, era un físico brillantísimo, los desarrollos matemáticos de Glenn eran lo suficientemente complejos como para seguirlos e interpretarlos velozmente, guardó los archivos y se los envió por mail a su casilla, miró a Glenn, y vió que su mandíbula también estaba desencajada, se tomó diez segundos para meditar y luego borró los archivos del computador de su empleado.
Siguió observando y encontró, que en algún momento Glenn, había dejado de usar el computador y se había puesto a escribir, el resultado estaba volcado en palabras, ya no en símbolos matemáticos, al principio descifrables como “la velocidad de la luz no es una constante, entonces si la velocidad de la luz no es una constante, las dimensiones no son cuatro, y si las dimensiones no son cuatro…….a  e i o u ,” luego se había transformado todo en ininteligible, letras unidas sin sentido y algunos dibujos, que Bob consideró patéticos, se asemejaban a dos conjuntos unidos, pero dos conjuntos sin límite, no comprendió jamás como esos garabatos hubiesen podido sugerirle algo semejante, entonces tomó el papel y lo arrojó al cesto de la basura.
Se escuchó el intentó vano del Dr. Adams por abrir la puerta, Bob se dirigió raudo y la abrió.
Que pasó, Bob – Dijo el Dr. Adams
No lo sé John, me informaron que hace dos días que no se mueve de la oficina, no bebió agua, ni comió y no responde- dijo Bob
El Dr. John Adams examinó a Glenn exhaustivamente, comprobó que sus reflejos eran nulos, no respondía a los estímulos visuales ni auditivos, su pulso era sumamente débil pero acompasado al igual que su respiración.
El joven Abdel Samad se coló entre unos  pocos curiosos que  habían obstaculizado la entrada de la oficina, apenas lo detectó Bob vociferó, esto no es una reunión social, diríjanse a sus puestos de trabajo.
Por favor, es un amigo –dijo Abdel Samad. 
Bob pensó, éste árabe y Glenn deben ser amantes, los dos tenían pinta de maricones.
Si no abandonas la oficina estás despedido-dijo Bob
Abdel Samad permaneció en su lugar y preguntó al Dr. Adams si podía ayudar en algo.
No gracias, -contestó John y pensó como un energúmeno como Bob, pudo haber sido designado para reemplazar a Stephen Hawking, en la dirección del proyecto.
En ese momento Glenn, movió los labios, realizó un gran esfuerzo para volver, fue como volver a entrar al útero materno y pronunció en lenguaje humano  “El tiempo, no existe, es una invención humana”, y sus ojos se volvieron a morir.
El doctor Adams, intentó vanamente volverlo a la conciencia.
Bob trató de recordar los desarrollos matemáticos de Glenn, que él había transmitido a su casilla de correo electrónico.
Abdel Samad recordó los cuentos persas que le contaba su bisabuelo, del cual saco su nombre.
Llegó una ambulancia, que cargo con el cuerpo de Glenn, para llevarlo a un Hospital.
Pasado un tiempo el Dr. Adams siguió trabajando como médico a cargo, en el proyecto.
Bob presentó a la Sociedad Científica Mundial una Teoría que le dió fama y reconocimiento inmediato, llegando a ser considerado la mente mas brillante de la humanidad, aunque son muy pocos quienes pueden comprender sus enunciados teóricos.
Abdel Samad fue despedido del proyecto y se dice volvió a Irán, en busca de algo que seguramente encontrará algún día.
Glenn Morson se encuentra internado en un neuropsiquiátrico, su humanidad está arrasada, pero Glenn, es un hombre feliz, es un hombre sin tiempo.-